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domingo, 12 de junio de 2011

El Señor Teckel 2. El extraño compañero de oficina.


2. El extraño compañero de oficina.

Las noticias que provenían del viejo continente no podían ser más elocuentes. Fuentes de toda confianza nos hablaban de un hombre que pertenecía a una aristocrática familia británica, aunque en principio desconocíamos qué títulos y honores avalaban tal condición, a la que se hacía alusión de un modo un tanto vago. De cualquier forma, toda los documentos de Eton y Oxford habían precedido en varias semanas a nuestro ilustre visitante como carta de presentación, lo que a nuestro entender borraba toda nube de desconfianza. Por lo demás, nuestro informador -un hombre que era depositario de la confianza del señor MacKay, nuestro jefe- añadía unas cuantas pinceladas a este cuadro un tanto borroso. Nos mostraba a un hombre sesentón que, a pesar de sus abundantes entradas, gozaba aún de muy buena apariencia: alto, esbelto, elegante... Todas estas cualidades, amén de su carácter apacible y los encantos de su educación distinguida, lo hacían acreedor de profundas y apasionadas admiraciones por parte del sexo femenino. Si bien el señor S. - nuestro informador prefería permanecer en el anonimato - no nos había proporcionado una información muy rigurosa sobre el inglés, cabía añadir una apostilla al retrato incompleto: se trataba, sin duda alguna, de un individuo bastante excéntrico. ¿Cómo si no una persona instruida y de su condición social se había decidido por un trabajo tan rutinario y tan por debajo de su preparación académica, como era el de oficinista? Era evidente que con esta actitud trataba de satisfacer un capricho egocéntrico, una extravagancia desatinada; lo que nos inclinaba a pensar también en una hipotética ruina, pero no, no lo creo; en caso de un empobrecimiento súbito, habría podido optar por una profesión más afín a su esfera social y educación esmerada.

A través de un determinado tono de voz, de un peculiar reflejo de luz, evocamos personas y cosas. Nuestra identificación, en estos casos, es más bien intuitiva, basada en detalles intranscendentes más que en rasgos distintivos. Un sombrero, una camisa, unos zapatos, un reflejo, un amargo sabor de boca, un olor peculiar... un inventario exhaustivo de nimiedades que delatan al personaje, y que te proporcionan el convencimiento de que te has tropezado con él cientos de veces antes de tu primer encuentro. Pero Teckel superó las previsiones de mi fantasía. Ni un hombre dotado con muchos más años de experiencia en el ejercicio de nuestra profesión habría podido concebir a una persona semejante, cuya figura desbordaba los hasta entonces amplios límites de una mente entrenada. La primera vez que lo vi me sentí francamente incómodo y puedo asegurar que no fui el único. Reconozco que las pretensiones de la imaginación a hacer de sus fantasías realidad -por muy respaldadas que estén por la costumbre- resultan del todo ilegítimas, pero los acontecimientos del día tampoco toleraban semejante anormalidad. Tras una noche de horrible tormenta plagada de espantosos sucesos, Julio César fue prevenido, horas antes de su inmolación, contra los Idus de marzo. Pero nuestra jornada había transcurrido tan rutinaria, tan lejos de un evento extraordinario, que nada hacía vaticinar a Henry Teckel. Más que de la esperanza defraudada se trataba de una presencia ingrata que ofendía, cual si fuera un grave insulto, a todos los presentes. Muchos de nosotros nos negamos a concederle un simple apretón de manos, tal era la repugnancia que nos inspiraba. El señor MacKay se mostraba muy contrariado por la situación y de seguro habría dado mucha plata por evitar las presentaciones. Su voz trémula se perdía en medio de la ola de indignación silenciosa. Nuestro invitado no se percataba de la situación y miraba con aire desembarazado hacia abajo, pero esa despreocupación se tornaba en nerviosismo y desconcierto cuando alzaba la vista. Diríase que se encontraba incómodo en las “alturas” y que su hogar estaba a escasos centímetros del pavimento. Tal vez fuera mi imaginación, pero a mí me parecía que de un momento a otro iba a saltar y tumbarse en el suelo. Es probable que contribuyera a esta sensación su imponente joroba, defecto éste que le hacía cómicamente amigo del suelo y enemigo acérrimo de las alturas. No hablaba mucho pero, cuando abría la boca, parecía que no iba a pronunciar palabra alguna sino a gruñir. Y, en efecto, sus peroratas eran lo más parecido a una interminable sucesión de gruñidos humanos - ¿humanos? ¿Cabía tal descripción piadosa para semejantes sonidos guturales?-. Aunque una vez te habías familiarizado con ese extraño lenguaje, lo que sobresalía era su insufrible voz cascada, de articulación poco clara -tal apreciación sería misericordiosa, en realidad su voz era poco menos que inteligible-. Pero me desagradaba aún más que su insoportable parloteo la frecuencia con que su lengua, larga y de gran flexibilidad, abandonaba su morada para recorrer sus labios, el bigote, sus pómulos e incluso más allá de sus dominios: el rostro de su interlocutor. Sus orejas eran en extremo largas y redondeadas. El señor S. también había sido demasiado optimista en otra de sus apreciaciones: no es que surcaran entradas en su “abundante” cabellera, no; se trataba de un rey sin corona: estaba calvo como una bola de billar. En su rostro, al margen de su nariz húmeda, lo que más destacaba era la expresión lánguida de sus ojos legañosos. Cuando concluía su charla, resultaba aún más desagradable, pues su boca quedaba entreabierta y dejaba oír por entre sus amarillentos y apestosos dientes un jadeo intermitente, acompañado a ritmo por las frecuentes incursiones de su lengua.

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