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domingo, 25 de marzo de 2012

Kafka, Calvo y el increíble estómago rugidor.


   Un hombre se instala dentro de una jaula con todas las comodidades. Hasta hace poco vivía en un hotel de cinco estrellas, ahora los lujos se han trasladado a su nueva prisión:  un sofá, una butaca, una cama y una lámpara de mesa. Todo, salvo una cosa: comida. Es uno de los seguidores del Hungerdoktor, Henri Tanner, o doctor hambre,  uno de los muchos actores que hacen del ayuno un arte. A lo largo de los años mudará el escenario de estos hijos de la farándula: una habitación de un hotel, un circo, una urna de cristal en un restaurante o café; y en pleno siglo XXI, una jaula suspendida en medio de la nada cerca de la torre de Londres (David Blaine, Above the Below). Las posturas de los ayunadores irán evolucionando con los lustros: de pie, como Papus, sentados en un sofá o tumbados en el suelo. Sus habilidades se prestarán a interpretaciones variopintas. Para una feminista vienesa que corea las hazañas de una artista, el ayuno demuestra que el hombre y la mujer son iguales, al menos en el sufrimiento. Para el poeta alemán Becher, en su poema “Hungerkünstler”, los artistas del hambre son un símbolo de la explotación burguesa. 
    Pero a nosotros la lectura que nos interesa es la de Kafka, quien por aquellos días vivía en la capital prusiana. Muchas veces se ha creído que las parábolas del checo no estaban vinculadas con la realidad. Nada más erróneo. En 1928, como comenta Döblin en su novela “Berlin Alexanderplatz”, uno de estos ayunadores, Jolly, era la estrella de un restaurante Bratwurst y se exhibía en una urna de cristal, mientras los clientes devoraban suculentas salchichas. A finales de los años veinte este arte estaba en crisis. Succi, el inspirador de Kafka, había sido pillado in fraganti tomando un bistec, por lo que lo habían enviado a una confortable jaula “para mayor seguridad”. En el caso de Jolly el caso era más flagrante. Había sobornado a sus vigilantes para que le dieran chocolate a escondidas. No obstante, la coyuntura obedecía a motivos más profundos. En un mundo en el que los funámbulos desafiaban al vacío haciendo piruetas entre dos edificios, estas atracciones aburrían. Estos tipos eran demasiado estáticos y su final, previsible. De ahí que para sobrevivir algunos de ellos recurrieran a artimañas indignas de su genio: gritaban y lloraban para aparentar locura y dotar de mayor espectacularidad a su deterioro físico. Todo en vano.


     Nada que ver con el artista de Kafka. Como subraya Ricardo Signes en su entrada Bohemios nuestro héroe es un ayunador vocacional que se dedica a su profesión, porque no puede evitarlo. Cuando el vigilante le pregunta por qué no come, aquel le da una respuesta sorprendente: no hay ninguna comida que le guste.
     En el cuento del checo el protagonista muere de inanición ante la indiferencia de su público. Los publicistas de la empresa Calvo (DDD) han escrito un final alternativo en su anuncio el increíble estómago rugidor, realizado por Sebastien Grousset, bajo la dirección artística de Tamara Martín,  e ilustrado por Joan Chico. El protagonista del spot espanta a todo el mundo con los feroces rugidos de su estómago. ¿Por qué? Ningún alimento satisface a su estómago. En la oficina los compañeros huyen aterrados, la familia lo teme e incluso el gato brinca espantado en cuanto oye esos sonidos terroríficos. El ayunador decide que sólo puede vivir metido en una jaula de circo con la única compañía de dos leones; los únicos capaces de soportarlo. La familia no se pierde ni una función, y él demuestra su ferocidad saltando por un aro, mientras los dos felinos lo miran pasivos. La esposa, en un intento de transmitir normalidad a sus hijos, les dice señalando a los animales: “Mirad,  no tengáis miedo. Son los amigos de papá”. Frase admirable que podría figurar en el informe de la Academia.  Alguien me dirá que los publicistas han mezclado dos relatos de Kafka: “La Metamorfosis” y “El artista del hambre”, y tiene mucha razón. Sin embargo, el final es todo menos kakfiano. Un día el protagonista contempla desde la jaula un plato suculento. El director de circo abre la portezuela con precaución, temeroso de los feroces rugidos. El ayunador come unas albóndigas y su estómago enmudece: es un plato de cocina Calvo.  Ha encontrado por fin una comida de su gusto.
     Como parafrasea Signes en varias de sus entradas, cada uno es lo que come. (Balzac:el hambre y la novela, Alejandro Dumas y las patitas de elefante, El sabor de la memoria). Pensemos en Homer: tiene estómago en vez de cerebro. Algunos filósofos generan bilis, porque padecen malas digestiones o no toman all bran, como el anuncio de aquella pareja. Otro gallo nos cantaría si hubieran disfrutado de los platos de cocina Calvo. Nadie firma una pena de muerte tras una buena comilona, regada con buenos vinos. A Iván el terrible le rugía el estómago, porque no había conocido a Calvo. Hitler tenía malísimas digestiones, por lo que deducimos que tenía un terrible estómago rugidor. Napoleón sufría gases y almorranas. Sin duda, con un buen dietista, Europa habría permanecido mucho más tranquila, y no habría tenido que silenciar a sus leones.
      El otro final de la historia, como sugiere Signes, es mucho más dramático: el ayuno colectivo forzoso provocado por un cabo austriaco. Una noticia reciente de la prensa parece confirmar su vigencia. Un restaurante para anoréxicos de Berlín, en el que los comensales no prueban bocado ni los empleados. El ayunador ha conseguido su propósito: que todos hagan dieta. Pero esta idea ya ha nacido vieja. En los años treinta uno de estos artistas sale de la urna de cristal para conseguir un escaparate mayor, al descubrir que los verdaderos ayunadores no estaban detrás del cristal sino fuera, por eso  pondrá a dieta a toda Europa y logrará que esta se convierta en artista del hambre. Se llama Adolf, que en alemán significa lobo, y eso es lo que tiene, hambre de lobo. Algunos lo califican de Golem, que en hebreo significa “idiota”. No es humano, porque es mudo. Los más optimistas dirán que es una figura de barro moldeada por dos ventrílocuos: Goebbels y Goering, y que con el tiempo se deshará entre las manos más hábiles de los junkers prusianos. Sin embargo, lo que es inequívocamente suyo es su increíble estómago rugidor, al que no saciarán  las comidas mejor condimentadas. 










sábado, 3 de marzo de 2012

El señor Teckel 11




















11. La babosa.

    A la imagen de Teckel como perro guardián, se superpone la de un hombre que se arrastra con gusto ante su amo. Por eso Teckel recibió el honroso título de babosa. Fue Fullop quien nos contó la historia. Él fue testigo de cómo el hombre se convirtió en invertebrado.
    Cuando era niño creía que lo único que da color a la vida gris de las personas vulgares es el prestar testimonio de los hombres excepcionales. Pero, ¿qué ocurre si el biografiado es aún más oscuro que su modesto cronista? De Henry Teckel podía decirse que sus sentidos vulgarizaban lo que su mente había imaginado. Era un hombre gris, que difícilmente podía cristalizar en un mundo en colores. Por fuerza tenía que romperse en pedazos.
    Fue Fullop, el iconoclasta, el que convirtió nominalmente al amigo Teckel en un animal invertebrado, en una babosa, en un ser que no pertenecía a la especie humana. Fue Fullop quien nos prestó un testimonio incuestionable de los hechos. Un hombre sincero y honrado que merece toda nuestra confianza. Tal es su veracidad que me cuesta creer que no lo vi con mis propios ojos.
    Ya eran más de las seis y la oficina estaba casi vacía. Aquella tarde Fullop se había demorado, porque esa noche esperaba invitados a cenar. No sólo el menú no le agradaba (jamón al horno, un sacrilegio para un empedernido vegetariano como él), detestaba la risita estridente de la cacatúa de su cuñada y no podía soportar los aires de superioridad de su cuñado, director de una sucursal bancaria. Éste le aconsejaría largo y tendido sobre posibles inversiones financieras, y le sermonearía sobre el despilfarro que transpiraba toda la casa, mientras su cuñada (que siempre velaba por el “bien” de su hermana) entre risas mordaces censuraría su falta de ambición y le exigiría -ésas eran literalmente sus palabras- que buscara un trabajo más acorde con  la dignidad y la “posición social” de su mujer. Fullop, en la última cena que tuvieron juntos, le agradeció sinceramente sus ánimos y le prometió que la próxima vez que pidiera en matrimonio a una tabernera del puerto le preguntaría discretamente si era una duquesa disfrazada, que se había encaprichado con las vulgares distracciones de la gente del pueblo. A lo que añadió, para echar más leña al fuego, que sus modales no habían mejorado desde entonces. En el altercado que se produjo a continuación se dejaron a un lado los hermosos sentimientos cristianos; y a las lenguas viperinas de las dos arpías se unió la atronadora voz del cuñado (más terrible y amenazadora que la voz de nuestro obispo, cuando se sentía inspirado por las torturas del infierno) y la generosidad de sus puños que lo dejaron sin sentido. (Habría que añadir que el alma cristiana del cuñado se había formado en los muelles, donde trabajó durante su adolescencia). Pero lo peor no fue el quedarse noqueado, sino los días que sucedieron al exabrupto. Edith, su mujer, no
paraba de llorar y para consolarse recurrió -no podía ser de otra forma- a sus hermanos.
    En los días siguientes no se produjo ninguna escena de mal tono. Pero Fullop lo habría preferido a la frialdad glacial que lo envolvía. Sus cuñados no le dirigían la palabra, y su mujer sólo abría el pico muy de tarde en tarde para decir entre sollozos: ”¡Monstruo!”. La mirada gélida de sus cuñados parecía decir un día tras otro: “¡Criminal!” Fullop dudaba de si ese era el dudoso apelativo cariñoso, aunque era evidente su significado. Un día salió de dudas: su cuñada le dirigió una de sus miradas “amistosas” y él, que tenía afinado el oído por los suplicios sufridos, le oyó musitar en un hilillo de voz casi inaudible: “asesino”. Se imaginó una corte de comadres con su insufrible risita estridente, coreándole aquel miserable estribillo - ¡Asesino! ¡Asesino!- que le martilleaba en la cabeza, hasta que le estallaron los oídos. ¡Basta! Él podía luchar contra su familia, pero era incapaz de enfrentarse a la humanidad entera. Aquella misma tarde decidió firmar la capitulación. Eso sí; tenía que ser una rendición digna, que a él le permitiera jugar un papel respetable. Pero una vez asumió su derrota, la dignidad quedó a un lado y la rendición fue incondicional. A pesar de ello, le hicieron pagar caro la demora con nuevas humillaciones, que sólo arreciaron cuando mostró sumisión total.
    Desde aquel fatídico día había transcurrido apenas una semana, y el precio de su derrota consistía en soportar a su familia política cuatro cenas por semana. Hasta entonces los había invitado una vez a la semana. Pero sus queridos cuñados justificaban sus frecuentes visitas con el pretexto de que evitaban el que no la sometiera a tortura psicológica. Aunque el ambiente en el trabajo era tenso por aquellos días (habían anunciado reducción de plantilla), Fullop no dudaba en considerar al despacho “su auténtico hogar”. Incluso las reprimendas del jefe, su mal humor y su tono ofensivo sonaban a gloria en sus torturados oídos. Delante de mí llegó a calificar un comportamiento arbitrario y despótico del jefe como un gesto de amabilidad. Cuando yo me disponía a contradecir el absurdo, me cortó tajante con un gesto elocuente y me dijo: “tú no conoces a Edith”.

lunes, 13 de febrero de 2012

El Señor Teckel 10

10.Nuestro amigo Teckel.
Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que nos referíamos a él como “nuestro amigo Teckel”. Era al principio de su incorporación al trabajo. Los días habían disipado las prevenciones que habíamos albergado en su contra. No tardó en mostrarse como un compañero amable y servicial que tenía la virtud de no hacerse notar, de fundirse con el todo de la oficina y hacerse olvidar. Tal vez sólo tenía un defecto: la escasa constancia en sus afectos personales. Por su carácter voluble, tan pronto una semana era tu mejor amigo, casi un hermano, como la siguiente te trataba fría y distraídamente, como a un desconocido. En las semanas que te ofrecía su amistad, se mostraba extraordinariamente servicial y juraba una fidelidad inquebrantable a sus amigos circunstanciales; se hacía cargo de las labores más onerosas del amigo elegido y lo descargaba del trabajo que le resultaba más ingrato.
    A decir verdad, yo me podía considerar algo más que un amigo circunstancial. Excepcionalmente me ofrecía su amistad una duración superior a la media: más de dos semanas; y digo excepcionalmente, porque sus afectos eran tan volubles que no solían durar más de dos días; al cabo de los cuales el amigo del alma se convertía en un perfecto desconocido e incluso algunas veces en un enemigo irreconciliable. Precisamente por la naturaleza anómala de su amistad y el excesivo celo que ponía en su amabilidad enfermiza, muchos compañeros, temerosos  de   su  inestabilidad emocional, procuraron ignorarlo en la medida de lo posible.
    Antes de que llegara el señor MacKay, pude convertirme en el amigo único al que Teckel jurara fidelidad inquebrantable. En principio la idea no me desagradaba, pero hubo un episodio que me empujó a una ruptura drástica con él. Era una de aquellas semanas en las que yo disfrutaba del placer inestimable de su amistad. Son jornadas de relajación, en las que Teckel carga con el trabajo duro y mi mente se recrea en paisajes paradisíacos. Fantasías inalcanzables. Me sonrío. Lo miro fijamente, la idea me la ha inspirado su expresión de besugo. “¿Me regalarías tu nómina de este mes?” La reacción no se ha hecho de esperar. Saca su talonario y me extiende un cheque. La cifra supera con creces  el sueldo del mes. “Caprichos de niño rico”, pienso para mis adentros. “Era una broma; ni en sueños pensaba apropiarme de tu nómina”. La expresión de su rostro no puede ser más grave y solemne. Me extiende otro cheque. “Es inútil, para qué discutir. Se lo devolveré de aquí unos meses”, pienso. Se me cae una pluma. No puedo recogerla. No, no es que esté paralizado; pero mis esfuerzos son infructuosos ante la terquedad de Teckel. Se agacha para recogerla. Mi mente no está para perder el tiempo con semejantes nimiedades... “¿Por qué no a las islas Scheychelles? ¿o tal vez Haití?” “¿Dónde está Teckel?” Se ha esfumado como por encanto. ¿Y mi pluma? ¿Todavía no la ha recogido? El silencio más absoluto. La ventana está abierta. Por ahí no ha podido salir, desde una altura de quince pisos. Una primera pista: la pluma está en el suelo. Se supone que junto a la pluma debe de encontrarse Teckel... Al  respirar produzco un ruido escandaloso... Pero, ¿qué tenemos  aquí? ¡Teckel ha utilizado como pretexto mi pluma para agacharse junto a mí!...Yace a mis pies acurrucado, completamente estático, y olisquea con las aletas de la nariz mis zapatos. Nunca lo había visto tan feliz. “Teckel, siento interrumpirte; pero necesito mis pies, es una emergencia”, exclamo en un acceso de estupidez.
    - Aquí tienes tu pluma - me responde como si no hubiera pasado nada -. Relájate. Pareces un poco nervioso, yo acabaré el trabajo.
    Le miro atónito a los ojos. Es evidente que no se da cuenta o no se acuerda de nada. Me devuelve la mirada con serenidad. Probablemente, mientras yo soñaba con una hermosa isla virgen en los confines del Pacífico, Teckel fantaseaba con los encantos paradisíacos de mi suela de zapatos. Por unos instantes, contagiado tal vez del clima extravagante, me embarga un estúpido sentimiento de vanidad (¡Para algo me han servido estos zapatos tan caros y bonitos!) y me enorgullezco como un padre chocho de que a mis zapatos les haya salido un admirador. Cuando Teckel abandona el recinto, mi cerebro vuelve a regir. ¿A qué se ha debido esta horrible sensación de resaca? ¿Acaso he bebido antes de llegar al trabajo? Ni una gota, a menos que la leche provoque los síntomas de embriaguez. Lo cierto es que una vez Teckel ha abandonado el despacho, la borrachera se ha disipado; ya no siento sus efectos.
    Una leve inclinación de cabeza es la señal convenida. En apariencia no es más que un vulgar saludo, pero esto sólo es un pretexto para iniciar su  largo viaje hacia el suelo. Su cabeza inclinada, su barba dejada crecer al albur que toca y barre el suelo (¿Intenta retornar a los orígenes? ¿Intenta recordarnos el ascendiente baboso del hombre?) La cabeza inclinada, la espalda curvada en parábola, la mirada perdida en las baldosas del suelo, no son un capricho. “Teckel es un hombre de ilimitados recursos”, pontificó Grabe con ironía. “Con la mirada fija en el suelo es capaz de descifrar los enigmas del universo”. “El auténtico mundo”, me confesó en un arranque de sinceridad, “se encuentra a escasas pulgadas del pavimento. A más de treinta pulgadas del pavimento no hay más que aire y brumas”.

domingo, 22 de enero de 2012

El Señor Teckel 9

La evolución de hombre a felpudo
9. Teckel y MacKay, una perfecta simbiosis.

    Entre Teckel y el señor MacKay había una especie de simbiosis que los vinculaba inexorablemente. Era imposible que nuestro pensamiento no los ligara como algo necesario. Así como el té es impensable sin la tetera, así como algunos animales parásitos viven de la convivencia con otros animales de gran tonelaje, MacKay era inconcebible sin Teckel y viceversa.
    Es difícil de creer que el señor MacKay hubiera sobrevivido durante tanto tiempo, e incluso hubiera llegado a desarrollar gran parte de su obra capital sin uno de los rasgos más inequívocos de su personalidad. ¿Habría contado en otra época con el Teckel de turno que le había hecho el papel de comparsa?
    Nosotros fuimos testigos del nacimiento concreto y real del señor MacKay, provocado al entrar en contacto con Teckel. Es difícil no sucumbir a la tentación de describir al jefe, antes del encuentro con Teckel, sino como la encarnación y ejecución de un proyecto. A la vista de sus subordinados era indudable que el señor MacKay se había reencarnado en alguno de sus proyectos más ambiciosos, y hacía de su figura un emblema sin fisuras, sin errores ni debilidades. Su eficiencia en el trabajo se derivaba precisamente de esta situación privilegiada: al ser él mismo la encarnación de un proyecto, las debilidades humanas quedaban a un lado. Tal vez por ello daba la imagen de un ser en dos dimensiones, de un ser que se manifestaba en una doble articulación. En una primera articulación era todo cerebro, una terminal que razonaba de modo admirable y que daba órdenes impecables a sus subordinados; en una segunda articulación, el señor MacKay era un autómata dotado con la alegría y la animación de los seres de carne y hueso. Esta segunda faceta la mostraba a los clientes -obviamente una máquina humana no vende- revelando una cierta dosis de calculada humanidad, no exenta de convenientes y bien estudiadas “flaquezas humanas”. En estas ocasiones, el reflejo de un hombre “more geométrico” se desvanecía en sinuosas carnosidades humanas y sonrisas pletóricas. Pero esta humanidad plomiza en el fondo no era más que un espejismo, que ocultaba al auténtico señor MacKay: la abstracción geométrica, un hombre hecho de cifras y datos, de cantidades matemáticas; la humanidad, en definitivas cuentas, no era sino un ardid, una fachada que hacía atractiva la técnica de ventas.
    Pero con Teckel el señor MacKay entró en el finísimo entramado de las relaciones humanas (hasta entonces había vivido sumergido en un piélago de ideas visionarias a las que se había aplicado con una frialdad matemática). No sé cómo Teckel encontró una fisura en esa superficie compacta. Me aventuro a sugerir, sin embargo, que venció sus resistencias doblegándolo por su punto débil: su manía enfermiza por la eficiencia. Tal vez me equivoco y sencillamente el jefe se hacía viejo, y en un arranque de chochez se quedó prendado de una cualidad esencial de nuestro hombre: su fidelidad fanática, casi religiosa. En ese caso no habría nada extraño en esa singular simbiosis: se trataría de una alianza entre una puntillosidad enfermiza y una fidelidad patológica; una patología siniestra se alimentaba de la otra o, teniendo en cuenta la unidad indisoluble que constituían, se trataría de una autofagia creadora.
    Y Teckel es un excelente perro guardián. Cuando las orejas del jefe se dilatan en el seguimiento de melodías extravagantes, disparatadas musiquillas que le gusta tararear; cuando su mirada se extravía en pensamientos que se diluyen en el infinito de sus visiones místicas, Teckel aguza sus oídos entrenados -el producto selecto de varias generaciones de cachorros espías- para captar las murmuraciones casi gemelas del silencio. Su “vista extraordinaria” también es capaz de avistar en la lejanía la sombra de un conspirador: no hay un par de ojos valerosos que resista la intensidad de su mirada punzante; su habitual expresión sumisa se transforma en un canto de muerte y destrucción. Si a pesar de todas estas medidas, alguien aún comete la osadía de hablar mal del jefe, Teckel saca partido al último y más terrible de sus instrumentos: lo agrede verbalmente. Sus frases no son muy ingeniosas ni muy bien razonadas, pero el tono está cargado de una rica agresividad que te recorre todo el cuerpo y te provoca un escalofrío.
     La voz contundente queda reforzada por la exhibición monstruosa de unos colmillos amenazadores, que se transforman en momentos de furia en cuchillos punzantes, capaces de destrozar un cuerpo humano en un abrir y cerrar de ojos.

jueves, 22 de diciembre de 2011

El Señor Teckel 8.


La teología de la prospe- ridad enseña que todos los  cristianos deben ser ricos. Que algunos no lo son, porque desconocen la voluntad de Dios y, al no confiar en nuestro bene- factor, no siembran las semillas de fe (dinero). Sacando la Biblia fuera de contexto aducen que el pecado de Adán hizo perder la productividad al hombre, que José era un empresario maderero, que Jesús se rodeó de amigos y señoras ricas y que acaparó tanto dinero que contrató un tesorero. Partiendo de la promesa bíblica del Señor en Mateo 21:22. – “...todo lo que pidiereis en oración, creyendo lo recibiréis” -, con tan sólo seguir tres pasos mágicos la prosperidad te sonreirá: “Visualiza lo que quieres, fórmalo en la mente, reclámalo y Dios hará realidad tus deseos”. La fórmula es muy parecida a la versión ocultista del mismo tema: “la ley de atracción” del famoso libro “El secreto”, parodiado en los Simpson como “la respuesta”.
    En esta misma línea, Frederick MacKay, personaje de “el señor Teckel”, es el fundador del “mercapanteísmo”. Doctrina que predica cómo alcanzar la salvación eterna a través de la compra de los productos MacKay. Sobre este y otro temas el empresario habló anteriormente en una entrevista publicada en la Biblioteca de Gotham.

8. El mercapanteísmo.

    Las filosofías de ambos hombres estaban imbricadas en una palabra acuñada por MacKay, el “mercapanteísmo”. Concepto que aunaba valientemente dos ideas en apariencia irreconciliables: la mística y el consumismo o, lo que es lo mismo, cómo llegar a Dios a través del consumo de los más variados productos de la cadena de hipermercados  MacKay.
    El cuerpo de MacKay era la historia de una frustración. Una cabeza voluminosa que descansaba sobre un cuello recio y musculoso. El rostro reflejaba las contradicciones de un físico deforme: Una frente que tiraba a rectángulo y se frustraba en trapecio. Unos ojos que se perdían en las profundidades y hacían grandes esfuerzos por aflorar a la superficie. De vez en cuando, sin embargo, se adivinaban unos destellos entre azules y verdes que brillaban en lo más profundo de la oscuridad. La nariz carnosa, algo hinchada, hacía juego con las mejillas sonrosadas. La boca grande, desproporcionada, era la morada de una dentadura superpoblada, espléndida. Los dientes, grandes, desencajados, simulaban las teclas de un piano. Al hablar, éstos  se agitaban y escenificaban los ritos de una extraña danza, como si de la pulsación de ese extravagante teclado que formaba esa dentadura monstruosa, naciera un arpegio de  sonidos vibrantes y monocordes. El resto no desentonaba con la falta de armonía del conjunto. Si la cabeza y las manos prometían en la infancia un corpachón enorme, el tronco nos mostraba a un hombre insignificante, que se había estancado en los diez primeros años de su vida. Éste destacaba como un pegote en contraste con la cabeza y extremidades: había querido ser atlético y se había quedado en rechoncho.
    La biografía de MacKay armonizaba con su físico pintoresco. Cuando le interrogaban sobre el secreto de su éxito, no se cansaba de repetir que no había recibido más instrucción que los sabios consejos de una escuela rural y la dureza y sinsabores de la vida. Multimillonario con tan sólo veintidós años, gracias a su brillante gestión de una macrofábrica de salchichas, no tarda en conocer la ruina por culpa de una arriesgada operación financiera. Durante la depresión anímica que sucede a la ruina económica es iluminado por una mística revelación, se siente portavoz de una nueva filosofía y se proclama apóstol de una nueva religión: el mercapanteísmo, una filosofía que incide en la mística del consumismo. Su primer libro se convierte casi de inmediato en un auténtico “best-seller” y constituye su obra más emblemática. En efecto, “Dios, supermercados y revelación” le abre las puertas de la fama. No tardan en surgir los primeros admiradores y, tras ellos, los primeros fieles. Su segunda obra, ”Luces en la penumbra. Pensamientos en claroscuro de un multimillonario, filósofo y poeta”, le consagra definitivamente como un verdadero fabricante de éxitos, al tiempo que refuerza el carisma de “un hombre del pueblo”. Gran conocedor de la mentalidad norteamericana, MacKay insiste desde sus primeras obras en su calidad de multimillonario, lo cual no se hace realidad hasta la publicación de sus dos primeros libros. Subraya su condición de hombre rico, porque la gente confía antes en los consejos de un multimillonario y no en los de un pelagatos cualquiera. De ahí la prioridad, en el título de su segunda obra, del multimillonario sobre el filósofo y el poeta. Los filósofos no ganan dinero y los multimillonarios pueden resultar vulgares; pero un multimillonario al que le adorna la tendencia filosófica abandona la antigua condición de hombre tosco, embrutecido por el dinero, y se transforma en una personalidad “interesante”, en un multimillonario “sabio”. Por si queda alguna sombra, se le añade el título de “poeta,” y esta última distinción nos revela la auténtica dimensión de nuestro personaje: la de un hombre dotado de una exquisita sensibilidad. ¿Se puede pedir una síntesis más delicada de sabiduría práctica y sensibilidad?

sábado, 10 de diciembre de 2011

El vendedor de ecos.


Pulsa  AQUÍ para descargarte el cuento.
     
Mientras Zeus se acostaba con otras mujeres, la ninfa Eco lo encubría seduciendo con su elocuencia a su mujer, Hera. Enterada del engaño, la diosa la castigó a que sólo pudiera repetir la última palabra de sus interlocutores.
      En otra versión, Pan está enamorada de Eco y ésta no le corresponde. Enfurecido, el fauno manda que unos pastores la desgarren y que repartan sus trozos por toda la tierra, lo que entendemos por eco serían sus lamentos dispersados por todo el mundo.
      El protagonista de este cuento, El vendedor de ecos, va en busca de estos lamentos. Decepcionado por el fracaso de sus anteriores colecciones, toma una decisión insólita:  perseguir el eco por los cuatro confines.
      «Empezó comprando un eco en el estado de Georgia, el cual se repetía cuatro veces, después compró uno de seis repeticiones, en Maryland; luego otro de trece, en Man. La siguiente compra fue la de un eco de 9 repeticiones, en Kansas y más tarde, la de otro de 12, en Tennessee. Este último le resultó barato, porque, a causa de haberse derrumbado parte de una peña, requería una reparación. Él pensaba que sería fácil de reparar rematándolo convenientemente, pero el arquitecto que se encargó de la empresa no había hecho ecos en su vida y acabó estropeándolo por completo. Después de las obras, aquello quizá hubiera podido servir para asilo de sordomudos...»
    Algunos buscan rayos de luna; otros, la mítica armonía de las esferas; no menos utópica es esta recopilación de ecos que habría seducido al ciego porteño. El  sorprendente final no desmerece de aquellos incautos que buscan quimeras semejantes. 

sábado, 3 de diciembre de 2011

El Señor Teckel 7.

7. La fiesta 2.

Una levita raída, un pañuelo anudado al cuello; los ojos soñadores y profundos se hunden en unas cuencas de tonos azulados, ojeras; el pelo le cae a los lados y se desborda en el cuello; las venas azules en unas manos nudosas parecen que van a estallar. Es la viva imagen de un hombre atormentado, un poeta maldito; es el señor MacKay, nuestro jefe.
    Esta mañana, cuando el señor MacKay entró en la oficina, tuvimos que realizar grandes esfuerzos para contener la risa. Todos estamos familiarizados con el gran cuadro que preside su despacho. Se trata de un supuesto retrato de Edgar A. Poe, y en él se ha inspirado para confeccionar su disfraz. El modelo debió de ser un empleado de la funeraria, pues lo único que se ha plasmado en el cuadro es una estudiada expresión fúnebre de gran efecto teatral. De ahí, el aire de fantoche del señor MacKay; de ahí, que tengamos que contener la risa.
    Habíamos pasado el fin de semana confeccionando nuestros disfraces. Una fiesta que hermanaba a los empleados y clientes de la firma en un gran proyecto de promoción. Lo peor de todo era que habíamos tenido que robar parte de nuestro tiempo para idear unas maquetas y montar un decorado apropiado en el despacho. El señor MacKay creía que un café bohemio, estilo modernista, era el escenario apropiado para que los clientes se dejaran llevar -un hermoso clima de amor y amistad - y se confiaran a nosotros. La señorita McGee, la secretaria, en principio se había negado: “Yo no soy una chica de alterne”. “Señorita - le había respondido el señor MacKay - nuestros clientes sólo necesitan un poco de amor y comprensión, usted no tiene por qué darles nada más”. “¿Y dónde está el límite?” “Señorita McGee -le había respondido el jefe impaciente- usted ya es mayorcita”. Un papel no menos brillante le había correspondido a Lecroix, el de maître, la maldición de un apellido francés. “¿Por qué diablos se le ocurriría a mi tatarabuelo desembarcar en las costas de Nueva Inglaterra, si yo no hablo ni una palabra de esa jerigonza franchuta?” Su marcado acento country contrastaba cómicamente con su ilustre prosapia francesa. Panderecky, un polaco con aspecto de músico bohemio -grandes melenas, pelo enmarañado-, tampoco había salido muy bien librado. Era el encargado junto a Hans Keller -un tirolés que tocaba el acordeón- de la música de la fiesta: sus conocimientos de piano no iban mucho más allá de un curso preparatorio, pero al señor MacKay, que era negado para la música, se le había metido en la cabeza que era un genio musical. Panderecky estaba pasando un bochorno espantoso; no en balde, él y Keller estaban tocando a destiempo.
    Esta noche, la aparición en escena del señor MacKay no ha venido acompañada por toda la parafernalia que había rodeado el “carnaval”. Había abandonado su ridículo disfraz. En el despacho estaba en su ambiente y, vestido de paisano (sin los adminículos propios del comediante), su presencia imponía con una fuerza irresistible. Ello me trajo a los mientes la primera vez que el señor MacKay entró en la oficina. Fue tras la desaparición de nuestro anterior jefe, el señor Telton. Por aquellos días aún no nos habíamos recuperado de la  “pérdida” de Johnie, nuestro botones, cuya desaparición coincidió en el tiempo con la del señor Telton. De Johnie conservo un recuerdo tan irreal como la burda sonrisa, la grotesca exhibición de molares que nos ofreció de despedida. Tras esa imagen extravagante de su reluciente dentadura, no hay casi datos concretos. Su alegre silueta se difumina como si formara parte del decorado del café la Bohème. Apenas brilla el oscuro nombre de una tía lejana y el no menos desconocido rótulo de un pueblo enterrado en las estribaciones de los Apalaches. En los días previos a su desaparición, el muchacho fue visto en compañía de Teckel; lo que despertó sospechas y recelos en su contra. Pero no fue demostrado que éste tuviera algo que ver con su repentina desaparición.
    No sabemos si la súbita desaparición de Johnie influyó en el proceso de desintegración del señor Telton; lo que sí sabemos es que ambos sucesos fueron casi simultáneos, con apenas unas horas de diferencia. De Johnie aún permaneció un rastro más o menos identificable en el tiempo; del señor Telton, en cambio, apenas sobrevivieron unas pruebas no concluyentes de su paso por este mundo. En sentido literal, podríamos decir que se convirtió en polvo. Tras su desaparición, encontramos sobre su mesa los únicos testimonios de su identidad: su anillo y su sombrero; unas cenizas se esparcían por toda la mesa. Algunos malpensados creyeron que se trataba de los restos del desaparecido. Observé la decepción en sus rostros morbosos, cuando comprobamos que era simple y vulgar ceniza de puro.
    La desaparición del señor Telton nos brindó la oportunidad de enfrentarnos a la voluminosa figura de su sustituto: Frederick MacKay. La primera impresión era el reflejo de un asombro contenido, la admiración de encontrarnos ante el original del cual el señor Telton no era más que una pálida copia.
    Durante años fuimos testigos de la admiración del señor Telton a su “maestro”, Frederick MacKay. Lo que Telton ignoraba es que MacKay, fundador de una filosofía idolatrada por nuestro jefe, era asimismo un admirador callado de “la gran idea de promoción del señor Telton” (tanto es así que, a los pocos meses de incorporarse el señor MacKay a la oficina, puso en práctica esta gran idea, que consistía en la puesta en escena de una comedia con “mensaje” -publicitario, por supuesto-).