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lunes, 7 de noviembre de 2016

El delirio blanco. Rusia y sus demonios soviéticos.


En su obra Los Demonios, Dostoiévski menciona “una escena en la que un tal Gulliver, que antes ha estado en el país de los liliputienses, al volver a su tierra llegó a considerarse como un gigante hasta el punto de que, caminando por las calles de Londres, gritaba maquinalmente a los transeúntes y los carruajes que se quitasen de delante y cuidasen de que no los atropellase, imaginándose que él seguía siendo gigante y los otros liliputienses. Por eso se convirtió en el hazmerreír y en objeto de tremendos improperios. Más de un cochero zafio midió con su látigo las espaldas del gigante”.
Se entiende por delirio “una idea falsa, absurda e irracional que el individuo tiene de sí mismo o de su entorno, a pesar de que la evidencia demuestre lo contrario”. A lo largo de su corta existencia, las espaldas del gigante soviético sufrieron los latigazos de la realidad: los demonios se habían apoderado de su cuerpo y no había forma de expulsarlos.
En 1957 encargaron a dos científicos rusos una predicción sobre el futuro de la Unión Soviética, titulada Reportaje desde el siglo XXI. Difícil arte este de los vaticinios, pero estos discípulos del doctor Moreau no dudaron en forjar una obra en la que la epopeya se combinaba con la ciencia ficción a partes iguales. En el año de la profecía, 2007, el periodista Jacek Hugo-Bader viajó a Rusia para calibrar la desproporción entre la épica de este relato científico y la realidad postsoviética.
El gigante soviético estaba afectado de distintos delirios. En La vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, se describen los síntomas del delirio científico en un personaje, Gládishov. Este emplea su tiempo en cultivar un híbrido de tomate y patata, al que bautiza como el Camino del Socialismo. Los científicos de verdad no se le quedan a la zaga, como nos cuenta Hugo-Bader en su visita al camarada Kaláshnikov:
“Izhevsk es la capital de la industria armamentística rusa, aunque por supuesto no hay ninguna fábrica de tanques, armas o vehículos acorazados. Otra especialidad soviética. La piezas de los tanques se ensamblan en una fábrica de agavilladoras, los misiles en una de coches, y la artillería en una de telares. En Tula, por ejemplo, los fusiles se producen en la fábrica de samovares.” El Delirio Blanco (Editorial DIOPTRÍAS, página 130. Traducción de Ernesto Rubio y Marta Slyk) 
Esto podría parecer una precaución contra los espías imperialistas. Mas esta degenera en locura con el uso de bombas atómicas para fines civiles:
“De alguna mente enferma surgió la idea de excavar canales por medio de cabezas nucleares: se va haciendo una bomba tras otra hasta tener listo el canal [...] Una explosión termonuclear creó un embalse artificial de cuatrocientos metros de diámetro y cien de profundidad [...] Al cabo de unos años, hasta aparecieron unos peces en el embalse de al lado. Solo que no tenían ojos.” El Delirio Blanco (página 169). 
 El sueño de la razón produce monstruos: Algunos niños de Semipalátinsk, afectados por la radiación, nacieron con deformaciones en el feto. Claro que esto no es ningún impedimento para un patriota soviético. En Temple de acero se retrata a “un hombre que, habiendo conocido todas las vicisitudes de la Revolución y la guerra civil, queda privado no sólo de los brazos y de las piernas, sino además de la vista. Reducido al lecho por las cadenas de la enfermedad, la fuerza y la bravura que subsisten en este hombre lo llevan a servir a su pueblo y escribe un libro” La vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin (página 167.)


   Tras nuestra lectura del libro de Jacek Hugo-Bader, arriesgamos otra explicación a esta ingeniería estrafalaria: el delirio blanco, el delírium trémens:
 “Cada vez que un evenko borracho se me acerca en la calle, siempre quiere una marcianada absurda: que le lleve conmigo a América, que lo acompañe al tren que va a Moscú (en la aldea no hay vía férrea) o que le dé diez mil rublos.” El Delirio Blanco (página 248.)
¿Trenes fantasmas? Son las voces del vodka, aquellas que empujan a los evenkos a pegarse un tiro o a correr desnudos huyendo de sus demonios.
    Resulta irónico que entre estos últimos la receta para curar el delirio blanco sea los sesos de reno, quizás debieran canjearlos por los de los científicos soviéticos. Estos también oyen voces que los empujan a proyectos no menos delirantes como irrigar los desiertos del país con bombas atómicas o explotar un artefacto nuclear, cuya radiación debería haberse extendido por una zona despoblada y desértica:
“(Sajarov) cometió un error muy importante. La nube (radiactiva) no se dirigió hacia al sur. En esta región de Kazajistán, el viento sopla del oeste al este una media de veintisiete días al mes. La nube fue directamente a Semipalátinsk, una ciudad que contaba entonces con 250.000 habitantes”. El Delirio Blanco (Editorial DIOPTRÍAS, páginas 157. Traducción de Ernesto Rubio y Marta Slyk) 
Las voces son los vientos. A miles de kilómetros de allí, en Siberia, esta tragedia se habría evitado, si hubieran escuchado a una pequeña chamana:
“Yo era una niña normal, pero no hacía otra cosa que jugar con los vientos. Me pasaba todo el tiempo con ellos, ellos me formaron. En mi aldea, los leñadores salían a trabajar y los vientos sabían siempre dónde iban, corrían alrededor de ellos como si fuesen perros y me lo contaban todo. Un día, iban a ir al bosque con un tractor, pero los malos vientos ya se habían subido al volante y yo tuve una visión... ¡No vayáis con los malos vientos! Mi madre vino y se me llevó. Se fueron a la taiga, el tractor se despeñó por un barranco y murieron cinco hombres”. El Delirio Blanco (páginas 232-233.) 
A la niña la internaron en un psiquiátrico. Al científico Sajarov le concedieron su tercera Estrella de Oro de Héroe del Trabajo Socialista y otro premio Lenin, todo ello en ágapes regados con abundante alcohol.
    Y es que, según la creencia popular rusa, el vodka lo cura todo: hasta los demonios se nutren de este néctar. No en balde el Día del Defensor de la Patria (el Día del Hombre o del soldado) se lo pasan bebiendo vodka. Lo curioso es que el Día de la Mujer también lo dedican (los hombres, no las mujeres) a beber. Y eso que la fiebre patriótica presenta sus desventajas: El índice de defunciones aumenta con las víctimas del coma etílico.


En el Reportaje desde el siglo XXI no se menciona a Dios ni a la religión. Estas supersticiones habrán desaparecido con el tiempo. Sin embargo, en el 2007, es la Unión Soviética la que se ha desintegrado y por toda Siberia pululan fantasmas y Mesías. Estos últimos desafían la tradición, ya no montan sobre ningún animal:
“La primera vez Jesucristo iba a lomos de un asno, comía pescado, bebía vino y vivía en castidad. Ahora prefiere una moto de nieve marca Yamaha, es vegetariano y abstemio, y su mujer ha vuelto a quedarse embarazada” 
“De los seis Jesucristos vivos que hay actualmente en el mundo tres están en Rusia. Uno todavía no se ha revelado [...] El tercero es un antiguo policía y pintor autodidacta,  a quien sus seguidores llaman “Vissarion”, que quiere decir “el que da la vida”. Aunque normalmente lo llaman “el Maestro”. El Delirio Blanco (página 187). 
¿Todavía no se ha revelado? Permítame Hugo-Bader una pequeña enmienda. El primero se ha encarnado en la figura de Pablo Iglesias.
Para ser ungido como Mesías, Vissarion quiere rememorar cada uno de los episodios de la vida de Jesús. Pablo Iglesias, mucho más modesto, se conforma con unas pocas escenas. Su favorita es Jesús expulsa a los mercaderes del templo.


      Ambos personajes comparten la Buena Nueva: la llegada del Reino de Dios sobre la tierra. Aunque con Vissarion nos atrevemos a asegurar que la sonrisa está más cerca.


    Pero mientras Iglesias se esfuerza por desvelar la Trinidad del niño Errejon, Pablo padre y el Espíritu de Podemos,  Vissarion nos diagnóstica el origen del mal:
“Cada célula del animal sacrificado lleva impreso el código del miedo, eso dice el maestro. Y después el hombre se lo come, asimila la energía negativa y se llena de temor, de pánico y de muerte.” El Delirio Blanco (página 188)
Toda esta sabiduría milenaria está recogida en el Último Testamento, un evangelio farragoso semejante a la escritura automática de los surrealistas o al discurso incoherente de Bienvenido Mister Marshall. No obstante, el diácono y filósofo ortodoxo Andréi Kuráev, nos dilucida el misterio:
“A partir de esas palabras incomprensibles cada uno se hace la idea que quiere. De esa forma satisfacen sus propias necesidades. Es como el Cuadrado negro de Malévich. Cada uno lo entiende a su manera.” El Delirio Blanco (Editorial DIOPTRÍAS, páginas 219. Traducción de Ernesto Rubio y Marta Slyk).
Nosotros arriesgamos otra hipótesis. En teoría, el cuadrado de Malévich no hacía referencia a nada externo. Sin embargo, últimamente se ha descubierto que debajo de la pintura se oculta un cubo futurista y un chiste racista: Dos negros peleando en una cueva, que aluden a una obra del escritor Alphonse Allais.
En 1887, Allais publicó la misma obra bajo el título Combate de negros en una cueva de noche  en un álbum humorístico. Este contenía La primera comunión de niñas anémicas en la nieve  (un rectángulo blanco) y Cardenales apopléticos recogiendo tomates en la orilla del Mar Rojo (un rectángulo rojo).
El delirio blanco es como estos chistes geométricos, un intento de cuadrar la realidad en el círculo de los planes quinquenales, transformando a los hombres en monigotes, lo que no se compadece con seres de carne y hueso, sino con el acartonado homo sovieticus.
En el Reportaje desde el siglo XXI  los científicos escribieron “que las carreteras del futuro garantizarían una seguridad vial absoluta. No resbalarían, se despejarían de nieve y se secarían solas [...] Por debajo de la carretera circularían unos cables de alta frecuencia.” 
No sé si el texto hace referencia a un futuro scalextric o es un plagio de Julio Verne. Hugo-Bader, por el contrario, señala hastiado: “De los trece mil kilómetros que recorrí de Moscú a Vladivostok, tres mil no tenían ningún tipo de pavimento”. El Delirio Blanco (Editorial DIOPTRÍAS, páginas 290-291. Traducción de Ernesto Rubio y Marta Slyk)
    Por eso el autor de libro acaba padeciendo el delirio. Delirar  procede del latín delirare, "salir del surco al labrar la tierra”. Nuestro escritor termina dando vueltas de campana en una carretera de tierra, por culpa de ese estado de indiferencia terrible y fría, ese frío helado que te congela el bigote o quizás, como los afectados por el delirio blanco, se precipita en la nieve al huir de sus demonios. 

martes, 12 de julio de 2016

Oxforbrigde. El teatro de las maravillas 6.

6. El Libro de torturas del faraón.


Urgía exorcizar al fantasma. La fortuna premió la perseverancia del equipo directivo. En la tumba de Usthiasuk desenterraron varios instrumentos de tortura: la palmatoria, la vara, la regla de roble macizo y la correa con púas. Junto a estas evidencias, el descubrimiento de El Libro de torturas del faraón vino a refrendar que el antiguo director se inspiraba en la Divina Comedia para martirizar a sus víctimas. La obra era tan extraordinaria que la doctora Cárdenas la reeditó para que fuera del dominio público. Veamos una reseña de la misma.

“No apto para cardíacos.”
La Tribuna

“El contenido de este libro puede herir gravemente su sensibilidad.”
El Heraldo del Progreso

“Mas de  diez millones de ejemplares vendidos… Miles de lectores condenados a no conciliar el sueño  durante el resto de sus vidas.”
Farbes.
Vlad Usthiasuk 
El  libro de torturas del  faraón 
Las últimas excavaciones arqueológicas en Oxforbridge nos han descubierto un mundo fascinante y cruel: el del antiguo y tiránico director Usthiasuk, conocido popularmente como el faraón. Durante mucho tiempo el contenido de este libro se consideró tan duro que no se atrevieron a publicarlo, porque describía cómo se vivía en los oscuros tiempos del faraón. ¿Cuánto era el dolor que los pobres alumnos eran capaces de soportar? Si usted ha soportado los relatos de Lovecraft, Poe o Machen esta obra le resultará aún más terrorífica. El Libro de las torturas de Usthiasuk: un libro pesado con un armazón de hierro forjado que se cerraba a cal y canto. En él, Usthia-suk anotaba el tormento reservado a cada una de sus víctimas: alumnos y profesores díscolos. Su contenido es tan horroroso que no nos sentimos autorizados a divulgar los detalles porque pueden herir la sensibilidad del lector, aunque se rumorea que los suplicios están inspirados en la Divina Comedia y el código de Hammurabi. Oigamos a un testigo que no quiere revelar su nombre por temor a represalias: “En la tumba de Usthiasuk, una vez al día un rayo de luz se filtra por las paredes, ilumina al faraón y este se reaviva por unos momentos: su rostro se enciende, sus ojos punzantes brillan y su cuerpo se pone en movimiento, o al menos eso dicen cuentos de viejas. Muchos testigos aseguran que el viejo director no murió y que se aparece por las noches a los alumnos y orientadores desprevenidos para darles algún que otro susto.”

Con El Libro de torturas del faraón desprestigiaron a Usthiasuk. Mas, ¿bastaba esto para conjurar al fantasma? Llamaron a un exorcista y, dos días más tarde, lo expulsó del zooinstituto para siempre.

– Doctora Cárdenas, quiero presentarle al descubridor del Libro de torturas del faraón – dijo el profesor Magoo –. Es uno de nuestros colaboradores: el doctor Tuhmahul.
– Es un placer conocerle, doctor. No sé qué habríamos hecho sin usted. Me encantaría invitarle a la presentación de mi próxima obra.

– Con todos mis respetos, doctora –le interrumpió Magoo –. Se me ha ocurrido una idea mejor. El doctor podría ser uno de los protagonistas de la ceremonia.

martes, 14 de junio de 2016

Oxfordbrigde. El teatro de las maravillas 5.



5.  El fantasma del faraón.

    En las semanas posteriores, un miembro del Departamento de Poesía Aplicada amaneció con una mejilla hinchada. Al principio lo tomaron por un flemón.  Luego contó que, en la oscuridad, cerca del Departamento de Orientación, sintió el peso de una mano callosa y fría, como un guantelete. Del golpe, sus gafas psicodélicas, idolatradas en el zooinstituto, se convirtieron en una escultura vanguardista. Esto  hizo dudar si el agresor era Usthiasuk o un artista revolucionario que estaba ensayando nuevas técnicas.
Uno de nuestros mejores estudiantes, experto en papiroflexia, llevaba a cabo un experimento con una mosca: le arrancó las alas para ver si podía volar. Cuando comprobó que era una inútil, la montó en un avioncito de papel para descubrir qué sentiría la aviadora en un vehículo supersónico. Nunca sabremos cómo acabó tan interesante prueba: una mano invisible, una mezcla asquerosa de vendas apestosas y plomo, le atizó un guantazo que lo dejó en blanco durante dos semanas seguidas.
     Pero lo que colmó el vaso fue lo que los eruditos consideraron la segunda   tragedia cultural más grave desde el incendio de la Biblioteca de Alejandría: la destrucción de La Biblioteca Benigno Luminoso de las Metaciencias Educativas. Se especula que el fantasma de Usthiasuk, que rondaba por los alrededores, estaba detrás  de estas maldades. Algunos libros ardieron misteriosamente y se perdieron cientos de pedagogía, espiritualidad, autoayuda y márketing. Entre ellos se mencionaba  una obra maestra de la metaciencia educativa: El aula celestial. Del colegio ideal a las divinas enseñanzas piscopedagógicas del Doctor Benigno Luminoso, y eso a pesar de que se habían tomado todas las precauciones para protegerlo. El libro estaba envasado al vacío, es decir, estaba guardado en una vitrina de la que se había extraído el aire a conciencia. Era una primera edición, una joya bibliográfica que solo aquellos orientadores consagrados podían consultar tras muchos años de entrega a las metaciencias educativas. La urna estaba presidida por un retrato de Benigno Luminoso. ¡Cuánta grandeza se esconde detrás de hombres aparentemente anodinos! Nadie habría imaginado que tras ese rostro redondo, manso y algo cetrino, de mirada desvaída, calva sebosa y protuberante, se parapetaba un genio creativo y fundador, el Descartes de la Psicopedagogía Avanzada. La  secretaria del Departamento de Animación Ludicoeducativa (DAL) estaba pasando a ordenador una conferencia de la doctora Cárdenas sobre el Aprendizaje Multidireccional, cuando le pareció ver una sombra. Miró alrededor: nada,  todo estaba en calma. Se asomó por la ventana y contempló el mar, el puerto natural y el “Faro de Alejandría” situado a la entrada de la biblioteca. Este, como cada noche, proyectaba en el aire los rostros de luminarias de la ciencia piscopedagógica, perfilados por rayos láser: Rousseau, Pestalozzi, Comenius, Luminoso. En ese momento arribaba un grupo de estudiosos en un barco de vela, impulsado por una brisa e iluminado por esos rostros resplandecientes que lo llevaban a buen puerto. Junto a esos semblantes se leían perlas de su sabiduría: apotegmas, sentencias o sencillas frases que habían iluminado a la humanidad durante décadas: ¿No dicen que la naturaleza es sabia?  O ¿Cuánta imaginación hay que tener para llegar al poder? Una música subyugadora, apenas audible, se difundía en varias millas a la redonda. La melodía procedía asimismo del “Faro de Alejandría”. Sí, todo era normal, pero bruscamente desaparecieron esas figuras benéficas y surgió tras una niebla repentina un rostro anguloso y cadavérico que helaba la sangre: ¡Usthiasuk! Un alarido prolongado, que sustituyó a la música, se oyó en el exterior. El barco embarrancó en la arena y cundió el pánico entre los tripulantes. Luego se apagaron las luces y el drama se situó en el departamento: el libro fundacional ardió dentro de la urna. La secretaria pegó un grito y, cuando se encendieron las luces, del ejemplar quedaban  apenas unas páginas chamuscadas y el retrato estaba colgado del revés. Por fortuna, la secretaria era una mujer decidida, corrió a la puerta y le pareció ver a un hombre que se alejaba. Llamó a los guardias, mas aquel tipo se disipó como el humo. Uno de ellos creyó reconocer en el fugitivo los rasgos del faraón.

martes, 7 de junio de 2016

Oxfordbrigde. El teatro de las maravillas 4.


4. El despertar del faraón. 

El profesor Magoo les leía poesías a sus alumnos, mientras estos utilizaban cebo para pescar. A falta de estudiantes bajitos –ya no quedaban apenas–, se valían de una gorra de dudoso origen. Los peces no picaban y los muchachos estaban aburridos. Al principio este les leía obras de sus autores favoritos, como Campoamor, pero con el paso del tiempo se sentía inspirado en sus paseos y, en arranques de furor poético, les recitaba su propia cosecha. 

Alondra solitaria

que navegas por estos tristes lares.
¿Adónde irá  tu hermoso trinar?
En mi memoria borrosa,
vapuleada por  recuerdos efímeros,
tu aleteo fútil
se volverá inmortal.

El señor Magoo les explicó a sus discípulos esta poesía como tempus fotis.
Desembarcaron los excursionistas, hastiados, y una nueva tripulación se enroló en el bote. Los muchachos estaban muy contentos. Al poco de iniciar la singladura, el chapoteo producido cuando los jóvenes echaron al agua a un alumno bajito como carnaza, le sugirió a nuestro vate unas de sus obras más inspiradas.

Suspiros de rocío
que besas mis húmedos labios.
¿Por qué desciendes del cielo
hasta mis miserias mortales?
¿Escuchaste acaso mi triste oración?
¿Suspiras rocío?
¿Son acaso estos, tus suspiros,
suspiros de amor?

Los alumnos tocaron tierra eufóricos. Algunos chocaron efusivamente la mano de Magoo. Este estaba emocionado. ¡Y pensar que algunos colegas decían por lo bajini que sus poesías eran ñoñas, cursis y con temática harto manida!
Con esta última remesa, las actividades náutico escolares finalizaron. El sol se estaba ocultando y navegar a la luz de la luna era suicida. Dios sabe qué bestias abisales moraban en las profundidades. Se decía que emergían a la superficie y que habían agujereado más de un casco a dentelladas, engullendo a sus tripulantes.
El profesor Magoo se dispuso a volver a su casa. Tendría que atravesar el zooinstituto para salir de allí. ¡Misión imposible! Algunos maldicientes creían que trabajaba horas extras para hacer méritos, lo cierto es que, por su escaso sentido de la orientación, empleaba cada día más de una hora en localizar la salida, perdiéndose muy a menudo por los corredores. De ahí que estuviera obsesionado con el Departamento de Orientación.
Pero esa tarde nuestro poeta tenía un trabajo pendiente y decidió navegar en solitario. Unos versos rebeldes se le atascaban en el cerebro y el paseo en barca le ayudaba a digerirlos.
“Caudales de sabiduría”, era como si hubiera oído antes estas palabras. Sí, era una voz caudalosa que repiqueteaba en unas aguas torrenciales. El lago estaba agitado, a pesar de que no soplaba ni una brizna de viento. Cientos de palabras, como gotas, chapoteaban en su cerebro.
¡Chop, chop! ¡Hola! ¿Qué es esto? El nivel de las aguas ha bajado y una galería sumergida se ha abierto en la fachada oeste del edificio. Ignoramos a dónde nos lleva. Lo único que sabemos es que unos signos misteriosos flanquean la entrada: una sandía y unos patitos que andan.
Magoo se apeó de la barca y se internó en la galería. Cuando llevaba diez minutos recorridos, intentó desandar sus pasos. Demasiado tarde. No había salida, solo un laberinto de túneles cada vez más estrechos. ¡Bueno! Puesto que no podemos irnos, lo mejor es saber a qué nos enfrentamos. En la mochila llevaba una linterna; lo que si no facilitaba mucho las cosas –porque nuestro valiente expedicio- nario estaba bastante cegato– ayudaría a aclarar dónde estábamos.
Las voces que le habían atraído hasta este corredor se oían con más claridad. Eran lamentos, súplicas, lloros intermitentes y el restallido de un látigo. ¿De dónde surgían? Magoo no veía muy bien pero su oído era muy fino: nacían de los muros de este pasadizo.
Hubo un momento en que topó con una reja carcelera en la pared, se asomó para ver el interior y, como en un relámpago, entrevió a varios muchachos a la luz de una vela estudiando unos libros gordísimos. Los estudiantes estaban sujetos con grilletes a las sillas y a las mesas. Cientos de libracos enmohecidos se apilaban en el suelo, en tanto las ratas roían sus páginas ante la indiferencia de los niños macilentos, que no apartaban su mirada de los volúmenes y de las resmas de papeles que iban rellenando religiosamente, como unos amanuenses medievales, condenados para toda la eternidad a no ver la luz del sol.
Magoo tembló al escuchar un grito desgarrador, acompañado de un rumor de cadenas arrastradas. La linterna se le cayó al suelo y la oscuridad tiñó la galería. Los lamentos se intensificaron y un viento helado sopló a su vera. Este fue acompañado por un hedor insufrible y un río de suspiros aún más lastimeros.
Durante unos minutos, se acurrucó temblando en una esquina de la galería. De pronto, sintió un frío terrible y un viento huracanado empujó su linterna a varios metros. A tientas consiguió encontrarla y la encendió.
Siguió andando hasta desembocar en una sala inmensa, con frescos en las paredes y en el techo. Unas teas con brea iluminaban débilmente el recinto. En las tumbas egipcias el Kah del faraón debía regocijarse tras su muerte con las escenas que le hicieron gozar en vida, por eso las paredes estaban decoradas con imágenes de sus seres y objetos favoritos. En el caso de Usthiasuk, como este disfrutaba con el sufrimiento de sus alumnos, los frescos relataban escenas del Libro de torturas del faraón.
Magoo pegó la cara al muro y, con la ayuda de la linterna, distinguió los que decoraban la tumba de Usthiasuk. Varios niños con cadenas, a los que se les habían arrancado los ojos, daban vueltas a una rueda en cuyos radios se leía: Matemáticas, Lengua, Física... El molino arrastraba unos voluminosos libros de estas materias. Debajo se leía el siguiente lema sanguinolento: la letra con sangre entra. Algunos muchachos estaban tullidos de tanto hacer deberes. A uno le faltaba una pierna; a otro, un brazo; del muñón de una de estas criaturas pendía una condena inapelable: cincuenta horas de deberes forzados; del que le faltaba un brazo, otra aún más terrible: 200 horas de estudios forzosos.
En otra imagen, dos gigantescas columnas de libros muy gruesos sostenían un templo del aburrimiento. Un alumno –al que le habían cortado sus bucles dorados por considerarlo una nenaza y un zoquete– estaba atado a estos pilares y, como recochineo, le obligaban a leer los libros que sostenían el edificio –clásicos de la literatura universal, enciclopedias de saber anticuado y nada lúdico–. El resto de la clase –veinte empollones insolidarios– se burlaba de él ante la mirada del maestro que les animaba a ensañarse con el desgraciado. En la siguiente escena, el muchacho –que era bastante corpulento– empujaba las columnas y este templo maldito se derrumbaba ante el pánico de los niños repelentes que veían cómo sus  falsos ídolos se hundían en la catástrofe.  Algunos frescos habían sido borrados, aunque todavía se distinguían si forzabas la vista. Con toda idea, los saboteadores habían dibujado uno de estos enfrente de los jóvenes de la rueda. Estos, a los que les sangraban los ojos de tanto estudiar, no podían contemplar el porvenir radiante de las asignaturas lúdicas del paraíso educativo. Todo ello se reflejaba en un fresco desvaído que había sido borrado varias veces por los esbirros del tirano en el que aparecían un bosque de cocoteros y una laguna –premonición de lago de Oxfordbridge– en el que los niños aprendían por generación espontánea. Estos frescos señalaban la revuelta que ya se estaba forjando en aquellos tiempos oscuros y que algunos piscopeda- gogos desde sus catacumbas se atrevían a desarrollar a espaldas del tirano. Junto a estas imágenes, algunos dibujos de la nueva ciencia piscopedagógica: un besugo que simbolizaba la Piscis Sophia. Todo ello prefiguraba el panfleto piscopedagógico que acabaría con el nepotismo de Usthiasuk.
Los revolucionarios le mesaban las barbas al propio tirano. Sin duda, alguien conspiraba desde de la camarilla del faraón para conseguir un orden nuevo. Esta tumba, más que un homenaje, era una cárcel para mantener enterrada a la bestia durante toda la eternidad.
A escasos metros de este fresco subversivo habían sobrevivido unas pinturas del primer mártir de la revolución zooeducativa. El padre Adán, creador mítico de las aulas naturales, era recostado en el famoso Lecho de Procusto y le cortaban los brazos y los pies para ajustarlo a la cuadriculada mentalidad de Usthiasuk. En la siguiente imagen, Adán –mucho más bajo– abandonaba su aspecto semisalvaje, era afeitado, le recortaban el pelo y su vestimenta descuidada era sustituida por un traje de chaqueta, pajarita, pelo con raya en medio y una gafitas innecesarias para quien había sido educado por la madre naturaleza.
De pronto un destello de luz deslumbró al profesor Magoo y le atravesó las gafas, proporcionándole bienestar. Una voz subyugadora le cautivó:  Muestra la luz. Muéstranos la luz que llevas en tu interior.
Reconoció esa voz y sus ojos se fijaron en la figura en medio de la sala. Era el doctor Tuhmahul, quien le hablaba sonriente, mientras el zafiro del turbante alumbraba el recinto con un brillo sobrenatural.
–Maestro, ¿cómo puede alguien que vive en la oscuridad iluminar las tinieblas?
–Déjame tus gafas.
El doctor se había traído de la consulta la urna con gafas de culo de vaso. Decenas de anteojos rodaban por el suelo, en tanto el galeno realizaba una curiosa ceremonia. Un rayo cenital –que atravesaba las gruesas paredes del techo– iluminaba un sello, en el que se distinguía el rostro de Usthiasuk, enmarcado en medio de dos hexágonos superpuestos. Se trataba nada menos que del sello del faraón. El doctor  cogía las gafas y las utilizaba como lupa para lanzar sobre él un rayo de luz. Impaciente por los resultados, aplastaba la ofrenda que cientos de cegatos  le habían donado durante años, destrozando monturas y cristales que se desparramaban caóticos por el suelo.
Una vez desechó el último par de gafas, dijo para sí: ellos no tenían fe; cogió los anteojos del profesor Magoo –muchos más gruesos que los anteriores– y enfocó con sus cristales el rayo de luz hacia el sello de la cámara real. Este comenzó a echar humo y, tras un trueno espantoso, unas puertas invisibles se abrieron en el muro dando paso a la tumba de Usthiasuk.
Un sepulcro se erguía en el centro de la cámara real. Un rayo de luz iluminó el catafalco y Magoo vio al faraón en todo su horror. Su cuerpo estaba incorrupto, como si estuviera durmiendo y no sufriera, como se merecía, el infierno de los injustos. Contempló su mandíbula apretada que enseñaba unos caninos puntiagudos y sanguinolentos. Su nariz ancha, minúscula y plana. Sus ojos pequeños y acerados, que parecían seguir al espectador conforme este se movía.  En vida del viejo director se decía que a su ojo perspicaz no se le escapaba nada ni nadie: era el órgano justiciero que escudriñaba las almas desprevenidas y auscultaba el latido de las paredes conspiradoras, el instrumento de la justicia divina sobre la tierra. Las manos, cruzadas sobre el pecho, con sendos artilugios de tortura: en la siniestra, una vara (¿símbolo de Horus?); en la diestra, una regla de roble macizo. Las venas azuladas se perfilaban en unas manos robustas, dominadas por una continua tensión, como si aún estuvieran pletóricas de vida, impacientes por impartir justicia. Una de ellas, la callosa, era mucho más grande que la otra, y conservaba restos de sangre de doscientos años atrás, pus y granitos chafados de los alumnos. Su cabeza reposaba sobre un libro con un armazón de hierro forjado que se cerraba a cal y canto: El Libro de las torturas del faraón. En él Usthiasuk anotaba el tormento reservado para cada de sus alumnos y profesores díscolos. El contenido de ese libro es tan horroroso que no nos sentimos autorizados a divulgarlo, porque pueden herir la sensibilidad del lector, aunque se rumorea que los suplicios están inspirados en El Código de Hammurabi y La Divina Comedia. La decoración del basamento reforzaba ese sentimiento de pánico. En sus bajorrelieves se perfilaban varios canes, chacales y cinocéfalos con gesto amenazante y destacaban los bustos de los principales perros guardianes de Usthiasuk: Tobías Mazas, alias Cao, y Guanche Díaz, alias Destructor, dos profesores con hechura de bulldogs que eran su mano derecha a la hora de “imponer ley y orden” entre los estudiantes con la contundencia de sus puños.
El doctor Maravillas sacó un libro de Gloria Cárdenas. Con una carcajada espantosa le prendió fuego y exclamó:
–Tarugh ugh Tarugh Memosh.
El sepulcro retumbó, como si Ushtiasuk se revolviera en su tumba. El doctor volvió a recitar el mantra:
–Tarugh ugh Tarugh Memosh.
Luego cogió un cráneo de escayola con la misma inscripción –Tarugh ugh Tarugh Memosch–  y lo metió en un hueco de la pared.
En la cripta de Usthiasuk, una vez al día, un rayo de luz se filtra por las paredes, ilumina al faraón y este se reaviva por unos momentos tras escuchar el conjuro secreto: su rostro se enciende, sus ojos brillan y su cuerpo se pone en danza, o al menos eso dicen cuentos de viejas. Muchos testigos aseguran que no murió y que se aparece por las noches a los alumnos y orientadores desprevenidos.
¿Es un espejismo o al profesor Magoo le parece ver cómo el faraón se despierta de su tumba y le observa con su mirada letal?


miércoles, 25 de mayo de 2016

Oxfordbrigde. El teatro de las maravillas 3.


3.     El doctor Tuhmahul.  
 
El Doctor Tuhmahul era un oculista de prestigio que no operaba sino que obraba milagros, por eso lo llamaban el Doctor Maravillas. Algunos sospechaban que ese toque mágico era un don heredado de una vida anterior. Un pequeño anticipo de esos portentos lo disfrutabas al admirar la placa gigantesca con su nombre, que destellaba unos rayos prodigiosos. Con sus letras arabescas cinceladas en bronce, deslumbraba a todos los que la distinguían a distancia. Más de uno se había sentido atraído hasta su clínica por su brillo y su glamour. Pero, amigos míos, con esta primicia las sorpresas no acababan más que despuntar. A la entrada de la consulta te salía al paso una urna repleta de gafas con cristales culo de vaso, auténticas máquinas de tortura para los hombres topo. Debajo de la urna un letrero desvelaba el enigma, toda una oda a su libertador: Ofrenda en agradecimiento al doctor Tuhmahul. La sala de espera estaba empapelada de retratos del mago irradiando carisma junto a celebridades: científicos de prestigio, los presidentes de círculos y sociedades científicas de todo el mundo, la National Geographic, la Smithonian, Royal Society, el Presidente de Union Pacific, los directivos del Monte Sinaí… Una  foto con profesores de Harvard, donde dio una conferencia sobre sus técnicas revolucionarias, aunque solo unos pocos con muchas luces vislumbraron en qué consistían. A nadie le extrañó, porque sus colegas y admiradores estaban acostumbrados a sus flores raras. (Era un misterio que no quería revelar. Una fórmula mágica. ¿Desde cuándo los alquimistas desvelan sus secretos? El mismo Presidente de los Estados Unidos, el mago de los magos, había estado a punto de ponerse en sus manos). Malas lenguas decían que el genial cirujano no operaba, sino un subalterno gris pero muy curtido. Nuestro galeno nos prevenía contra estos diablos rateros que te roban el alma, mientras te desgranan un chisme calentito o te hacen reír a destiempo con una broma diabólica. Sin embargo, todos esos rumores se convertían en humo en cuanto conocías al doctor en persona.

Nuestro  personaje parecía sacado de Las Mil y una noches: llevaba un turbante y, entre sus pliegues, un zafiro de veinte quilates. Con todo, lo que más atraía a sus pacientes no era tanto la joya como la fuerza hipnótica de su mirada y esa sonrisa que te hacía creer que Dios existe.

En las paredes de su consulta asomaban las raíces de su erudición: titulaciones con caracteres indescifrables, en cuyo fondo sobresalían grabados alegóricos –elefantes, cocodrilos, águilas, linces–, alusivos a los títulos reseñados, cuyo colorido no desentonaba con el papel pintado de la pared. Había aprendido tanto en un tiempo récord, gracias a libros tan prometedores como Diez preguntas para no volver a hacer preguntas (en el que estaban resueltos en unas páginas todos los arcanos del universo), y a otras luminarias no menos esclarecedoras. Nuestro  médico, amén de decenas de carreras, dominaba más de sesenta idiomas, raros, rarísimos, con los que deslumbraba a todo bicho viviente y espantaba a algunos espectros antiguos. Una de estas hazañas le había reportado fama mundial. Era uno de los pocos mortales que hablaba la lengua Bonduñón, con el doble bonus de que las había asimilado en muy poco tiempo, lo que el erudito Kamelinsky calificó entusiasmado de Aprendizaje Relámpago  (Blitzlerhe). Gracias a su supermemoria, había podido retener en apenas una hora el listín telefónico y la retahíla impronunciable de los reyes Zonzos. En una de las baldas de la consulta asomaban un par de libros que nos proporcionarían una pista.


Mas, ¡ay! El doctor no revelaría el verdadero secreto que le permitió  aprender la lengua Piñón sin esfuerzo, y el Bonduñón en un tiempo exprés. Sin ellas no se habría entendido en un país en el que no hablaban ningún idioma cristiano. Baste decir que nuestro héroe era un hombre de recursos.

Sea como fuere, nunca sabremos si estos libros fueron fantasmas o seres de papel y cartón, porque nuestro astutogaleno se dio cuenta de que el profesor Magoo estaba aireando su secreto y ocultó ambos libros. Cuando este volvió a posar sus ojos en el mismo lugar, estos habían sido sustituidos por dos tomos muy sesudos y ortodoxos: El Libro secreto de los códigos criptomistéricos.

Como era habitual, nuestro ilustre personaje había recibido a su paciente  envuelto en una atmósfera de misterio. Lo miraba a través de una bombonera, formada por varios diamantes engarzados entre sí. Sus ojos (los infinitos ojos de Argos), y las aristas de su retrato se cuarteaban en poliedros, matizados por el tono amarillo de los bombones. El escenario se esfumaba por este artefacto escénico. La pieza   adelgazaba y adelgazaba hasta volverse invisible y los perros guardianes, reclutas  de un ejército amorfo, sesteaban en una dimensión desconocida. El galeno estaba callado y meditabundo. De este silencio brotaría un torrente de palabras. El mago le hablaría de los escogidos y de las señales. Era la misma melodía de don Pancho, el guerrero visionario, con modulaciones más seductoras, las de un hombre de mundo.

– Le felicito por el descubrimiento de la tumba. El muchacho cumplió su misión. ¿Cómo lo escogió?– preguntó el doctor intrigado.

Una música relajante fluyó como melodía de fondo. La voz del doctor, la música, los grabados exóticos, las sombras danzarinas en la pared, todo ello contribuía a un aire de leyenda, todo eso y dos dogos pretorianos con collares de rubíes a los que acariciaba mientras atendía a su visita.

– Fue a través de una señal. ¿No se acuerda de lo que me dijo el otro día? le respondió el profesor Magoo . “El universo está lleno de señales. Un bocinazo  que no viene a cuento. Un ladrido sin ningún motivo. Un jarrón odioso, caído al suelo, sin que ningún espíritu lo empujara al vacío. Todo eso son signos que nos confirman entre los elegidos; todo eso, claro, y una cuenta solvente de varios millones de borgias.” 

Al salir un día de la consulta, continuó Magoo, vio señales por todas partes, coreadas por miles de ojos y bocas, ecos de una luz polarizada en innumerables figuras cósmicas. Aquella mañana se había hecho añicos una tetera muy enojosa; unas horas más tarde, al aparcar medio alelado, le había pitado un coche. O nuestro Magoo estaba entre los elegidos o el doctor hablaba como los ángeles.

Cuando bajó a la calle se topó con Alí Babá, un bazar que vendía magia a un precio de fábula: Lo más caro no sobrepasaba los diez borgias. Magoo se disponía a comprar una tetera, algo resultón que cubriera un hueco del aparador. El local estaba atestado de baratijas con oropeles varios, en el que se vendían titulaciones con bonitos grabados, como las que había visto en la consulta. Lo que escarbó un primer desasosiego. Los diplomas del doctor, ¿se habían desplazado hasta allí como si tuvieran patas? ¿Hasta estos dominios se alargaba la sombra del doctor Maravillas? Porque, además de los títulos, el bazar compartía algunos objetos glamorosos con el mago: un diván tapizado con motivos orientales,  un par de elefantes blancos que adornaban una de las interminables salas de espera –en las que los hombres topo se apretaban con calzador–, unas cortinas con unas bailarinas semidesnudas y una alfombra turca con motivos geométricos, gemela de la del oculista, que había despertado los elogios de una señora muy entendida.

Y entonces, entre tantos objetos familiares, la distinguió. Allí estaba en una de las baldas.  ¡Una bombonera igualita a la del doctor! ¡Imposible! ¡Si aquella era de Chartier!  Esta bombonera era una señal; pero, ¿qué significaba?

No tardó en obtener respuesta. A través de sus cristales vio la figura deformada de un chico moreno con un tupé rubio. Estaba robando un amuleto. Tras este hurto se disponía a salir, cuando el profesor Magoo se interpuso en su camino.

¿No estuviste ayer en mi recital poético?

En efecto, Saúl, porque de él se trataba, participaba en las actividades náutico es- colares como uno de los cabecillas. Ahora Magoo lo había pillado en una situación apurada y, a cambio de su silencio, le pagaba su latrocinio y le proponía un trato. Le ofreció la aventura de desenterrar la tumba de Usthiasuk. Con ello, Saúl obtendría la gloria y dinero. Pero la gente es muy descreída, así que debía llevar hasta allí a unos testigos de su hallazgo arqueológico. De esta manera, añadiría un plus a su liderazgo entre sus compañeros.

El descubrimiento había puesto en entredicho Oxforbridge, suscitando la curiosidad por los mundos antiguos. Cientos de padres, alumnos y profesores admiraban los jeroglíficos de las catacumbas y sentían nostalgia por el orden y la pulcritud de las aulas de antaño; pero eso no bastaba. Por eso el doctor había convocado a su discípulo, el profesor Magoo.

–Saúl hizo un buen trabajo –dijo Tuhmahul–. No obstante, con una última maniobra obtendremos la victoria definitiva. Circula una leyenda en torno a Usthiasuk. Se rumorea que, cuando este murió en la revolución educativa, anunció que despertaría de su tumba para destruir Oxforbridge. Pues bien, yo he dado con un conjuro para resucitar a la momia.

Cuando el doctor hablaba, Magoo no le quitaba ojo. Se decía que hipnotizaba con el zafiro del turbante. Este comenzó a emitir destellos, en tanto el mago, con un ejemplar de El sello de Anubis en la mano, ensayaba unos grimorios. El profesor no tardó en caer en trance y unas palabras se fijaron en su cerebro: “caudales de sabiduría”.



martes, 17 de mayo de 2016

Oxfordbrigde. El teatro de las maravillas 2.


2. Un descubrimiento arqueológico.

Sin embargo, un obstáculo se iba a interponer en los planes de Gloria Cárdenas. Recordarán que en el origen de Oxforbridge la lluvia actuó como maná caído del cielo. Pues bien, esto no bastó. Se necesitó un terremoto que agrietara el terreno y ensanchase el socavón  para que este abrazara las aguas del lago. No obstante, si el destino abre una puerta, destapa a veces la caja de Pandora. En el suelo del antiguo gimnasio, el temblor produjo una brecha, en cuyo fondo se adivinaba un mundo en tinieblas.
 Al comienzo de esta historia, tres alumnos de doce años estaban contemplando la grieta sin saber qué hacer. Uno de ellos era grasiento y cachazudo, y por su debilidad por el tocino lo llamaban Lechoncillo; el otro, Saúl, era delgado y nervioso, moreno con un tupé rubio en la frente y su viveza se transmitía a todo su cuerpo y a su pronta sonrisa; el último respondía al nombre de Jorge.
Cuando tras muchas vacilaciones se disponían a entrar, una ráfaga les cruzó el rostro y les caló hasta los huesos. Las velas parpadearon moribundas.
En la puerta del gimnasio, una mujer espectral. No la habían oído llegar. Nunca la habían visto. Esta se santiguó asustada y les advirtió del peligro: “Aquí pasan cosas terribles”. “¿Qué cosas”, replicó uno de los chicos. La estantigua calló unos segundos y añadió titubeante y lívida: “Fantasmas.” Y les contó en susurros que algunas noches el espíritu de Usthiasuk despertaba del sueño de la muerte para asustar a los alumnos desprevenidos. Ella los veía luego con el gesto descompuesto.  Uno de los niños preguntó quién era Usthiasuk. Ella no contestó y huyó despavorida. Eso bastó para picarles la curiosidad y estos se introdujeron por la grieta. Nada más descolgarse, un aire fétido les acarició. Acto seguido se internaron por un pasadizo y, a la pálida luz de las velas, se toparon con basura y ratas. Tras media hora de camino estaban a punto de abandonar, cuando una brizna de aire apagó los pabilos y escucharon un “¡Ay!” Con el brazo tembloroso, Jorge encendió su vela y a trompicones las de los otros. Lechoncillo se había dado un golpe con algo duro. Jorge dijo: “Se ha dado con una piedra”. Saúl no contestó y sacó varios productos de la mochila. Limpió primero la piedra con un trapo y luego la frotó con el limpia bronces Bruño. De pronto surgió un rostro despiadado en un bajorrelieve. Saúl invirtió unos diez minutos en limpiar la placa y leyeron debajo del busto: Escuela Superior Usthiasuk.  Saúl, con una sonrisa, les dijo: “¿Qué os había dicho?” Con una navaja hurgó en la pared y una puerta se perfiló. Iban a derribarla, mas no fue necesario: se caía a pedazos. Al romperla accedieron a un aula prehistórica. Las maravillas que vieron les dejaron sin habla. El profesor estaba momificado y alrededor de su cadáver habían crecido enredaderas y telarañas. Los esqueletos de los estudiantes aún permanecían en los pupitres. Todo apuntaba a que les pilló la catástrofe mientras estaban dando clase y a que no se movieron de su sitio, porque no había sonado la campana. El aula se encontraba, a pesar de la tragedia, en muy buen estado –los pupitres estaban impecables, las paredes y el suelo limpios de papeles, plásticos, bocadillos, pipas, chicles y basura– y el esqueleto de un niño aún sostenía una tiza que apoyaba en la pizarra. Todavía se podía ver el galimatías que estaba resolviendo cuando les sorprendió  el desastre. Los corchos estaban llenos de jeroglíficos. Por aquella época el director Usthiasuk, un ucraniano de rostro anguloso y cadavérico que parecía la viva imagen de Jack Palance, era el terror de los estudiantes. Durante muchos años se rumoreó que su fantasma se aparecía a los alumnos díscolos para darles algún que otro sustito. 

¡Qué lejos estaban de imaginar que este hallazgo arqueológico destruiría el modelo de concordia creado por Benigno Luminoso y Gloria Cárdenas! La directiva del Centro intentó echar tierra al asunto. Mas fue imposible silenciar que debajo de este modernísimo centro yacían las ruinas del viejo instituto; era un hecho que lo habían construido sobre los restos del viejo. La situación se agravó cuando, unos días después, los jóvenes arqueólogos hallaron el cadáver momificado de Usthiasuk y el terror se apoderó de orientadores y estudiantes. ¿Volvería la época oscura en que reinó este personaje retrogrado y nada dialogante? ¿Retornarían los tiempos crueles del faraón –era el mote de Usthiasuk– con sus profesores patibularios que lo secundaban repartiendo tortazos a diestro y siniestro entre el personal? El descubrimiento de la momia creó un conflicto: la fascinación por los mundos antiguos imbuyó en profesores y alumnos ideas retrógradas, nostalgia de un pasado caduco, y algunos reaccionarios plantearon que se reabrieran los zoológicos y que volvieran a encerrar en ellos a los orangutanes, simios, tigres, alacranes, escorpiones y serpientes del pueblo del Señor. Algunos profesores cavernícolas, en el colmo del desconcierto, llegaron más lejos: propusieron dinamitar ese templo del saber que era el Colegio de Piscopedagogía. Templo que escondía los arcanos de una ciencia piscatoria y anagógica solo para iniciados. Si este desapareciera y toda su imponderable sabiduría se perdiera, tipos como el tétrico director Usthiasuk  volverían. La enseñanza dejaría de ser científica para retornar a los tiempos medievales. Educar sin una base científica y sin fantasía es letra muerta. Lo que supondría el triunfo del tedio y de una enseñanza unidireccional,  sin diálogo ni enriquecimiento mutuo. Y lo que buscábamos era un aprendizaje, cuyo protagonista fuera el ser humano y no las vitrinas de los museos con sus animales, objetos y conceptos muertos.
Por desgracia, el tiempo vino a confirmar los temores. No tardó en extenderse la leyenda de la momia. Los jóvenes arqueólogos fueron los primeros en sucumbir a su maleficio. Jorge se resbaló cuando bordeaba el lago y se ahogó; Lechoncillo se  atragantó con unas longanizas: en su delirio las confundió con dos dedos putrefactos que se le colaron en el gaznate provocándole la asfixia.
Lo más grave era que esta superchería amenazaba un proyecto educativo aún más revolucionario para Oxforbridge: la integración en un mismo espacio multidisciplinar del zoo, el instituto, el centro bacteriológico, el jardín botánico, el psiquiátrico y la escuela de tiro. ¿Les sorprende? Cómo se nota que no están al tanto de los avances científicos. En el centro bacteriológico, incorporado al zooinstituto, los jóvenes desarrollarían de forma natural la inmunidad contra los gérmenes y no a través de fármacos que destruían sus defensas y contaminaban el ambiente. El jardín botánico había crecido espontáneo desde que los alumnos, inspirados por las nuevas teorías, se habían vuelto más creativos acumulando en el suelo un humus natural, fermento idóneo para la generación de las plantas. Por lo que respecta al psiquiátrico, no olvidemos que, gracias a esta nueva pedagogía, los enfermos fueron considerados simples inadaptados a la sociedad reaccionaria que podían estudiar en cualquier centro educativo. De hecho, se les aceptó con entusiasmo; prueba de ello es que los alumnos comentaron al conocerlos: ¡qué tipos tan divertidos! ¿Y qué decir de la escuela de tiro? Muchos jóvenes corearon eufóricos: ¡Qué emocionante! ¡Por fin, algo realmente útil para la vida!
Un reportero, conocido libelista, aseguró que no había vuelta atrás en la Nueva Política de Integración Educativa, porque habían cerrado el zoo, el centro bacteriológico y el manicomio, y en su lugar habían construido unos complejos residenciales. ¡Qué poca vergüenza! ¡Qué falta de ética profesional! Por fortuna, los canallas no siempre quedan impunes. Las autoridades se indignaron y este dimitió tras desmentir el bulo. Fue un momento de crispación felizmente superado.
A pesar de esto, nos corroía la duda de si este Nuevo Proyecto Educativo, llegaría a vencer los obstáculos del Reino de las Tinieblas. Para acabar con la maldición de la momia, primero había que desenmascarar a Usthiasuk. Uno de los mayores atractivos de la tumba eran los jeroglíficos de las pizarras y las paredes de las aulas aledañas. Se habló del Lenguaje secreto del faraón y ello le confirió un aura de misterio. Cientos de alumnos y algunos orientadores despistados desfilaban a diario para contemplar esos signos enigmáticos. En tal emergencia, no se reparó en gastos para que especialistas en cultos mistéricos desentrañaran su significado  oculto. Tras examinar los jeroglíficos, el doctor Kamelinsky, autor de El Libro secreto de los códigos criptomistéricos, dio en la diana al señalar que: “Todo significado remite al referente. Ahora bien, si tenemos en cuenta la relatividad singular, no hay dos espectadores que contemplen un significado desde el mismo ángulo. Se le puede contemplar desde arriba, desde abajo, desde detrás del concepto mismo o desde la ecuación espacio tiempo del contexto. No olvidemos tampoco el principio de incertidumbre. No hay dos conceptos que se estén quietos en un mismo sitio dentro del Milieu. Lo que nos conduce a las preguntas cruciales: ¿Cuál es el verdadero referente? ¿Tiene algún significado?” Por su parte, un tal Grillot, especialista en aportar un poco de luz a oscuros arcanos, apuntó en su obra Metaciencia y Pseudociencia: “El significado siempre está afuera, porque es lo que se piensa desde fuera. Y lo que piensa afuera es lo que es y no es pensado de la cosa en sí y fuera de sí...” No hay duda de que gracias a estos brillantes precursores, como los dos expertos, llegaron a descifrar los supuestos jeroglíficos, que se redujeron a minucias criptográficas: problemas de trigonometría y textos en latín, griego y hebreo. Bueno, tal vez fuera mejor dejar a un lado el lenguaje secreto de Usthiasuk. Se pensó que los alumnos habían sido víctimas de una mascarada. Esta tesis presentaba un inconveniente. Se trataría, sin duda, de una burla cruel, porque había dos muertos. Sí, estos hacían que la cripta inspirará respeto y que se la tomara muy en serio.
¿Quién había sembrado esta confusión? Para desvelarlo, viajaremos  unas semanas antes del hallazgo arqueológico. A la época en que unos conspiradores se reunieron en una consulta médica para destruir el espíritu de Oxforbridge.

jueves, 5 de mayo de 2016

Oxforbrigde. El teatro de las maravillas 1.


1. De cómo el Instituto San Antonio pasó a llamarse Oxforbridge.
Tras cruzar una puerta presidida por un retrato de San Antonio junto a un cerdo, un burro y una gallina, entramos en el instituto una mañana de primavera. Como aquel día radiante en que el pedagogo Benigno Luminoso tuvo aquella idea   revolucionaria, la naturaleza se nos insinuaba en cada esquina con un encanto irresistible. ¿Quién no haría locuras en un entorno así? Sí, en un día como este, Luminoso hizo algo que a las mentes convencionales les pareció una locura: abrió las jaulas del zoológico para que los escolares estudiaran con los animales. ¿Locura? No, un soplo del cielo que le daría la clave de la revolución educativa. “La naturaleza es sabia”, se dijo. Hay que reconocer que fue un descubrimiento genial. Este zooinstituto fue el primero que fundó. Desde entonces los niños han estudiado junto a gorilas, orangutanes, cacatúas, simios y demás criaturas del Señor. Algunos animales aprenden a leer y escribir antes que los niños. Y es que los jóvenes aprenden de los animales y estos se humanizan al entrar en contacto con los hombres.
Gracias al Departamento de Orientación, los docentes ya hace mucho que dejaron de ser transmisores de conocimientos muertos para convertirse en orientadores. Y, a decir verdad, que estos hacen mucha falta, porque es fácil desorientarse por un hábitat lleno de vida como es el zooinstituto. Se necesita ser un orientador experimentado para no perderse por este maravilloso hábitat natural. Lejos están aquellos tiempos oscuros en que los alumnos se sentían constreñidos  por un espacio uniforme y rígido; en nuestros días moldean a su gusto el nuevo entorno interactivo: si una pared no les gusta, la derrumban; si se sienten acuciados por una urgencia natural, crean sus propios espacios alternativos que no reprimen sus impulsos espontáneos (por eso los servicios, los antiguos W.C, han quedado obsoletos: se han abandonado sus cometidos tradicionales y se decoran con plantas, jaulas, etc.) El único reparo es que tanta creatividad ha convertido el instituto en un laberinto. Muchos pasillos están a oscuras. De vez en cuando se adivinan unos  alumnos –un grupo entrañable y perfectamente integrado de muchachos y simios –que emiten gruñidos y se reúne en torno a una fogata. Un primate enseña a un torpe cachorro humano a encender el fuego. El suelo está entreverado de raíces de plantas tropicales, insectos, víboras y todo tipo de alimañas. Del techo cuelgan botellas con luciérnagas que iluminan los pasillos de forma natural y no contaminan el medievo ambiente; aunque a veces esta luz deja mucho que desear. En algunos tramos del techo, sin ir más lejos, anidan murciélagos a la caza de la criatura desprevenida. Además, desde que el tuyo y el mío reaccionarios fueron abolidos, de las taquillas se cuelgan los orangutanes y en ellas hacen su ovada algunos animales conflictivos, como serpientes y alacranes. Por los pasillos nos cruzamos con ejemplares de profesor integrado –perdón, de orientador–, aquellos que van vestidos con traje de camuflaje. Algunos de ellos han adquirido tal habilidad en este arte que, cuando entran en el aula, algunos alumnos comentan: “¿Quién es este tipo que se ha colado en la clase?” Eso nos da una idea de hasta qué punto se ha sabido integrar en el hábitat... Bueno, ya era hora, tras sortear varios obstáculos, hemos  alcanzado nuestro destino: la puerta del aula. No empujen, por favor, ya sé que están impacientes por conocer la rica biodiversidad educativa. ¿Qué son esos sonidos guturales que se escuchan dentro? ¿Están haciendo una demostración de destrezas y habilidades? Uno de los lemas de Luminoso era: conocimientos para la vida. Gracias a sus aportaciones, las habilidades específicas reemplazaron a los conocimientos generales. Por ejemplo, es obvio que encender fuego o tallar una piedra son más útiles para la vida que las propiedades del hidrógeno o las leyes de termodinámica, meras abstracciones que no sirven para nada. Pero los modernos logros han superado sus sueños más optimistas. Si hoy levantara la cabeza, se sentiría orgulloso de los avances educativos... Eso nos trae sin cuidado, me recriminarán, te estás yendo por las ramas, ¡nos quieres decir qué diablos se escucha dentro del aula! No insistan, se lo desvelaré. Nada menos que la asignatura estrella: Gritos, gruñidos y sonidos de la selva. Lamento decir que los animales aventajan a los cachorros humanos en esta materia. Esta asignatura llena de vida entusiasma a los estudiantes y no las aburridas materias tradicionales. El estudio de las lenguas ha sido sustituido por el de los sonidos de la selva. Esto resulta más práctico, porque el lenguaje onomatopéyico es el verdadero esperanto de la humanidad; además presenta la ventaja de que puede unir a animales y hombres. En el paraíso se entendían animales y hombres. Al compartir una lengua común, se asemejan las personas a Dios. Pero, ¡ay! Somos limitados seres humanos y siento decir que  pocos profesores están preparados para esta labor multidisciplinar y multicultural. Estos, por desgracia, conservan prejuicios de la vieja escuela y están muy desorientados. Por suerte, esto será subsanado en el futuro por orientadores orangutanes que les enseñarán a los alumnos destrezas específicas y no conocimientos abstractos que nada tienen que ver con la vida diaria. Y es que, en las clases, los jóvenes humanos se quedan deslumbrados por la energía del macho alfa orangután: su forma expeditiva de ligar con las chicas; su eficacia en la resolución de conflictos y su gran pericia para zanjar el diálogo con monosílabos, una o dos miraditas hoscas y algún que otro sopapo cariñoso. No es de extrañar, pues, que ante semejante paraíso educativo el centro se haya convertido en un espacio lúdico donde los alumnos deseen permanecer las veinticuatro horas del día, trescientos sesenta y cinco días al año, con gran pesar por parte de los padres.
El corazón del zooinstituto, como decíamos, es el Departamento de Orientación. Si nos dirigimos a su puerta, lo primero que veremos es un lema, una sutil paradoja que deslumbra a docentes y foráneos: Lejos del aula, cerca del alumno. Ya lo dijo Benigno Luminoso: un exceso de realidad puede ser pernicioso para la salud. En el departamento se desarrolla a diario un frenético trajín, los pedagogos no paran de moverse de un lado a otro, haciendo fotocopias y emborronando gruesas agendas, donde plasman sus hallazgos. Prueba de ese dinamismo son unos voluminosos libros, auténtico vademécum de la erudición pedagógica, que se esconden bajo siglas indescifrables que aglutinan el porvenir de los alumnos: P.G.C., P.O.D. y G.A.C. Su espíritu laborioso no decae en estos tiempos. Día y noche trabajan para forjar un futuro radiante para nuestros hijos. Cuando entramos dentro, la jefa del Departamento, Gloria Cárdenas, está escribiendo una circular sobre los Derechos y deberes de los animales multicelulares. Luego tacha lo escrito, se lo piensa mejor y añade: Derechos y deberes de los seres multicelulares, porque las plantas son seres vivos. Pero tampoco está satisfecha y rectifica: Derechos y deberes de los seres uni y multicelulares. “Sí –se dice–. Así  está bien.” El texto comienza así: “Queridos seres uni y multicelulares. Me es grato comunicaros que gozáis de unos derechos. Os escribo para informaros de cada uno de ellos.” 
Tras despachar esta tarea, la pedagoga Cárdenas está agotada por el esfuerzo y tiene el cabello un poco alborotado. Este es un florero de topos y moños que se entrelazan con armonía. Se saca una horquilla y, mirándose al espejo, coloca varios postizos en su sitio. Respira hondo por el ajetreo. Se ha puesto de mal humor. Antes, con aquellas  greñas, se había mirado al espejo y por un momento le había parecido ver a Semíramis, la pitonisa. Ha intentado distanciarse de esa tipeja, pero la gente es mala y asegura que se parecen mucho. Ambas son rubias oxigenadas y  casi gemelas; solo que la pedagoga tiene clase y lleva el pelo recogido, en tanto la pitonisa Semíramis luce unas guedejas leoninas que enmarcan unos ojos muy tiznados. La pedagoga va vestida con trajes de chaqueta Chretien Thior, mientras que esa suele ponerse vestidos estrafalarios con dorados y calza unas babuchas con borlas amarillas. ¡Dios, qué cruz! La gente se pasa la vida comparándola con esa embaucadora. Circula incluso una broma en la que ella y Semíramis son hijas del mago Alcadín. Lo más desagradable es que en el chascarrillo ella sale muy mal parada, pues se asegura que es hija ilegítima del mago. ¡Ella, que creció en una de las mejores familias de la capital! ¡Ella, que se educó en internados selectos y estudió en la exclusiva universidad de San Berdolfino! ¡Hasta ahí podríamos llegar!
“¡Bueno, es tan evidente que esa impresentable y yo no tenemos nada en común, que no tengo por qué sulfurarme!”. Durante media hora rellena documentos en los que nos ha parecido distinguir palabras deslumbrantes como Criterios de Superexcelencia, Calidad Superior Educativa, Biodiversidad Educativa, Currículum  Ludicoeducativo, Reciclaje Psíquicomental (que precede al Reciclaje Psicolaboral, versión científica de mito de Proteo). Este trabajo le devuelve el buen humor y es el momento para su proyecto más ambicioso, un asunto bastante peliagudo: cambiar el nombre del instituto por Oxforbridge.
El actual no tiene nada de malo, mas corren nuevos tiempos y hay que saber venderse. Una buena marca es fundamental. Supone financiación, mejora de instalaciones y una avalancha de dinero.
No nos engañemos, San Antonio suena pobretón. Nadie querría gastarse dinero en un centro que se llamara así.  Oxforbridge tiene gancho y venderá más entre los padres y alumnos. Supondrá un revulsivo en los criterios de excelencia tradicionales. Es una provocación por parte de la pedagoga un bautismo que se asocia  con la enseñanza clasista y reaccionaria. Pero de eso se trata precisamente, de dar una patada en las posaderas a esos engreídos aristócratas. Nosotros les demostraremos lo que es la genuina superexcelencia educativa. Sería conveniente, por si las moscas, contratar a un cursi como tapadera. No daría clases, sería solo un reclamo, una especie de relaciones públicas.
Este nombre, Oxforbridge, se lo ha inspirado los paseos poéticos en barca por el lago con el señor Moldes, más conocido como el señor Magoo. El profesor les leía poesías a los alumnos, cuando estos paseaban en barca. Pero, para que lo entiendan bien, hemos de comenzar por el principio.
En el patio del zooinstituto hay un “lago” repleto de desperdicios que conecta  con la fosa séptica. Algunos científicos aventuran que en las profundidades del primero habitan especies animales aún por descubrir. En principio era solo un gran socavón que el ayuntamiento excavó para echar los cimientos de un nuevo edificio, un búnker de gran hondura. Y aquí interviene el azar, aunque algunos dicen que una mano providencial lo coordinó todo. Si no se lo creen,  echen una ojeada a los hechos: primero unos alumnos destrozaron la fosa séptica y varias cañerías del centro; unos días más tarde, un seísmo ahondó la fosa hasta profundidades abismales y, por último, unas lluvias torrenciales de agua, peces, ranas, cangrejos, anguilas, renacuajos, caracoles, lombrices y larvas de mosca cayeron milagrosamente de las nubes; todo esto se aunó para crear una maravilla hidráulica y genética. Los animales que portaba la lluvia, al contactar con las aguas residuales, se convirtieron en especies mutantes. Por si esto no bastara, algunos alumnos echaron a sus mascotas de cocodrilo y serpientes al fondo, por lo que hoy en día disfrutamos de su compañía. Las autoridades municipales, tras este don del cielo, decidieron aprovechar el nuevo hábitat natural y renunciaron a construir el búnquer.
Esto, me dirán, nos explica la formación del lago, pero no los paseos poéticos en barca. Tengan un poco de paciencia,  hay todavía un largo camino por recorrer. No fue una tarea fácil que estos fueran un éxito. Mucho antes de que esta joya de la naturaleza naciera por arte de birlibirloque, los orientadores llevaban tiempo intentando romper el entorno asfixiante de los institutos conservadores; este fue el origen de las Aulas Naturales. El proyecto era un golpe maestro a la escuela conservadora, en el que se invirtieron muchas investigaciones y tesis doctorales: se pretendía que los profesores impartieran sus clases no en las aulas ordinarias, sino en ambientes menos hostiles, más naturales y lúdicos, como las copas de los árboles –el subir a un árbol ya es un sabio aprendizaje– o en los cocoteros y plataneros. De pronto, en el momento álgido de la polémica pedagógica, surge el lago y una nueva Aula Natural se nos ofrece como una oportunidad de oro. Me gustaría decir que los alumnos aprovecharon este prodigio, pero no sería justa mi afirmación. Al principio no tuvo mucho éxito. Los alumnos paseaban en barca, mientras el profesor les desgranaba migajas de su sabiduría. Ellos no sabían apreciar esos vastos conocimientos; se tapaban la nariz y decían que tenían miedo a hundirse en sus profundidades asquerosas y malolientes. Ya se habían ahogado varios alumnos en estas aguas putrefactas y nadie los había visto nunca aflorar a la superficie. Por ello, los paseos en barca se fueron espaciando cada vez más. Entonces, cuando ya lo dábamos todo por perdido, apareció el señor Moldes, más conocido como el señor Magoo. Nadie sabía de dónde salió, nadie preguntó. Cuando un tipo se mete voluntariamente en un aula a dar clases, no le hacemos preguntas, siempre es bien recibido. Ya he dicho que apenas sabemos nada, solo lo que él, muy parco en palabras, nos contó. Diré en principio que era un profesor filantrópico y muy despistado, por lo que lo apodaban señor Magoo. Llevaba unas gafas de culo de vaso, un regalo de un mago de la ciencia, el doctor Tuhmahul, quien tras operarlo y dejarlo más ciego de lo que estaba le regaló unos anteojos para que viera mejor, –“una verdadera antigüedad, señor, una joya que perteneció al relojero del emperador”–, y un sonetón, aunque seguía sin  ver ni oír. No se puede decir, sin embargo, que Magoo fuera un hombre desagradecido, pues pese a quedarse más ciego por el desastre, seguía venerando a su salvador: “He visto una nueva luz”, decía Magoo y citaba además con desenvoltura pasajes de la Biblia: “Si a tu ojo derecho no le gusta lo que ve el izquierdo, arráncatelo... Si tus ojos y brazos son un obstáculo para tu salvación, arráncatelos.” (¿Eso último es de la Biblia?) Es innegable que el doctor hacía milagros. Él no era un médico vulgar, porque sus pacientes, tras pasar por sus manos, se sentían inspirados por una nueva luz. No exageraríamos al afirmar que él iluminaba por completo sus vidas.
 Magoo transmitió algo de su iluminación a sus alumnos, porque desde el principio gozó de carisma entre ellos. Este se debía a que trajo consigo dos libros de poesía. Los profesores ya habían renunciado a impartir clases en las Aulas Naturales  y, de pronto, aquel Rompetechos con sus gafas culo de vaso, que organiza destrozos allá por donde pasa, convence a alumnos revoltosos para que se embarquen en un recital poético por el lago. El trino de los pájaros del software Singingbirdpower junto al aromatizador informático aromaticflowerspower, que intenta anular la fetidez de las aguas, acompañan su recital poético.  Él suele decir: “Campoamor nunca falla” o “Los veo un poco tensos. Ahora Ralpho Alberdini (“Marinerito de agua dulce”) romperá el hielo”. No dudamos de la influencia de la poesía sobre los jóvenes, mas nuestro instinto nos sugiere que estos ponen a prueba a Magoo, realizando travesuras a sus espaldas o incluso delante de sus narices. En estos momentos, por ejemplo, en que está recitando a Campoamor, dos orangutanes, que nunca habían demostrado interés por la poesía ni por ninguna materia excepto el canto de la selva, han cogido a un alumno muy bajito, casi un enano, y lo han lanzado al agua como señuelo. Por ahora no han pescado nada, pero están muy esperanzados; porque acaban de internarse por una zona muy prometedora. Justo aquí el otro día avistaron unos caimanes y, un poco más abajo, unas extrañas pirañas comedoras de excrementos. Por eso mismo acaban de embadurnar su anzuelo con guano, aunque el intenso hedor no se percibe tanto gracias al aromaticflowerspower. ¡Cuidado, Magoo se ha dado cuenta de que están pescando! No hay problema, este se sonríe al contemplar la inocente actividad de sus alumnos y piensa: “¡Qué cuadro tan idílico, digno del Perfecto pescador de caña! Mientras recito unos versos, ellos cultivan un deporte afín a la poesía como la pesca. ¡Y pensar que los consideran unos alumnos revoltosos!” No habían pasado ni dos semanas desde el inicio de los paseos poéticos, cuando algunos profesores comentaron admirados: “¡Cuánto ha crecido la población! Hace unos meses aún se veían alumnos bajitos en el zooinstituto. Ahora solo nos encontramos jóvenes altos y fuertes. ¿Qué les darán? ¿Vitaminas? ¿Es otro de los logros de la nueva política educativa?”
Ni que decir tiene que estos paseos fueron un éxito. De la noche a la mañana el centro se transformó en un paraíso y ni siquiera pequeños tropiezos, como el de la desaparición de estudiantes bajitos, rompieron este ambiente idílico. Al mismo  tiempo, la pesca se convirtió en uno de los hobbies favoritos. El Gabinete de  Maravillas la señaló como uno de los éxitos de la enseñanza integrada. Nunca habían visto a los alumnos díscolos tan eufóricos. El informe reza así: “Uno de los resultados es el interés de los jóvenes por la poesía. Pero solo les gusta el recital, siempre y cuando paseen en barca por el lago. Amén del placer por la poesía, la biblioteca, antes desierta, se ha llenado de alumnos que devoran libros. Si bien sus lecturas son monotemáticas: el arte de la pesca y, en particular, la captura de caimanes, pirañas, tiburones. Además, últimamente los alumnos demandan un tema distinto, el arte de la caza, lo que nos inclina a pensar que sus aficiones llegarán a incluir todos los géneros. De hecho, algunos muchachos se han interesado por la obra de genios como Spencer, Darwin y el conde de Gobineau...”
    Y entonces a Gloria Cárdenas, con su fino instinto comercial, se le ocurre cómo sacar partido a estos paseos poéticos. ¿A qué les recuerdan? Un poco de cultura, por favor, no sean paletos. En un rincón de la vieja Inglaterra los jóvenes solían cortejar a las muchachas en románticos paseos en barca. Son dos universidades en donde se celebraban regatas. Oxforbridge. Sí, desde ahora nuestro zooinstituto se llamará así.