EN ESTA PÁGINA ENCONTRARÁS INFORMACIÓN SOBRE DOS NOVELAS DE MISTERIO: SOMBRAS DE CRISTAL Y EL SEÑOR TECKEL

sábado, 12 de noviembre de 2011

Los demonios en el espejo. Los tacones de Luis XIV.


 Según una teoría, los fantasmas no son los espíritus de personas muertas, sino proyecciones procedentes de objetos que han absorbido impresiones psíquicas. Estos serían una especie de grabadora en la que quedarían impresos los recuerdos de una existencia truncada: voces (psicofonías) e imágenes (fantasmas) de los seres con los que estos estuvieron vinculados trágicamente.

        Machado de Assis en su cuento El espejo defiende una teoría similar. El ser humano consta de dos almas: interior y  exterior. “El alma exterior puede ser un espíritu, un fluido, un hombre, muchos hombres, un objeto, un acto. Hay ocasiones, por ejemplo, en que un simple botón de camisa es el alma exterior de una persona... las dos completan al hombre, que es, metafísicamente hablando, una naranja. Aquél que pierde una de las dos mitades, pierde naturalmente media existencia; y hay más de un caso en que la pérdida del alma exterior supone la existencia entera. Shylock, por ejemplo: el alma exterior de aquel judío eran sus ducados; perderlos equivalía a morir.”

Lo más curioso de esta teoría es que esta alma exterior puede variar no sólo en la madurez- el trompo de la infancia por una jefatura de cofradía- sino en poco tiempo: “Sé de una señora que cambia de alma exterior cinco o seis veces al año. Durante la temporada lírica es la ópera; al término de la temporada, el alma exterior se convierte en otra: un concierto, un baile del Casino, la Calle del Oidor, Petrópolis...”

En el reinado del Rey Sol, el monarca era el alma exterior de la corte. El mismo Luis XIV era un reflejo voluble en sus infinitos espejos, entre los que destacaba la sombra de su suegro Felipe IV. No sé si estos cortesanos llegaban a los extremos de algunas culturas tradicionales que tosían cuando el rey tosía, se caían del caballo cuando el rey perdía el equilibrio o incluso se rompían una pierna si se daba el caso, pero hacían malabarismos con su ingenio, lo cual no tenía menos mérito.

Ahora bien, entre los Yukun, cuando el rey mostraba los primeros signos de debilidad- le salían canas- lo asesinaban. Por ello no nos extraña que al reflejo debilitado del Rey Sol, Luis XVI, le cortaran la cabeza. 

          ¿Dónde radicaba el carisma de Luis XIV? Es todo un misterio. Fijémonos en el retrato de Rigaud. El atuendo y la apostura del rey no resisten la comparación con su contemporáneo, Felipe IV. Una figura afeminada que, para alcanzar la majestuosidad, ¡lleva tacones! Y para colmo, como el romano Nerón, es el primer bailarín del Reino. Nada que ver con la “grandeur” hierática de los dioses presidentes franceses.

Pero no despreciemos los vestidos del rey ni su apostura. El monarca guarda una última carta, incluso en calzoncillos. Los japoneses creen en los Tsukumogami, los  espíritus artefactos. Son objetos cotidianos que, al cumplir cien años, vuelven a la vida; y si no se les ha tratado con delicadeza, se tornan muy agresivos. Por ello, sería recomendable que las prendas reales fueran atendidas con el debido respeto, no sea que el espíritu del Rey Sol resucite a través de sus tacones fantasmas para vapulear a algún que otro irreverente.



 


lunes, 10 de octubre de 2011

El Señor Teckel 6


6. La fiesta 1.

 
Esta noche he tenido un sueño. Estaba en una agencia de colocaciones. Las paredes y el suelo son de mármol negro, no hay elementos decorativos -ni plantas, ni cuadros ni jarrones- tan sólo algunas placas conmemorativas de bronce, especie de hornacinas que recuerdan los nichos de los cementerios. La luz es muy débil y difusa, apenas se distinguen las caras. Lo que si aprecio -y esto es contradictorio- es que todos los aspirantes visten trajes oscuros. Las entrevistas son muy breves, apenas unas palabras, acompañadas de ademanes secos y bruscos. Cuando me toca el turno se confirman mis sospechas, al contemplar una mesa de cristal oscuro: estoy en una funeraria o quizá en “una agencia fúnebre de colocaciones”. El empleado es un hombre serio que viste luto riguroso, no más un detalle estridente: lleva unas gafas ovaladas de oro. Es un auténtico profesional, que no escatima su tiempo con palabras vanas y me espeta a bocajarro: “La parapsicología es una ciencia muy seria, supongo que tendrá usted la titulación exigida”. “¿Titulación? ¿Qué titulación?”, le pregunto asombrado. “¿Cómo? ¿No lo sabe?”, me contesta indignado. “La titulación es la siguiente: ¿Sabe usted imitar el sonido del avestruz?”

    Al llegar a la oficina aún me encontraba bajo un extraño poder de sugestión: el sueño alargaba sus tentáculos y atenazaba mi personalidad de vigilia. Yo sabía que la realidad onírica claudicaría ante la tosca y rudimentaria realidad de la oficina, el poder de la rutina disiparía los últimos y persistentes vestigios de la pesadilla. No, no me engañaba; todo seguía igual: Los viejos muebles de siempre, las paredes enmoquetadas, las bujías macilentas... La complicidad de lo cotidiano me transmitía seguridad y tranquilizaba mis nervios alterados. Mis sentidos se recreaban en un cuadro único, donde todo se presentaba transparente y familiar: personas, muebles y objetos varios, iluminados por una misma luz tenue e uniforme que los inmovilizaba en un único instante singular e irrepetible. Saludé a mis compañeros, ellos tampoco habían cambiado. Durante el tiempo que llevaba trabajando en la empresa, reconozco que siempre habían sabido desempeñar su papel. Desde el primer día se les había asignado un estereotipo que no siempre convenía a su naturaleza; la simpatía, la tristeza y la alegría constituían un esfuerzo resignado, no una cualidad espontánea. Lo cierto es que tan pronto les habían asignado un rol, ellos se habían esforzado por aproximarse a ese papel. Aquél que había sido considerado simpático -aunque su natural fuera desabrido y reservado- realizaba grandes trabajos para consolidar su cliché; aquél tildado de melancólico - aunque su natural fuera alegre- tampoco defraudaba. Se trataba no de unos valores espontáneos, sino de una alegría, tristeza y simpatía resignados; en definitiva, de unos valores estables, seguros, tan inalterables como los muebles y paredes de la habitación. Del mismo modo, se podía afirmar que así como cambiaban muebles, cuadros y adornos del despacho, cada tanto tiempo relevaban a los empleados, que formaban asimismo parte de la decoración.

    Pero esta tarde los muebles, las lámparas, los personajes todos parecían haberse movido en la foto. ¿Qué ocurre en el despacho? ¿Qué hacen los compañeros vestidos de esa guisa? No es un funeral, a pesar de los rostros fúnebres; no es un circo ni una feria de chiflados, ataviados con trapos estrafalarios. Es el último chiste del señor MacKay. Su instinto, su sentido práctico, ha sabido sacarle partido a la fiesta: MacKay es en última instancia un hombre pragmático y no un hombre frívolo, sin embargo...

    Teckel lleva con gran soltura su “disfraz”. Enfundado en una malla negra, un pasamontañas con antenas cubre su cabeza. Sobre la espalda carga una concha - extraño artilugio mitad concha, mitad casa- en la que se lee el siguiente eslogan: “No lleve su casa a cuestas. Nosotros le proporcionamos un techo a buen precio”. Teckel es el único que parece contento con su situación. A decir verdad, el traje le sienta como un guante.

    El rostro enfadado de Gatwick concuerda a la perfección con su disfraz. Ataviado de jefe indio -una hermosa corona de plumas circunda su cabeza- exhibe un curioso eslogan: “Deje de hacer el indio. Somos gente seria. Esta noche dormirá bajo techo a un precio razonable”.

    Grabe no se ha quedado atrás, ha elegido el disfraz de sofá. Se mueve con gran dificultad, pero todo sea por complacer al señor MacKay. Aunque yo creo que el armatoste es un excelente pretexto para quedarse quieto y no hacer nada. En el respaldo del sofá se lee en grandes letras: “Siéntase como en su propia casa. Hacemos un hogar a su medida”.

    Chapman, tal vez por elogiar al jefe, se ha vestido de pintor bohemio. Le ha salido el tiro por la culata. El señor MacKay estaba muy orgulloso de su disfraz, estaba seguro de que era muy original y el idiota de Chapman...

martes, 6 de septiembre de 2011

Entrevista a Frederick MacKay, personaje de “El Señor Teckel”




Entrevista a Frederick MacKay,

personaje de “El Señor Teckel”


(La entrevista tiene lugar en el avión del magnate Frederick MacKay. Descripción del jet privado. Decoración en caoba, retratos del filántropo presidiendo algunas de sus fundaciones benéficas, que inaugura día sí, día no. En el momento de la entrevista nuestro personaje está almorzando con cubertería de oro y vajilla de Sevres, unas salchichas regadas con copioso ketchup junto a unos huevos cargadísimos a lo Kentucky.

Frederick MacKay es el fundador del Mercapanteísmo, doctrina que predica cómo alcanzar la salvación eterna a través de la compra de los productos MacKay. Nuestro hombre luce una inmensa sonrisa porque, tal como le recomendó su maestro Augustus de Bonus, “tres sonrisas valen más que una y una más que ninguna”. Cuando la BG le formula la primera pregunta su fabulosa cabeza en forma de trapecio comienza a calcular respuestas geométricas. Él mismo le ha confesado a sus más allegados que como mejor razona es siguiendo el curso de las manecillas del reloj.)


BG. ¿Qué opina del Señor Teckel?

FM. Fue uno de mis más fieles colaboradores, un empleado modelo. Siempre tenía los ojos puesto en el suelo. Era un gran tipo con miedo a las alturas. Nadie sabía de dónde venía. Su llegada a la oficina despertó gran expectación, porque le precedía su fama de conquistador. Aunque por su facha nadie lo diría: era viejo, calvo y un poco baboso. Se le achacaron unos amoríos con una pervertida franchuta, el caso es que se esfumó de un día para otro y nunca he vuelto a saber de él.

BG.¿No era un poco gris? Uno de sus empleados, que no ha querido revelar su nombre, dijo que era un tipo anodino, y que el señor Teckel debería titularse El señor MacKay, ya que usted sí que es un personaje de una sola pieza, digno de figurar en las antologías de los grandes hombres.

FM. (Halagado) ¿Cómo ha dicho que se llamaba el empleado?

BG. No lo he dicho.

(MacKay expresa contrariedad, se produce un silencio embarazoso.)

BG. (Carraspea) Continuemos. Se ha especulado con la posibilidad de que usted se presente a la dirección de la Biblioteca de Gotham. ¿Qué opina de los candidatos? ¿Qué opinión le merece el exdirector Torres Villarroel? ¿Es partidario de que continúe de director honorífico? ¿Y qué me dice de Gregorio Samsa, el otro candidato?

FM. El primero es un pájaro de mal agüero que se presenta con el rimbombante nombre del Gran Piscator de Salamanca. Nos sobran agoreros y adivinadores. Lo que requiere una institución tan compleja como la BG no es leer en las entrañas de aves podridas o vigilar los erráticos vuelos de algún pájaro extraviado. Ya no estamos en tiempos de superstición, por suerte vivimos en el luminoso siglo XXI. Nos sobran almanaques y pronósticos; es hora de informes, análisis financieros y estadísticos. Lo que la BG necesita es visión de futuro y una fuerte determinación que la haga revivir. Por lo que respecta al señor Samsa, con todos mis respetos hacia los artrópodos, como a cualquier otra especie animal o vegetal, creo que no da la talla. Es un chupatintas muy mal relacionado al que las puertas de la administración se le cierran automáticamente. Los capitostes nunca lo reciben y él siempre se queda a las puertas del castillo. Además recientemente ha sido procesado por asuntos que aún están por dilucidar.

BG.¿Qué proyectos tiene para la BG?

FM. No puedo hablar sobre el tema; sólo le puedo adelantar que pienso hacer unas reformas radicales que harán que nadie reconozca a esta institución.

BG. ¿No es un poco arriesgado?

FM. Como usted sabe pertenezco al Club de los Negocios Lunáticos (ríe), si no fuera por mis empresas nada razonables no habría llegado a la cumbre. Ya verá, ya verá, usted no dará pábulo a sus ojos.

BG. ¿Qué opina de Joaquín Huguet, el oscuro autor de algunos manuscritos?

FM. (Enfadado) No sé quién es ese señor. Si es alguien, ¡qué se atreva a dar la cara! (Da un puñetazo a un enemigo imaginario)

BG. Una última cosa. Ese mismo empleado, que siente gran admiración hacia usted, dice que Frederick MacKay es de los personajes que dejan huella. ¿Qué opina al respecto?

FM. (Modesto) Aún es pronto. El tiempo lo dirá o, como diría mi amigo Bonaparte, la historia me juzgará.


El Club de los negocios raros:

La Modernización del Castillo de Tarinenburgo


De castillo obsoleto a lujoso

bloque de apartamentos...



El anticuado castillo de Tarinenburgo, ha sido convertido por MacKay en un moderno complejo de apartamentos, con todas las comodidades, parking incluido y...




Antes

Después

.... en lo que era el patio del castillo, en el que se levantaban
soportales y un hermoso seto de cipreses, hoy podemos disfrutar de un moderno restaurante al aire libre:





Antes


Después




miércoles, 10 de agosto de 2011

El señor Teckel 5

5. Una escena inesperada.

En los días siguientes la estampa de Teckel no es más que un mal recuerdo. Su ausencia prolongada nos hace alentar la ilusión de que se ha esfumado definitivamente de nuestras vidas. La mañana y el horizonte de las horas venideras se presenta radiante, sin la presencia policial de Teckel. Sólo nos atormenta una duda: si el señor MacKay sabrá vivir sin su “perro fiel”.

Esa misma semana el señor MacKay le pide un favor a Hunter. El sábado por la noche no puede eludir un compromiso: debe asistir al cumpleaños de una amiga de su mujer. MacKay detesta los guateques, y en especial los patrocinados por las amistades de su mujer. Si Hunter le hiciera un favor. él se lo tendría en cuenta.

Hunter accede gustoso. Le seduce la idea de poder husmear en los asuntos de la familia del señor MacKay, y la compensación más que sobrada de halagar a su jefe.

El sábado por la noche comprende por qué el señor MacKay se ha negado a venir. Él esperaba reunirse con la mejor sociedad de Nueva Inglaterra y se ha topado con un amplio surtido de lámparas, cargadas de baratijas y oropeles, y una multitud de percheros con prendas extravagantes. Nada parece animar a esa pandilla de momias. ¡Qué digo! ¿Nada? ¿De dónde salen esas señoras tan alegres de risa campechana, sonrisa y escotes provocativos? Esa alegría es contagiosa, aunque la buena sociedad no parece inmutarse ante la irrupción escandalosa de las dos invitadas. Por cierto, ¿quién habrá tenido la desfachatez de invitarlas? Pero no vienen solas, un caballero algo maduro las acompaña. A pesar de que éstas no son muy agraciadas, no deja de chocar la desproporción de edad entre las señoras y su acompañante: tal vez les separe una franja de edad de más de veinticinco años. La calva, los ojos legañosos y las espaldas cargadas son rasgos que nos resultan familiares. ¿Quién habrá invitado a Teckel? ¿Qué pinta él aquí? Bonita forma de amargarnos la noche.

Por fortuna, Teckel se pierde por entre los múltiples salones y galerías de la mansión. Si la fiesta ya resultaba aburrida por sí sola, ¿cómo borrar de la memoria este recuerdo tan contumaz? Su imagen lasciva se multiplica por todos los vericuetos de la mansión, y a Hunter le asalta el temor de encontrárselo en cualquier rincón.

Hunter reflexiona. Es muy posible que se trate de un error. Su mente, fatigada por una semana de trabajo intenso, le ha jugado una mala pasada. El acceder a la fiesta, el simple hecho de conseguir una invitación, es una tarea nada fácil. En condiciones normales ni el mismo habría podido ser invitado. En buena lógica Teckel no podía estar allí, aunque...

Reaparecen en escena las señoras que antes estaban montando el numerito. El porte erguido, la barbilla desafiante, la mirada displicente, el ademán despreciativo de sus labios; nada sugiere la mujer desenfadada y alegre de hacía una hora. No gozan de compañía masculina. ¿Será Teckel el catalizador, que provoque los trastornos de comportamiento en estas mujeres?

El panteón retorna al hieratismo de las esculturas sagradas: Hunter se desenvuelve entre los invitados como si vagara por entre las cariátides y los atlantes del Partenón. De vez en cuando, accionan una mueca horrible que algunos incautos identifican con una sonrisa, y nos demuestran que también saben descender del Olimpo y codearse con los vulgares mortales. Pero no nos engañemos, es una concesión a la ingenuidad de nuestros sentidos.

Le despierta de este espejismo lo que parece el chillido histérico de una quinceañera. Pronto se suma a lo que era un grito aislado la algarabía de un coro de señoras desmadradas. ¿Una estrella de rock? ¿Un cantante? No, es un hombre maduro, avejentado, de expresión zafia y poco atractiva. ¿Por qué hacen cola para besarlo entonces? Hunter se aproxima para intentar descifrar el enigma. En medio de la exquisita fragancia de perfumes y esencias carísimas, el cuerpo de Teckel despide un hedor irrespirable. Hunter tiene que sujetarse a una columna para no desmayarse y vomitar. ¿Será ese olor lo que las excita, o la pasión y la fuerza de su “mirada de fuego”? Hunter se acerca a unos metros de Teckel para intentar hablar con él, pero éste simula no verlo. Asqueado y aburrido, cree llegado el momento de abandonar la fiesta. Tendrá que inventar una excusa, si quiere despedirse de la señora MacKay. Lo difícil será, sin embargo, ingeniárselas para encontrar a la señora, desaparecida nada más llegar a la fiesta. En realidad podría haber venido sola, no necesita a nadie.

La siguiente media hora la emplea Hunter en intentar encontrar a la señora MacKay. Ésta parece recrearse en jugar al escondite. Hunter se entretiene rastreando pistas falsas: unos la han visto en el salón principal, otros en la cocina; la última pista le lleva al lavabo de señoras, lo que le supone un enfrentamiento con un marido agraviado que lo confunde con un voyeur. Aclarado el malentendido, prosigue su búsqueda. Ya ha transcurrido más de hora y media desde que la vio por última vez. Empieza a pensar que el matrimonio MacKay le ha tendido una encerrona.

Desanimado por la futilidad de sus esfuerzos, decide, sean cuales sean las consecuencias, irse de allí sin dar explicaciones. Recoge el abrigo del guardarropa y sale por el vestíbulo. Bajo el soportal de la entrada, dos amigos se despiden con prisas y suben precipitadamente a un coche. La calle está desierta. No se escucha el más ligero ruido. La luz mortecina de los faroles ilumina débilmente en la oscuridad. No se distingue con nitidez los contornos de las fachadas de los edificios. Hunter tropieza con un objeto “invisible”. Enfadado consigo mismo, le pasa por la cabeza la idea de que debía haber venido en coche, se ha confiado demasiado: no hay una parada de taxis ni ninguna boca de metro por los alrededores. Sí, con el coche se habría evitado el mal trago de deambular por estas calles tan poco tranquilizadoras. Se acerca un vehículo, ¿será un taxi? Por si acaso, le hace una señal. Debe de tratarse de un error, porque el coche no aminora la marcha. Pero él no está dispuesto a permanecer allí por más tiempo y, en un momento de ofuscación, se arroja a la calzada. El taxi -porque ahora ya no hay ninguna duda de que se trata de un taxi- derrapa al dar un frenazo y golpea un cubo de basura. El taxista sale encolerizado del vehículo, y exclama sin poder contenerse: “¡Está loco, podría haber escogido otro coche para suicidarse!”. Pero Hunter no atiende las imprecaciones del conductor, su atención está centrada en una escena inesperada, iluminada súbitamente por los faros del coche: amparados en la oscuridad, una pareja se abraza amorosamente en una esquina estratégica. Nada tendría de particular este bonito cuadro sentimental, si los protagonistas de esta historia no fueran un hombre maduro y una mujer significativamente más joven; nada de especial, si el seductor irresistible no se apellidara Teckel y su solícita compañera, MacKay.


viernes, 8 de julio de 2011

El Señor Teckel 4


4. La transformación.

Abro un paréntesis en mi relato. A partir de este punto debo volver a hilvanar la trabazón de nuestra historia con la ayuda de la voz autorizada de Hunter. Yo estuve ausente del trabajo durante varias semanas, porque me retuvieron asuntos familiares. No fui testigo directo de lo que voy a narrar a continuación, pero confío plenamente en el testimonio de Hunter. Pues, ¿qué ganaría con mentirme sobre un asunto que no le afecta en lo más mínimo?.

Tras varios días de ausencia en la oficina, apareció al fin el hijo pródigo. Retornaba a sus ocupaciones rebosante de felicidad, sin duda estas “cortas vacaciones” le habían sentado bastante bien. El señor MacKay lo recibió con la naturalidad de quien no lo ha dejado de tratar a diario. Teckel, por su parte, adoptó la cínica compostura del empleado modelo: era evidente que para él tampoco había cambiado nada.

En Teckel, no obstante, se había operado una metamorfosis profunda. Sus ojos se había empequeñecido, hundiéndose aún más en el abismo de sus cuencas profundas. Las arrugas se dibujaban en un cutis tradicionalmente terso, y configuraban un tejido de surcos irregulares. La espalda se había curvado en forma de comba. “Tal vez”, bromeó Hunter, “intenta descifrar los secretos del universo”. Sus movimientos se habían relajado hasta tal punto, que no era difícil identificarlo con los ademanes de un anciano nonagenario. La dimensión de los cambios era de tal hondura, que llegamos a cuestionarnos si se trataba de la misma persona.

No sólo el físico nos revelaba una nueva identidad. Aunque su talante continuaba revelándose servil, su habitual discreción y exquisita cortesía habían cedido protagonismo a un lenguaje procaz y a una manía obsesiva con el sexo. Las secretarias, que nunca habían temido nada de él, comenzaron a sentirse inseguras en su compañía. Creo que Grabe dio en la diana, cuando lo describió como “un animal en celo”.

Teckel estaba siempre dominado por una tensión contenida. Nada más faltaba la mecha que prendiera el fuego. La ocasión no tardó en presentarse. Dos señoras de mediana edad se personaron una mañana en la oficina para un asunto de la mayor urgencia. No requirieron, como era de esperar, los servicios del señor MacKay, sino que preguntaron directamente por Teckel. Al verlas, éste recobró su talante habitual: amable, cortés aunque un poco distante. Se eludieron los preliminares premiosos, se evitó todo tipo de protocolo. Una de las señoras lo expresó con gran elocuencia: “Sobran los preámbulos, no tenemos tiempo, nos trae aquí un asunto urgente”. A petición de los clientes, se retiraron al despacho particular de Teckel con el fin de preservar la intimidad. Durante media hora no se oyó nada en el interior del despacho. Desde fuera el silencio, denso y agobiante, nos hacía pensar que la pieza estaba completamente deshabitada. Y que si estaba ocupada, como en efecto así ocurría, sus moradores se habían convertido en seres alados, pues ni el más ligero sonido mancillaba la rotundidad de su mutismo. Una risita obscena, sin embargo, se atreve a profanar el silencio sagrado. A esta hiriente profanación la siguen otras provocaciones: risotadas extemporáneas, escandalosas. Teckel es un hombre maduro, un hombre serio, nunca se había permitido tales frivolidades. La curiosidad nos corroe a todos, Grabe está a punto de entrar a ver que pasa. Pero la indiscreción de Teckel ha encontrado un cómplice en quien menos esperábamos: el señor MacKay. Éste detiene a su empleado dándole de paso una reprimenda: “no se debe violar la privacidad de nuestros clientes”. Como eco de estas palabras admonitorias, escuchamos las voces desenfadadas de las “señoras”. “¡Ahora yo, ahora yo!”, grita una de ellas con voz destemplada. “¡Es mío! ¡Es mío!”, le responde la otra disputándose la pieza codiciada.

Unas carcajadas anuncian la salida de Teckel y sus dos acompañantes. El tono azulado del rostro de Teckel se torna amoratado de no respirar: le ahoga la risa. Y risa es lo que provoca, en efecto, la guisa de la alegre trouppe. Teckel en ropa interior brilla en todo su esplendor: las carnes fláccidas -la papada, las tetillas caídas- contrastan con un resplandeciente rostro juvenil. Las “señoras” no se quedan atrás: lucen en todo su esplendor la exuberancia de sus michelines y carnes fofas, enmarcados por una elegante combinación de ligueros y sostenes granates. ¿Qué fue de aquellas señoras tan envaradas que entraron apenas hacía una hora en el despacho de Teckel, imbuidas de dignidad y distinción? ¡Qué cacareos! Y Teckel es el gallo del corral. ¡Qué chascarrillos tan mordaces se gasta y qué lenguaje tan soez! Los brazos escuálidos de Teckel se acomodan con familiaridad en las espaldas mullidas de las mujeronas, que los acogen en medio de bromas y simpatía arrebatadoras.

Recobrando la dignidad y el aplomo perdido, las señoras solicitan un lugar tranquilo donde arreglarse y adecentarse un poco el pelo antes de salir a la calle. Grabe, aturdido por la situación, les indica con un gesto -sobran las palabras y Grabe se encuentra en esos momentos imposibilitado para pronunciar palabra alguna- dónde se encuentra el servicio. Al salir del baño, las señoras -tan envaradas, puras y dignas como cuando llegaron a la oficina- con gran sequedad exigen a un empleado que les pida un taxi. El continente de su semblante y la rigidez de sus ademanes intentan recuperar la dignidad señorial. En cierto modo, podría afirmarse que cualquiera que quisiera identificar a aquellas señoras con las cabareteras, que nos habían hecho sonreír de vergüenza estaba faltando a la verdad, estaba difamando su buena imagen.

Teckel, para guardar la dignidad recién recuperada, aguarda a que las señoras bajen a la calle. Unos minutos más tarde observamos desde la ventana cómo suben todos a un taxi, sin abandonar el aire de seriedad.





domingo, 19 de junio de 2011

El Señor Teckel 3. ¿El seductor?



3. ¿El seductor?

A la mañana siguiente nos despertó de la modorra estival un grito destemplado de mujer. La calina no invitaba al movimiento pero, a tenor del peligro, salí de estampida para ver qué ocurría en la galería. Hunter lo ha visto todo desde el principio. Estaba despachando con la nueva secretaria, la señorita McNeill, unos asuntos urgentes. Ésta no es muy agraciada: su cuerpo es una escoba, el rostro anguloso de nariz ganchuda y ojos de halcón; la cabeza de pepino con los escasos cabellos, reunidos en un moño anticuado. Algún atractivo debe ocultar, pues Teckel, tras despedirse la señorita McNeill de Hunter, no ha podido dominarse y se ha abalanzado sobre ella con violencia, apretándola contra la pared. La ha abrazado y le ha sobado todo el cuerpo con el efecto embudo, y ha consumado la violación ante la mirada fría y despreocupada de Hunter. Cuando, indignado, me disponía a auxiliarla, éste me ha sujetado por el brazo y me ha detenido con las palabras siguientes:

- Detente, estate quieto, no hagas el ridículo.

- ¡Estás loco!- le he replicado.

- ¿No es una violación?

- Sí, es una violación.

- ¿Y entonces?

Me he soltado del brazo y me he acercado a la pareja. Cuando he intentado separarles, la señorita McNeill me ha propinado una sonora bofetada, que ha suscitado la hilaridad de Hunter. Los brazos de la secretaria han tornado a enroscarse en la cerviz de Teckel, no sin que antes ella me despachara con un “¡Déjenos en paz!”

Al mediodía nos hemos ido a comer a una pizzería. El restaurante no es una gran cosa, pero yo no estaba interesado en la comida. Hunter ha estado muy reservado, aunque estoy convencido de que no es más que una pose. He pensado que en un ambiente más relajado me diría lo que quiero saber. No nos une una sólida amistad, por ello debo condimentar el sabor de las confidencias con un preludio de sinceridad. Le he contado mis disputas familiares y, como muestra de confianza, le he pedido consejo legal.

La conversación ha derivado a derroteros aún más frívolos. Tras un interludio más bien breve, en el que se han tocado temas un tanto sombríos como las parejas y matrimonios rotos, ésta se ha centrado en nuestro leit-motiv favorito: las mujeres. Cada uno ha inventado una historia aún más inverosímil que el otro - yo no tenía verdadero interés en contarle mi vida amorosa y creo que Hunter tampoco -. Éste ha intuido que mi campo de interés era bien distinto y me ha seguido “inocentemente” el juego. Lo importante es que de modo tácito se ha creado el marco idóneo para que Hunter se explayara con franqueza sobre Teckel. El guiño de complicidad, apenas perceptible, me ha dado entrada a un curioso interrogatorio al que Hunter ha respondido, dando grandes muestras de satisfacción.

Yo he reparado, como por descuido, en la conducta irregular del hasta ahora considerado empleado modelo. Teckel se ha distinguido en todos estos meses por una exquisita puntualidad y un exagerado y puntilloso sentido del deber. Le bastaba al señor MacKay, nuestro jefe, seguir la mirada de Teckel para descubrir al “irresponsable” que se había retrasado unos minutos o había cometido una leve falta administrativa. Pero a partir de abril la conducta de Teckel ha cambiado de forma radical. Varios días ha llegado tarde al trabajo, sin ningún motivo justificado. El jefe no le ha pedido cuentas, pues confía plenamente en su perro guardián. En la oficina afecta siempre un aire distraído, como de adolescente menopáusico, que no le permite centrarse ni en las labores más simples. Si continúa así, su competencia, fidelidad y sentido del deber van a formar parte de la historia de un mito, pero no del Teckel de carne y hueso.

El punto de inflexión que marcó el cambio de comportamiento, fue un suceso que pasó inadvertido. Sucedió un viernes, cuando estábamos a punto de terminar la jornada laboral. La señora Gómez, la mujer de la limpieza, se presentó en el despacho del jefe con un arrebol de vergüenza en las mejillas. Hablaba en voz muy baja, pero, a pesar de su discreción, no podía contener un tono de indignación y sofoco. “No me importa perder mi empleo”, dijo, “y si es necesario recurriré a un abogado laboralista”. El señor MacKay le contestó, abandonando el tono conciliador, que la demandaría por difamación.

En su momento, este episodio no recibió el interés que merecía. Un instinto de protección, el temor a perder nuestro empleo, nos hacía inmunes a las aventuras de nuestro jefe. La actitud general era siempre la misma: las aventuras del señor MacKay no son asunto nuestro.

El lunes nos sorprendió la presencia de una nueva asistenta. Ésta procedía de Nicaragua y, por lo que a nosotros se refería, no se diferenciaba apenas nada de la anterior. Se llamaba María como su antecesora, y también tenía que sufragar los gastos de una prole no menos numerosa. Era muy reservada - tal vez una situación de ilegalidad la predisponía al silencio-. Pero en todo momento se mostraba educada y discreta. Se ajustaba perfectamente al perfil profesional que exigíamos, pero no permaneció entre nosotros más de una semana. Se repitió la escena con el señor MacKay, aunque esta vez sin aditamentos melodramáticos. La asistenta se marchó incluso con una sonrisa de felicidad en los labios. Esta actitud tan sospechosa por parte del jefe desató los infundios más disparatados. Hunter especuló con la posibilidad de que le estuvieran sometiendo a chantaje. Pero cuando esta actitud se reiteró durante varias semanas, llegamos a la conclusión de que le saldrían más baratos los servicios de una profesional.

domingo, 12 de junio de 2011

El Señor Teckel 2. El extraño compañero de oficina.


2. El extraño compañero de oficina.

Las noticias que provenían del viejo continente no podían ser más elocuentes. Fuentes de toda confianza nos hablaban de un hombre que pertenecía a una aristocrática familia británica, aunque en principio desconocíamos qué títulos y honores avalaban tal condición, a la que se hacía alusión de un modo un tanto vago. De cualquier forma, toda los documentos de Eton y Oxford habían precedido en varias semanas a nuestro ilustre visitante como carta de presentación, lo que a nuestro entender borraba toda nube de desconfianza. Por lo demás, nuestro informador -un hombre que era depositario de la confianza del señor MacKay, nuestro jefe- añadía unas cuantas pinceladas a este cuadro un tanto borroso. Nos mostraba a un hombre sesentón que, a pesar de sus abundantes entradas, gozaba aún de muy buena apariencia: alto, esbelto, elegante... Todas estas cualidades, amén de su carácter apacible y los encantos de su educación distinguida, lo hacían acreedor de profundas y apasionadas admiraciones por parte del sexo femenino. Si bien el señor S. - nuestro informador prefería permanecer en el anonimato - no nos había proporcionado una información muy rigurosa sobre el inglés, cabía añadir una apostilla al retrato incompleto: se trataba, sin duda alguna, de un individuo bastante excéntrico. ¿Cómo si no una persona instruida y de su condición social se había decidido por un trabajo tan rutinario y tan por debajo de su preparación académica, como era el de oficinista? Era evidente que con esta actitud trataba de satisfacer un capricho egocéntrico, una extravagancia desatinada; lo que nos inclinaba a pensar también en una hipotética ruina, pero no, no lo creo; en caso de un empobrecimiento súbito, habría podido optar por una profesión más afín a su esfera social y educación esmerada.

A través de un determinado tono de voz, de un peculiar reflejo de luz, evocamos personas y cosas. Nuestra identificación, en estos casos, es más bien intuitiva, basada en detalles intranscendentes más que en rasgos distintivos. Un sombrero, una camisa, unos zapatos, un reflejo, un amargo sabor de boca, un olor peculiar... un inventario exhaustivo de nimiedades que delatan al personaje, y que te proporcionan el convencimiento de que te has tropezado con él cientos de veces antes de tu primer encuentro. Pero Teckel superó las previsiones de mi fantasía. Ni un hombre dotado con muchos más años de experiencia en el ejercicio de nuestra profesión habría podido concebir a una persona semejante, cuya figura desbordaba los hasta entonces amplios límites de una mente entrenada. La primera vez que lo vi me sentí francamente incómodo y puedo asegurar que no fui el único. Reconozco que las pretensiones de la imaginación a hacer de sus fantasías realidad -por muy respaldadas que estén por la costumbre- resultan del todo ilegítimas, pero los acontecimientos del día tampoco toleraban semejante anormalidad. Tras una noche de horrible tormenta plagada de espantosos sucesos, Julio César fue prevenido, horas antes de su inmolación, contra los Idus de marzo. Pero nuestra jornada había transcurrido tan rutinaria, tan lejos de un evento extraordinario, que nada hacía vaticinar a Henry Teckel. Más que de la esperanza defraudada se trataba de una presencia ingrata que ofendía, cual si fuera un grave insulto, a todos los presentes. Muchos de nosotros nos negamos a concederle un simple apretón de manos, tal era la repugnancia que nos inspiraba. El señor MacKay se mostraba muy contrariado por la situación y de seguro habría dado mucha plata por evitar las presentaciones. Su voz trémula se perdía en medio de la ola de indignación silenciosa. Nuestro invitado no se percataba de la situación y miraba con aire desembarazado hacia abajo, pero esa despreocupación se tornaba en nerviosismo y desconcierto cuando alzaba la vista. Diríase que se encontraba incómodo en las “alturas” y que su hogar estaba a escasos centímetros del pavimento. Tal vez fuera mi imaginación, pero a mí me parecía que de un momento a otro iba a saltar y tumbarse en el suelo. Es probable que contribuyera a esta sensación su imponente joroba, defecto éste que le hacía cómicamente amigo del suelo y enemigo acérrimo de las alturas. No hablaba mucho pero, cuando abría la boca, parecía que no iba a pronunciar palabra alguna sino a gruñir. Y, en efecto, sus peroratas eran lo más parecido a una interminable sucesión de gruñidos humanos - ¿humanos? ¿Cabía tal descripción piadosa para semejantes sonidos guturales?-. Aunque una vez te habías familiarizado con ese extraño lenguaje, lo que sobresalía era su insufrible voz cascada, de articulación poco clara -tal apreciación sería misericordiosa, en realidad su voz era poco menos que inteligible-. Pero me desagradaba aún más que su insoportable parloteo la frecuencia con que su lengua, larga y de gran flexibilidad, abandonaba su morada para recorrer sus labios, el bigote, sus pómulos e incluso más allá de sus dominios: el rostro de su interlocutor. Sus orejas eran en extremo largas y redondeadas. El señor S. también había sido demasiado optimista en otra de sus apreciaciones: no es que surcaran entradas en su “abundante” cabellera, no; se trataba de un rey sin corona: estaba calvo como una bola de billar. En su rostro, al margen de su nariz húmeda, lo que más destacaba era la expresión lánguida de sus ojos legañosos. Cuando concluía su charla, resultaba aún más desagradable, pues su boca quedaba entreabierta y dejaba oír por entre sus amarillentos y apestosos dientes un jadeo intermitente, acompañado a ritmo por las frecuentes incursiones de su lengua.