Buck Wilson, un gafe con poderes sobrenaturales |
13. Un hombre con suerte.
He
ahí el señor Teckel en su vida cotidiana. Hasta ahora sólo le ha movido la
fidelidad fanática al señor MacKay. Entonces, ¿por qué un oficinista frío, gris
y con vocación de felpudo se dejó llevar por un arranque amoroso y cortejó a la
señora Pale? ¿Le empujó este sentimiento a desembarazarse de Wilson, el marido?
No. La leyenda popular daba otra visión de la fuga de los amantes, al desvelar
los delicados lazos íntimos entre la señora Pale y su anterior esposo. ¿Qué
oscuro secreto los mantenía unidos? Escuchemos la voz autorizada de Grabe,
nuestro oráculo doméstico:
“Buck Wilson era un hombre con suerte. Ya de niño había matado a
su padre de un infarto, al gastarle una inocente broma infantil con la calabaza
de Halloween. Pero este susto fue sólo un lúgubre anticipo de un porvenir
luctuoso, que traería consigo secuelas cada vez más desastrosas. Su madre
recibió un golpe en la columna -el pequeño Wilson se había impulsado con un
columpio- y se quedó paralítica de por vida. Contagió a sus hermanos la tos
ferina, éstos no sobrevivieron y quedó Buck como hijo único.
En el colegio nadie quería jugar con él. No se sabía por qué,
pero algo tan inocente como el entablar conversación con Wilson entrañaba
riesgos imprevisibles. El pequeño Jack Donovan le dijo un simple “¡Hola!” y, al
proferir la exclamación, tropezó y se rompió una pierna. A partir del supuesto
“accidente”, ¿quién iba a atreverse a mantener una relación amistosa con un
peligro público? Malas lenguas afirman que los profesores del instituto
consintieron en su graduación, a pesar de sus pésimas calificaciones, con tal
de quitárselo de en medio. Le ofrecieron una beca para estudiar en la
universidad, que él, en un alarde de sentido común, rechazó. Su amigo, Peter Kallis,
la recibió en su lugar y tuvo la mala suerte de fallecer, al poco de ingresar
en Yale, en un accidente futbolístico. ¿Os imagináis lo que habría sido de
Yale, si Wilson hubiera llegado a ingresar en la universidad? Si señor,
demostró gran sentido común al negarse a ir a la universidad, y, gracias a su
renuncia, los cimientos de Yale siguen intactos y la institución no ha perdido
ni un gramo de su prestigio”.
Si la universidad le había cerrado sus puertas, nuestro hombre,
¿qué podía hacer? Tenía que cumplir los deberes para con la sociedad y ganarse
el pan honradamente, si quería llegar a ser un buen ciudadano. Por eso decidió
meterse en una agencia de publicidad. Desde niño había demostrado un gran
talento para el dibujo, y no puedo dejar de admitir que sus jefes se quedaron
muy impresionados. Por fortuna, éstos no eran supersticiosos, porque a los
pocos días de darse de alta en la empresa la agencia empezó a ir mal. Wilson se
puso nervioso al anticipar las consecuencias, pero los jefes nunca sospecharon
de él. Como muy bien reflejaban en un informe, Wilson era “un muchacho
diligente y trabajador, y de trato muy agradable”. Pero, aunque en un principio
no pensaban prescindir de sus servicios, la perniciosa influencia de nuestro
hombre terminó por empujar a la empresa a los números rojos. Cuando se declaró
la quiebra, Wilson tuvo que irse como todos los demás.
Y entonces nos encontramos con nuestro hombre, deambulando por
las calles sin saber qué hacer ni adónde ir -tranquilos, en la actualidad se encuentra
a miles de millas de aquí-. Decide visitar a su pobre madre paralítica, quien
-para eso es su madre- lo recibirá con los brazos abiertos. Al llegar a la
valla del jardín le embarga una profunda tristeza, mezclada con un sentimiento
de remordimiento: no hay un solo rincón del jardín donde alguien no haya
sufrido un accidente fortuito; hasta donde recuerda su memoria, en su más
lejana infancia, no hay un solo palmo de la propiedad que no guarde testimonio
de alguna desgracia. ” Pero a fin de cuentas”, se dice, “es mi hogar. ¿Qué he
de temer?”. Como recibimiento tiene la simpática acogida de un Dobermann
que, aunque a distancia parece muy fiero, al acercarse Wilson huye despavorido.
Éste se sonríe ufano por una vez de su poder. Su madre, al verlo desde la
ventana de la cocina, grita aterrorizada a Frank, su nuevo marido: ”¡No dejes
que pase! ¡No lo dejes entrar en la casa! La última vez que lo vi perdí un ojo.
¡Rápido, la escopeta! ¡Échalo de aquí!”
A los pocos días recibió una carta de su madre, en la sombría
habitación de un hotelucho destartalado y sucio de las afueras de la ciudad.
“Querido hijo -decía la carta- estuve dispuesta a perder un
ojo, no me pidas que pierda otro ojo por ti. Tú pensarás: ¡Qué madre tan
desnaturalizada! No creas que no te quiero pero, ¡son tantos años de
sufrimiento! ¡tantas maldiciones! Desde que eras pequeño, he intentado rehacer
mi vida miles de veces. Pero tú sabes que había siempre algo que lo echaba todo
a perder. Ahora, después de tantos años de calamidades (Dios me ha dado
paciencia, pero no me ha dotado con la virtud de la santidad), he conseguido
encontrar la paz con Frank. ¿Sabes lo que significa dormir por las noches con
la tranquilidad de que al día siguiente no te vas a enfrentar a una nueva serie
de calamidades? Eso vale para mí todo el oro del mundo. Te quiero y siempre te
querré. Aunque he de confesarte que, cuando miro tus retratos, me corre un
temblor por todo el cuerpo y tengo que santiguarme varias veces para
tranquilizarme. Dime, ¿qué hemos hecho? ¿qué pecado hemos cometido para que
Dios nos castigue así? Guardo algunos buenos recuerdos de cuando vivías
conmigo. Te ruego que respetes mi soledad y me permitas que viva retirada con
mis recuerdos los pocos años de vida que me quedan. Por lo demás, irás
recibiendo noticias mías con regularidad a través de Frank. Te lo repito: no
vengas a verme, déjame a solas con mis recuerdos. Si así lo haces te estaré
eternamente agradecida. Con profundo dolor, se despide de ti:
Tu madre ”.
Al terminar de leer la carta se sintió muy deprimido. Pero
ésta traía consigo algo bueno: un cheque de diezmil dólares con la posdata:
”¡Por Dios no me lo devuelvas! Si no lo quieres, tíralo a la basura; pero no se
te ocurra mandarlo de vuelta”. Con el dinero al menos podría sobrevivir durante
una temporada, hasta que le saliera algo que le permitiera seguir adelante.
Estimado Huguet: Me pillo un cargamento entero de los "amuletos de Semíramis" para repartir a discreción entre algunos políticos y gobernantes que yo me sé -a no ser que tenga usted la exclusiva de su usufructo, claro, en cuyo caso le alquilaría unos cuantos.
ResponderEliminarAtentamente y afectísmo, su seguro lector.
1.Amigo Signes, mal le querría a usted si le enviara alguno de estos amuletos gafados. Porque el mal fario lo traen cientos de hombre enlutados que con sus horribles amuletos gobiernan- no sé si desde la sombra- este mundo gris y catastrófico; el color negro es su emblema y su pasión. ¿Quién ha puesto a estos gobernantes cenizos al frente de todos los puestos de responsabilidad? El consejero que les susurra al oído terribles presagios tiene un nombre revelador: “el monje negro”.
Eliminar2.Sé que cuenta con Angelito, personaje muy dotado para conjurar el mal fario y que desde las páginas de su novela “Zapatos de ante azul” saldría en su defensa contra el mal de ojo y toda ralea de conjuros planetarios. Yo, por si las moscas, le recomiendo la ayuda titulada – y colegiada para más señas- de San Anacleto, cuyo arrebolado rostro aparecerá próximamente en esta página para que lo invoque en caso de apuro y desesperación.
3.Una última cosa. Me gustaría saber la opinión de un experto como Angelito. Le invito a que dicte cátedra sobre las propiedades mágicas de la estampita de San Anacleto (siempre y cuando esas cacatúas inglesas del Unicornio no lo tengan acaparado para sus paparruchas paranormales.