EN ESTA PÁGINA ENCONTRARÁS INFORMACIÓN SOBRE DOS NOVELAS DE MISTERIO: SOMBRAS DE CRISTAL Y EL SEÑOR TECKEL

jueves, 23 de febrero de 2017

Signes, el magnetizador. A propósito de “Kafka me mira”.


Como soy me quedo: si joven, joven; si viejo, viejo.
Tengo ojos y no veo, orejas y no oigo, boca y no hablo.
Nada malo he hecho y, sin embargo, me ahorcan. 

 Dice Signes en su artículo Kafka me mira: “Hace años que Kafka no me quita ojo cuando escribo en la mesa de mi cuarto. A veces logro olvidarme de él, pero cuando me doy la vuelta, siempre chocan nuestras miradas...” ¿A qué vienen estos remilgos de colegial? Esperábamos de quien ha batido el cobre contra los monstruos de Bomarzo que mirara de frente a la quimera. En otros tiempos, no le espantaban bohemios ni bichos de fea catadura. En su entrada Kafka /Elvis, comenta de los avatares del checo, Gregorio Samsa y K.: 

En "La condena", "El castillo", "El proceso" o "La metamorfosis" sus protagonistas, agobiados por el rigor de la ley, corretean en busca de salida como insectos huyendo de la rociada exterminadora de Fogo o Cucal.

Esta vez, sin embargo, no le valen Fogo ni Cucal, ni el más sofisticado Raid, que los mata bien muertos. Para justificar esta actitud pusilánime, Signes esgrime una pobre excusa. La amenaza no es física. Según su psiquiatra, la mirada de Kafka es una proyección fantasmal debida a una introspección traumática en mi subconsciente.
Yo les revelaré los rostros de su proyección fantasmal, son el bueno, el malo y el feo. Una mirada de estas sí que te atraviesa tus ojos: tus gafas, el cristal del marco de la fotografía, tu mirada o tu cogote.


Son imágenes tomadas de los Spaghetti Western, a los que en España se les bautizaba con más tino como Chorizo Western, puesto que se rodaban en Almería.  Un grajo me ha susurrado que las balas eran de fogueo. Lo que de verdad mataba eran las miradas. Y es que esos vaqueros escupían para protegerse del mal de ojo. A esta luz se entiende lo del loquero que asperjaba saliva, lo hacía como escudo contra el malocchio (mal de ojo), o quizás era una proyección fantasmal del tal Signes: el feo y el malo  habían cruzado la pantalla para dejarlo aún más guapo, lo que originaría la leyenda de Signes, el errabundo. Claro que nosotros no veíamos cómo los vaqueros se santiguaban; esto era elipsis narrativa, se sobreentendía. No olvidemos que estos pistoleros eran italo-españoles disfrazados y que, bajo los andrajos, vestían sotana negra, con rosarios, detentes y escapularios contra el mal de ojo.


He dicho que las armas eran de fogueo. No así la de Signes, que estaba magnetizada (nosotros, en castizo, diríamos bendecida), como desvela en El asesinato en el comité lector, en el que un escritor frustrado pretende convencer al editor con unos argumentos infalibles para un catalán: un encendedor con forma de pistola con dos adornos en la culata: una imagen de la Moreneta y el escudo del Barça (“La gran ilusión.Asesinato frustrado en el comité lector”. Página 35. Huerga y Fierro editores,1997).
  Ignoramos si la Moreneta doblegaría la voluntad del editor autóctono. Lo que sí sabemos es que Mesmer magnetizaba instrumentos para embrujar a través de la música, y que el ambiente que creaba para conseguir el paroxismo de sus pacientes  se asemejaba al de una moderna sala de cine, solo que en la actualidad sustituimos la cubeta mágica por la pantalla:

Las ventanas están veladas con cortinas para crear un claroscuro crepuscular; gruesos tapices y alfombras amortiguan el sonido; [...] por eso, en el cuarto mágico de Mesmer los sentidos de la vista, el oído y el tacto son activados y estimulados a la vez del modo más refinado. En el centro de la alta sala se halla la gran cubeta mágica [...]
[...] En este recogido silencio, resuenan, procedentes de la estancia vecina, apenas audibles, acordes de piano o tenues voces corales; a veces el propio Mesmer toca su armónica de cristal, para calmar la excitación con dulces ritmos o aumentarla con otros más penetrantes. Así, durante una hora, el organismo se carga de fuerza magnética [...]

Zweig Stefan. “La curación por el espíritu”. Páginas 90-91. Acantilado.

A los pacientes sometidos al magnetismo: el ruido más insignificante, inesperado, los sobresalta, y hemos observado que los cambios de tono y de ritmo en las melodías tocadas al piano influyen en los enfermos, de modo que un movimiento acelerado los estimula aún más y aumenta la impetuosidad de sus accesos nerviosos (“Ibídem”, página 99). En La muerte tenía un precio, una música refuerza el efecto magnético de esos ojos ígneos. Y si no me creen, escuchen el conjuro musical de Ennio Morricone y díganme si aguantan la mirada de Lee van Cleef, tras escuchar estos arpegios diabólicos.




Hay algo deforme en las miradas biliosas, graníticas, de estos spaghettis; no así en la de Kafka que tiene ojos y no ve, como dice el acertijo. ¿Hemos dicho graníticas? Estas son las de una estatua, las de un ciego. Según la tradición los invidentes y los niños no pueden aojar. Signes disiente en su relato Los ángeles caídos, en el que un enfermero cuida a un paralítico ciego:

Sus ojos, de un brillo opalino parecido al de algunos animales disecados, eran como las de esos modelos de las vallas publicitarias que siempre te devuelven la mirada; pero entonces no me di cuenta de que estaban muertos [...]


Esos ojos opalinos, los del retrato de Kafka, serían los que le devolverían la mirada a Signes, en un enfoque que congela el fluir de las horas y diseca al observador incauto en su reflejo. En El hombre de la cámara (“La gran ilusión”, páginas 99-100), el protagonista intenta detener el tiempo con una cámara que reconstruye, a través de miles de instantáneas, los hilvanes de una vida. El fotógrafo obliga a su madre moribunda a que realice labores domésticas, porque las fotografías oficiales apenas presencian motivos festivos, como bodas y bautizos. Gracias a esta afición, sabemos gráficamente cómo Signes convirtió al alcalde de Marea en su compañero psicopompo, Sónic, quien, como buen chihuahua-Xólot comenzó a actuar como guía del inframundo. Así se entiende su mano izquierda para franquear el más acá y el más allá. Veamos los pasos de esta metamorfosis:


La tradición sugiere dos maneras de aojar: una, a través de la mirada envenenada, el mal aliento y la respiración pútrida; otra, a través de las palabras- cabalísticas- aparentemente positivas. En cristiano: para echar mal de ojo a una persona hay que halagarla hiperbólicamente o admirarla, como en un relato de Signes, titulado Apoteosis de Big Cretino, en el que La Sociedad para el Fomento y el Turismo de Marea, la Caja de Ahorros de Marea, el Club de Fútbol Atlético Maréense, la Agrupación Folclórica Aires de Marea... y, en general, todo el pueblo de Marea homenajea públicamente a su alcalde:

-Una excelente persona, con un gran sentido del humor, mejor amigo, incluso, que hombre de negocios.
- BC es el prototipo del caballero español, con todas sus virtudes y ninguno de sus defectos.
 
Que culmina con un himno a Big Cretino:

Big, tú eres grande.
Big, tú eres bueno;
el faro que ilumina
el futuro de este pueblo

La mañana que llegaste
en el cielo hubo dos soles [...]

La gran ilusión. Apoteosis de Big Cretino”. Páginas54-62. Huerga y Fierro editores, 1997.

Del genio cabalístico de Signes dan fe cuentos como este.  Mas, ¿cómo se inició en la carrera de magnetizador? Él mismo revela en Kafka me mira que recogió publicidad de un hipnotizador. He leído ese escrito y he sido testigo de cómo lo puso en práctica. El opúsculo de marras se titulaba El Manual de magnetizador  y aconsejaba:

Todas las mañanas, al levantarse, póngase frente al espejo y fije su mirada en el entrecejo de su propia imagen.

Cuente mentalmente hasta diez, mientras hace una inspiración profunda. Luego, expire lentamente siempre con la mirada en el entrecejo, también contando mentalmente hasta diez.

Le sorprendí un día contemplándose fijamente el entrecejo en la pantalla del móvil y, al poco tiempo, frente a un escaparate, mientras contaba hasta diez, incluso hasta cuarenta, e inspiraba profundo. Luego, observé que no me miraba fijo a los ojos sino al ceño y que, cuando le daba la espalda, sentía una opresión en el cogote. Sobre esto último el opúsculo aclara:

La mirada magnética produce una especie de corriente de transmisión del pensamiento a otras personas. El punto vulnerable para influenciarlas es dirigir nuestra mirada magnética al entrecejo, si la persona está de frente o en la nuca si está de espaldas.

¡La nuca! Signes insistía en ir a cines y teatros. Yo la creía una afición inocente, pero palidecí al leer en el texto de marras:

Le recomiendo practicar en cines o teatros, fijando la mirada en la nuca de quien esté delante hasta lograr que gire la cara hacia usted. No debe preocuparse si la persona se resiste una o diez veces. Insista. La insistencia lo llevará a la victoria.

En el magnetismo se da una influencia celeste: los giros de los planetas se corresponden con los de los ojos, que se salen de sus órbitas bajo el influjo sideral. Afortunadamente, en esta etapa temprana, Signes no era un magnetizador consumado, por lo que apenas lograba que los órganos visuales de sus víctimas se desmadraran. No obstante, para ser un principiante, obtuvo unos resultados muy prometedores. Los ojos, sin llegar a salirse de sus órbitas, se quedaron a mitad camino:



Así quedaron los incautos que se atrevieron a sostenerle la mirada al magnetizador. Ni siquiera un bebé se libró de sus evil eyes.
Nada que ver con talentos avanzados como Mesmer o Puységur. Zweig, en su libro La curación del espíritu, cuenta cómo una niña ciega sufría contracciones convulsivas de sus ojos, que se salían de sus cuencas. “Es como si quisieran perforarme y sacarme los ojos”, decía la paciente de Mesmer. Este mismo temor a perder la vista se repite en un cuento de Hoffmann. El protagonista está obsesionado con una leyenda de su infancia, El hombre de arena:

Es un hombre malo que viene a ver a los niños cuando no quieren dormir, les arroja puñados de arena a los ojos, haciéndolos saltar ensangrentadamente de sus órbitas; luego se los guarda en una bolsa [...]

En Los ángeles caídos, Signes expresa ese mismo temor. En el relato nos cuenta cómo un enfermero cae víctima de un paciente fallecido, un ciego. La visión espectral de su aura, que Paracelso identifica con un desdoblamiento psíquico del cuerpo humano, lo abisma en la ceguera:

En un primer impulso quise gritar, retroceder, huir, pero no pude. De uno de sus ojos emanaba una luz amarilla, intensa, que recubría su cuerpo de un aura que le hacía parecer como si levitara. Mi mirada pronto quedó atrapada por aquella luz y, aunque quise -creo-, ya no pude apartarla, me atraía hacia ella como si me fuera a absorber; esa mirada, el vórtice fatal de un torbellino, de mi vida, de mi desgracia.


En su interpretación de El hombre de arena, Freud ("Lo siniestro") atribuye ese miedo al complejo de castración. Nosotros pensamos que está vinculado con el robo del alma, del hálito vital. No olvidemos que los ojos son las ventanas del espíritu. A propósito de esto, dice San Isidoro en Las Etimologías:

Los ojos son los sentidos más cercanos al alma; en los ojos aparece el indicio del interior y los movimientos del alma. Se les dice también lumina, luces, porque de ello sale luz, bien porque en el fondo tienen la luz encerrada o ya porque difunden la luz recibida de afuera.

Volviendo a Los ángeles caídos, la mirada maligna del ciego se desdobla en un aura que va absorbiendo al enfermero, lo va secando hasta vaciarle el alma dejándole sin lumina, sin ojos. Algo similar a lo que sucedía en la película Pánico en el Transiberiano:  


¿De dónde sacaban la energía los magnetizadores? Según Mesmer, de las terminaciones nerviosas de su cuerpo. Schreber, un juez alienado, añadía que esos nervios estaban habitados por hombrecitos, de los que Dios se apoderaba cuando morían; porque el Todopoderoso está formado por los nervios de los difuntos. 
¿Y Signes? Al principio creí que hacía honor a su leyenda -Signes, el errabundo-, y recargaba su energía vagabundeando frenéticamente por todos los rincones, como los conejitos Duracell. Hasta que un día, al chocarle la mano, me sorprendió una sacudida eléctrica. Eso me dio una pista. Existen unos peces que emiten señales de onda continua, generadas por un órgano especial tubular. El problema era: ¿cuál era el de nuestro magnetizador?
Silencio. Llegado a este punto, solo me está permitido mostrar una imagen:


Digo que me está vedado, porque la divulgación del envés del secreto ha sido la fuente de mi agonía. Ya he mencionado antes el respeto que le inspiran los ciegos a mi hipnotizador y yo, como miope avanzado, me contaba hasta entonces entre los privilegiados. Al principio, bastaban precauciones mínimas como espejitos quebrados, ojos de Horus, nóminas, estampillas de santos y, lo más importante, pisar sus zapatos de ante azul. Luego Signes, como hábil ladrón de tesoros, se fue colando en mi subconsciente. La pesadilla se repetía con la fatalidad del reloj. Yo era un papel en blanco, en el que una mano invisible escribía una entrada titulada: Signes, el magnetizador. De pronto, una cabeza con el cabello corto y rizado iba borrando lo que yo garrapateaba en balde una y otra vez. Eso durante varias veladas. Hasta que una noche, unos ojos legañosos y sanguinolentos desbarataron mi artículo, y me obligaron a balbucear unas palabras que me convirtieron para siempre en una proyección fantasmal de sus zapatos.  


jueves, 29 de diciembre de 2016

El Lord Canciller del fango. La Casa Desolada y Beowulf.


Londres. El frío y el cieno lo invaden todo.  “Tanto barro en las calles, como si las aguas acabaran de retirarse de la faz de la Tierra y no fuera nada extraño encontrarse con un megalosaurio de unos 40 pies chapaleando como un lagarto gigantesco Colina de Holborn arriba.” Charles Dickens. Casa Desolada, Alianza Editorial, página 5.
    Tras esta cosmogonía mítica, Dickens nos revela la identidad del saurio que ha convertido la ciudad y el reino en un inmenso cenagal:
 “[...] En medio del barro y en el centro de la niebla está el Lord Gran Canciller sentado en su Alto Tribunal de Cancillería (Tribunal de Justicia). Jamás podrá haber una niebla demasiado densa, jamás podrá haber un barro y un cieno tan espesos, como para concordar con la condición titubeante y dubitativa que ostenta hoy día este Alto Tribunal de Cancillería, el más pestilente de los pecadores empelucados que jamás hayan visto el Cielo y la Tierra.” Charles Dickens. Casa Desolada, Alianza Editorial, páginas  5 y 7, volumen I.
Si el cuadro inicial podría formar parte del Génesis, hemos de añadir que el dinosaurio es un préstamo de Beowulf, la saga anglosajona. Allí se describe un monstruo, Gréndel, que, como nuestro Lord Canciller, vive en un pantano, envuelto en la niebla, y amenaza a los hombres de un palacio cercano:

“Llamábase Gréndel aquel espantoso
y perverso proscrito: moraba en fangales,
en grutas y charcas. Desde tiempos remotos
vivía esta fiera entre gente infernal...”
“En eternas tinieblas
                                        su ciénaga estaba...”

El pantano de Gréndel está poblado por seres infernales, envueltos en la bruma.  Si en Londres asomaban “perros, invisibles en el fango”; en el tribunal, los letrados, como los reptiles del cenagal, viven ocultos en la niebla:

“De pronto, un abogado muy bajito, con tremenda voz tonante, se levanta, todo inflado, en medio de los ban­cos traseros de niebla [...]” y tras pronunciar un mensaje de ultratumba “se deja caer en el asiento y desaparece en la niebla.” Charles Dickens. Casa Desolada, Alianza Editorial,  página 8, volumen I.

Gréndel asesina a los moradores del palacio del Rey Hodgar, vaciando literalmente el edificio. Con su sello, el Lord Canciller absorbe hogares y tierras, convirtiéndolas en casas desoladas y tierras baldías hasta asemejarlas a un cementerio:

“El Alto Tribunal de Cancillería, que tiene sus casas en ruinas y sus tierras abandonadas en todos los condados; que tiene sus lunáticos esqueléticos en todos los manicomios, y sus muertos en todos los cementerios...” Charles Dickens. Casa Desolada, Alianza Editorial,  página 6, volumen I.



Por desgracia, el neblinoso poder del Lord Canciller no se limita a casas y terrenos, su sello contamina a personas y familias enteras, a través de un pleito sin principio ni fin, Jarndyce y Jarndyce, del que estas familias forman parte sin saber cómo ni por qué. El litigio les acompañará a lo largo de su vida y se perpetuará en sus descendientes:

“Durante la causa han nacido innume­rables niños; innumerables jóvenes se han casado; innumera­bles ancianos han muerto. Docenas de personas se han en­contrado delirantemente convertidas en partes de Jarndyce y Jarndyce, sin saber cómo ni por qué; familias enteras han heredado odios legendarios junto con el pleito. El pequeño demandante, o demandado, al que prometieron un caballito de madera cuando se fallara el pleito, ha crecido, ha poseído un caballo de verdad y se ha ido al trote al otro mundo”. Charles Dickens. Casa Desolada, Alianza Editorial, página, volumen I.

La envidia y el resentimiento son los principales aliados del juicio, los “odios legendarios”. No olvidemos que «Jarndyce» (apellido) se parece a jaundice (ictericia), con sus connotaciones en inglés de prejuicio, envidia, resentimiento. Gréndel también simboliza el odio y las rencillas, aquel que está a punto de hacer bailar las espadas entre los daneses.
Tras mencionar a víctimas del litigio, a las que no pone cara ni voz,  Dickens  nos cuenta el caso de una anciana, la señorita Flite. Al principio de la novela esta asiste al pleito de Jarndyce y Jarndyce, y su comportamiento parece el de una lunática o una sonámbula:

“Subida en una silla a un lado de la sala, con objeto de ver mejor el santuario encortinado, hay una ancianita loca tocada con un gorro fruncido, que siempre está en el tribunal, desde que empieza la sesión hasta que se levanta, y que siempre espera que se pronuncie algún fallo incompren­sible en su favor. Hay quien dice que efectivamente es, o fue alguna vez, parte en un pleito, pero nadie está seguro, porque a nadie le importa. Lleva en su ridículo cachivaches a los que califica de documentos; se trata fundamental­mente de fósforos, de papel y de lavanda seca.” Charles Dickens. Casa Desolada, Alianza Editorial, página 6, volumen I.

En una conversación, la señorita Flite nos revela el motivo de sus extravagancias.  Al igual que el personaje de Ante la ley,  espera un veredicto:

[...]—Pero estoy esperando un veredicto. Dentro de poco. [...] Mi padre esperaba un veredicto —dijo la señorita Flite—. Mi hermano. Mi hermana. Todos esperaban un veredicto. El mismo que espero yo.
[...]—Y, ¿no sería más prudente dejar de esperar ese veredicto? —pregunté.
—[...]Ese lugar (la Cancillería) ejerce un atractivo misterioso. ¡Chist! No se lo mencione a nuestra diminuta amiga cuando vuelva. Puede darle miedo. Y con razón. El lugar ejerce un atrac­tivo cruel. Es imposible dejarlo. Y hay que tener esperanza [...]  Yo llevo muchos años yendo allí, y me he dado cuenta. Es la Maza y el Sello que hay encima de la mesa.
Le pregunté sin presionarla qué por qué era aquello.
—Absorben —me contestó la señorita Flite—. Ab­sorben a las gentes, hija mía. Les absorben la paz. Les absorben el sentido común. Les absorben hasta el aspecto. [...] El primero al que absorbieron fue mi padre..., lentamente. Con él absorbieron nuestra casa [...] Lo absorbieron hasta llevarlo a una prisión por deudas. Murió en ella. Después mi hermano se vio absorbido hasta caer en la bebida. A la miseria. Y a la muerte. Después absorbieron a mi hermana [...] Después yo caí enferma y en la miseria, y oí decir, como había oído decir tantas veces antes, que todo ello era obra de la Can­cillería. Cuando me puse mejor, fui a ver al Monstruo. Y entonces averigüé cómo era, y me sentí absorbida hasta quedarme allí [...] He visto llegar muchas caras nuevas que no sospechaban nada, y que se han visto absorbidas por la influencia de la Maza y el Sello, en todos estos años. Como le ocurrió a mi padre. Y a mi hermano. Y a mi hermana. Y a mí misma.” Charles Dickens. Casa Desolada, Alianza Editorial, páginas 47-48, volumen II.

   La señorita Flite, ¿absorbida por el tribunal? A primera vista no: la anciana se pasa el día en sus despachos, pero entra y sale de allí a voluntad. No obstante, esto es pura apariencia. Cuando terminan las sesiones, se aloja en una casa de huéspedes en frente del edificio. Esta es un reflejo deformado del alto tribunal y su casero, Krook, al que llaman irónicamente Lord Canciller, es el “hermano” gemelo del alto magistrado. De hecho, la posada, además de alojar vidas truncadas, amontona trastos viejos y libros de derecho, de modo similar al de la verdadera Cancillería.
   Al crear un paralelismo entre esta última y la casa de huéspedes, Dickens cierra el círculo alrededor de la anciana. El nombre oficial de la Cancillería esLincoln's Inn May”. “Inn” en inglés significa posada, de tal modo que los que acuden al alto tribunal, al traspasar sus puertas, se convierten de facto en sus “huéspedes” vitalicios y la legión de certificados del pleito se transforman en certificados de defunción. La señorita Flite nunca abandonará la Cancillería, porque la posada en la que se hospeda, como espejismo del edificio originario, es una prolongación del propio tribunal. Ella misma confía en morir encerrada en esta “casa desolada”, como los pájaros enjaulados a los que ha prometido la libertad en cuanto se falle su veredicto. Como diría el vigilante de “Ante la ley”, cuando el acusado está a punto de morir: “esta puerta te estaba reservada”.
El manto púrpura y el blasón nobiliario vuelven invulnerable al Lord Canciller oficial. A Gréndel  no hay arma que pueda abatirle, porque el monstruo las hechiza. Ahora bien, Dickens da con el sortilegio para deshacer el hechizo. Para matar al monstruo los héroes utilizan talismanes: un escudo que refleja la imagen de la bestia para huir de sus ojos. Para no mirar directamente a la moral victoriana y al clasismo inglés, Dickens crea el doble del Lord Canciller, Krook, y se ensaña con él, porque este es un vulgar ropavejero no un noble.
El asesinato de un alto magistrado habría sido un escándalo para la época, no así el de un trapero. ¿Asesinato? En la novela nadie llega a tocar un pelo al Lord Canciller ni a su efigie deformada, Krook. ¿Cómo lo hace entonces? A través de un arma homeopática: lo semejante se mata con lo semejante. Para acabar con la niebla nada mejor que una buena dosis de bruma.
El escritor inglés no oculta que la niebla es el vínculo entre el Lord Canciller y Krook, el elemento en que nadan ellos y sus víctimas. Esta se extiende por todas partes y se cuela en “los ojos y gargantas de ancianos... y en la cazoleta de la pipa que fuma por la tarde el patrón malhumorado”. Dickens juega asimismo con la ambigüedad del delirio blanco: la bebida. Las brumas del alcohol se transformarán en la niebla que envuelve el cerebro del verdadero Lord Canciller y de su doble, Krook.
Con ironía victoriana, Dickens defenderá que la causa de su fallecimiento es esa niebla que nubla el entendimiento, el alcohol, auténtica bestia negra de la época. Este, como mecha inflamable, provocará la combustión espontánea de Krook. Y lo que sus contemporáneos no entenderán desde su miopía positivista es que, al defender esa teoría estrafalaria, no intenta explicar la muerte desde un punto de vista científico sino moral:

“El Lord Canciller de la plazoleta, fiel a su título hasta el final, ha muerto como mueren todos los Lords Cancilleres de todos los Tribunales, [...] en las que se actúa con falsedad y se cometen injusticias. Dad a la muerte el nombre que Vuestra Alteza quiera, atribuidla a quién que­ráis, o decid que hubiera podido impedirse de un modo u otro, pero seguirá siendo eternamente la misma muerte: congénita, innata, engendrada en los humores corruptos del propio cuerpo viciado, y nada más... La Combustión Es­pontánea, y ninguna otra de las muertes por las que se puede perecer.”  Charles Dickens. Casa Desolada, Alianza Editorial,  página 25,  volumen II.

lunes, 7 de noviembre de 2016

El delirio blanco. Rusia y sus demonios soviéticos.


En su obra Los Demonios, Dostoiévski menciona “una escena en la que un tal Gulliver, que antes ha estado en el país de los liliputienses, al volver a su tierra llegó a considerarse como un gigante hasta el punto de que, caminando por las calles de Londres, gritaba maquinalmente a los transeúntes y los carruajes que se quitasen de delante y cuidasen de que no los atropellase, imaginándose que él seguía siendo gigante y los otros liliputienses. Por eso se convirtió en el hazmerreír y en objeto de tremendos improperios. Más de un cochero zafio midió con su látigo las espaldas del gigante”.
Se entiende por delirio “una idea falsa, absurda e irracional que el individuo tiene de sí mismo o de su entorno, a pesar de que la evidencia demuestre lo contrario”. A lo largo de su corta existencia, las espaldas del gigante soviético sufrieron los latigazos de la realidad: los demonios se habían apoderado de su cuerpo y no había forma de expulsarlos.
En 1957 encargaron a dos científicos rusos una predicción sobre el futuro de la Unión Soviética, titulada Reportaje desde el siglo XXI. Difícil arte este de los vaticinios, pero estos discípulos del doctor Moreau no dudaron en forjar una obra en la que la epopeya se combinaba con la ciencia ficción a partes iguales. En el año de la profecía, 2007, el periodista Jacek Hugo-Bader viajó a Rusia para calibrar la desproporción entre la épica de este relato científico y la realidad postsoviética.
El gigante soviético estaba afectado de distintos delirios. En La vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, se describen los síntomas del delirio científico en un personaje, Gládishov. Este emplea su tiempo en cultivar un híbrido de tomate y patata, al que bautiza como el Camino del Socialismo. Los científicos de verdad no se le quedan a la zaga, como nos cuenta Hugo-Bader en su visita al camarada Kaláshnikov:
“Izhevsk es la capital de la industria armamentística rusa, aunque por supuesto no hay ninguna fábrica de tanques, armas o vehículos acorazados. Otra especialidad soviética. La piezas de los tanques se ensamblan en una fábrica de agavilladoras, los misiles en una de coches, y la artillería en una de telares. En Tula, por ejemplo, los fusiles se producen en la fábrica de samovares.” El Delirio Blanco (Editorial DIOPTRÍAS, página 130. Traducción de Ernesto Rubio y Marta Slyk) 
Esto podría parecer una precaución contra los espías imperialistas. Mas esta degenera en locura con el uso de bombas atómicas para fines civiles:
“De alguna mente enferma surgió la idea de excavar canales por medio de cabezas nucleares: se va haciendo una bomba tras otra hasta tener listo el canal [...] Una explosión termonuclear creó un embalse artificial de cuatrocientos metros de diámetro y cien de profundidad [...] Al cabo de unos años, hasta aparecieron unos peces en el embalse de al lado. Solo que no tenían ojos.” El Delirio Blanco (página 169). 
 El sueño de la razón produce monstruos: Algunos niños de Semipalátinsk, afectados por la radiación, nacieron con deformaciones en el feto. Claro que esto no es ningún impedimento para un patriota soviético. En Temple de acero se retrata a “un hombre que, habiendo conocido todas las vicisitudes de la Revolución y la guerra civil, queda privado no sólo de los brazos y de las piernas, sino además de la vista. Reducido al lecho por las cadenas de la enfermedad, la fuerza y la bravura que subsisten en este hombre lo llevan a servir a su pueblo y escribe un libro” La vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin (página 167.)


   Tras nuestra lectura del libro de Jacek Hugo-Bader, arriesgamos otra explicación a esta ingeniería estrafalaria: el delirio blanco, el delírium trémens:
 “Cada vez que un evenko borracho se me acerca en la calle, siempre quiere una marcianada absurda: que le lleve conmigo a América, que lo acompañe al tren que va a Moscú (en la aldea no hay vía férrea) o que le dé diez mil rublos.” El Delirio Blanco (página 248.)
¿Trenes fantasmas? Son las voces del vodka, aquellas que empujan a los evenkos a pegarse un tiro o a correr desnudos huyendo de sus demonios.
    Resulta irónico que entre estos últimos la receta para curar el delirio blanco sea los sesos de reno, quizás debieran canjearlos por los de los científicos soviéticos. Estos también oyen voces que los empujan a proyectos no menos delirantes como irrigar los desiertos del país con bombas atómicas o explotar un artefacto nuclear, cuya radiación debería haberse extendido por una zona despoblada y desértica:
“(Sajarov) cometió un error muy importante. La nube (radiactiva) no se dirigió hacia al sur. En esta región de Kazajistán, el viento sopla del oeste al este una media de veintisiete días al mes. La nube fue directamente a Semipalátinsk, una ciudad que contaba entonces con 250.000 habitantes”. El Delirio Blanco (Editorial DIOPTRÍAS, páginas 157. Traducción de Ernesto Rubio y Marta Slyk) 
Las voces son los vientos. A miles de kilómetros de allí, en Siberia, esta tragedia se habría evitado, si hubieran escuchado a una pequeña chamana:
“Yo era una niña normal, pero no hacía otra cosa que jugar con los vientos. Me pasaba todo el tiempo con ellos, ellos me formaron. En mi aldea, los leñadores salían a trabajar y los vientos sabían siempre dónde iban, corrían alrededor de ellos como si fuesen perros y me lo contaban todo. Un día, iban a ir al bosque con un tractor, pero los malos vientos ya se habían subido al volante y yo tuve una visión... ¡No vayáis con los malos vientos! Mi madre vino y se me llevó. Se fueron a la taiga, el tractor se despeñó por un barranco y murieron cinco hombres”. El Delirio Blanco (páginas 232-233.) 
A la niña la internaron en un psiquiátrico. Al científico Sajarov le concedieron su tercera Estrella de Oro de Héroe del Trabajo Socialista y otro premio Lenin, todo ello en ágapes regados con abundante alcohol.
    Y es que, según la creencia popular rusa, el vodka lo cura todo: hasta los demonios se nutren de este néctar. No en balde el Día del Defensor de la Patria (el Día del Hombre o del soldado) se lo pasan bebiendo vodka. Lo curioso es que el Día de la Mujer también lo dedican (los hombres, no las mujeres) a beber. Y eso que la fiebre patriótica presenta sus desventajas: El índice de defunciones aumenta con las víctimas del coma etílico.


En el Reportaje desde el siglo XXI no se menciona a Dios ni a la religión. Estas supersticiones habrán desaparecido con el tiempo. Sin embargo, en el 2007, es la Unión Soviética la que se ha desintegrado y por toda Siberia pululan fantasmas y Mesías. Estos últimos desafían la tradición, ya no montan sobre ningún animal:
“La primera vez Jesucristo iba a lomos de un asno, comía pescado, bebía vino y vivía en castidad. Ahora prefiere una moto de nieve marca Yamaha, es vegetariano y abstemio, y su mujer ha vuelto a quedarse embarazada” 
“De los seis Jesucristos vivos que hay actualmente en el mundo tres están en Rusia. Uno todavía no se ha revelado [...] El tercero es un antiguo policía y pintor autodidacta,  a quien sus seguidores llaman “Vissarion”, que quiere decir “el que da la vida”. Aunque normalmente lo llaman “el Maestro”. El Delirio Blanco (página 187). 
¿Todavía no se ha revelado? Permítame Hugo-Bader una pequeña enmienda. El primero se ha encarnado en la figura de Pablo Iglesias.
Para ser ungido como Mesías, Vissarion quiere rememorar cada uno de los episodios de la vida de Jesús. Pablo Iglesias, mucho más modesto, se conforma con unas pocas escenas. Su favorita es Jesús expulsa a los mercaderes del templo.


      Ambos personajes comparten la Buena Nueva: la llegada del Reino de Dios sobre la tierra. Aunque con Vissarion nos atrevemos a asegurar que la sonrisa está más cerca.


    Pero mientras Iglesias se esfuerza por desvelar la Trinidad del niño Errejon, Pablo padre y el Espíritu de Podemos,  Vissarion nos diagnóstica el origen del mal:
“Cada célula del animal sacrificado lleva impreso el código del miedo, eso dice el maestro. Y después el hombre se lo come, asimila la energía negativa y se llena de temor, de pánico y de muerte.” El Delirio Blanco (página 188)
Toda esta sabiduría milenaria está recogida en el Último Testamento, un evangelio farragoso semejante a la escritura automática de los surrealistas o al discurso incoherente de Bienvenido Mister Marshall. No obstante, el diácono y filósofo ortodoxo Andréi Kuráev, nos dilucida el misterio:
“A partir de esas palabras incomprensibles cada uno se hace la idea que quiere. De esa forma satisfacen sus propias necesidades. Es como el Cuadrado negro de Malévich. Cada uno lo entiende a su manera.” El Delirio Blanco (Editorial DIOPTRÍAS, páginas 219. Traducción de Ernesto Rubio y Marta Slyk).
Nosotros arriesgamos otra hipótesis. En teoría, el cuadrado de Malévich no hacía referencia a nada externo. Sin embargo, últimamente se ha descubierto que debajo de la pintura se oculta un cubo futurista y un chiste racista: Dos negros peleando en una cueva, que aluden a una obra del escritor Alphonse Allais.
En 1887, Allais publicó la misma obra bajo el título Combate de negros en una cueva de noche  en un álbum humorístico. Este contenía La primera comunión de niñas anémicas en la nieve  (un rectángulo blanco) y Cardenales apopléticos recogiendo tomates en la orilla del Mar Rojo (un rectángulo rojo).
El delirio blanco es como estos chistes geométricos, un intento de cuadrar la realidad en el círculo de los planes quinquenales, transformando a los hombres en monigotes, lo que no se compadece con seres de carne y hueso, sino con el acartonado homo sovieticus.
En el Reportaje desde el siglo XXI  los científicos escribieron “que las carreteras del futuro garantizarían una seguridad vial absoluta. No resbalarían, se despejarían de nieve y se secarían solas [...] Por debajo de la carretera circularían unos cables de alta frecuencia.” 
No sé si el texto hace referencia a un futuro scalextric o es un plagio de Julio Verne. Hugo-Bader, por el contrario, señala hastiado: “De los trece mil kilómetros que recorrí de Moscú a Vladivostok, tres mil no tenían ningún tipo de pavimento”. El Delirio Blanco (Editorial DIOPTRÍAS, páginas 290-291. Traducción de Ernesto Rubio y Marta Slyk)
    Por eso el autor de libro acaba padeciendo el delirio. Delirar  procede del latín delirare, "salir del surco al labrar la tierra”. Nuestro escritor termina dando vueltas de campana en una carretera de tierra, por culpa de ese estado de indiferencia terrible y fría, ese frío helado que te congela el bigote o quizás, como los afectados por el delirio blanco, se precipita en la nieve al huir de sus demonios. 

martes, 12 de julio de 2016

Oxforbrigde. El teatro de las maravillas 6.

6. El Libro de torturas del faraón.


Urgía exorcizar al fantasma. La fortuna premió la perseverancia del equipo directivo. En la tumba de Usthiasuk desenterraron varios instrumentos de tortura: la palmatoria, la vara, la regla de roble macizo y la correa con púas. Junto a estas evidencias, el descubrimiento de El Libro de torturas del faraón vino a refrendar que el antiguo director se inspiraba en la Divina Comedia para martirizar a sus víctimas. La obra era tan extraordinaria que la doctora Cárdenas la reeditó para que fuera del dominio público. Veamos una reseña de la misma.

“No apto para cardíacos.”
La Tribuna

“El contenido de este libro puede herir gravemente su sensibilidad.”
El Heraldo del Progreso

“Mas de  diez millones de ejemplares vendidos… Miles de lectores condenados a no conciliar el sueño  durante el resto de sus vidas.”
Farbes.
Vlad Usthiasuk 
El  libro de torturas del  faraón 
Las últimas excavaciones arqueológicas en Oxforbridge nos han descubierto un mundo fascinante y cruel: el del antiguo y tiránico director Usthiasuk, conocido popularmente como el faraón. Durante mucho tiempo el contenido de este libro se consideró tan duro que no se atrevieron a publicarlo, porque describía cómo se vivía en los oscuros tiempos del faraón. ¿Cuánto era el dolor que los pobres alumnos eran capaces de soportar? Si usted ha soportado los relatos de Lovecraft, Poe o Machen esta obra le resultará aún más terrorífica. El Libro de las torturas de Usthiasuk: un libro pesado con un armazón de hierro forjado que se cerraba a cal y canto. En él, Usthia-suk anotaba el tormento reservado a cada una de sus víctimas: alumnos y profesores díscolos. Su contenido es tan horroroso que no nos sentimos autorizados a divulgar los detalles porque pueden herir la sensibilidad del lector, aunque se rumorea que los suplicios están inspirados en la Divina Comedia y el código de Hammurabi. Oigamos a un testigo que no quiere revelar su nombre por temor a represalias: “En la tumba de Usthiasuk, una vez al día un rayo de luz se filtra por las paredes, ilumina al faraón y este se reaviva por unos momentos: su rostro se enciende, sus ojos punzantes brillan y su cuerpo se pone en movimiento, o al menos eso dicen cuentos de viejas. Muchos testigos aseguran que el viejo director no murió y que se aparece por las noches a los alumnos y orientadores desprevenidos para darles algún que otro susto.”

Con El Libro de torturas del faraón desprestigiaron a Usthiasuk. Mas, ¿bastaba esto para conjurar al fantasma? Llamaron a un exorcista y, dos días más tarde, lo expulsó del zooinstituto para siempre.

– Doctora Cárdenas, quiero presentarle al descubridor del Libro de torturas del faraón – dijo el profesor Magoo –. Es uno de nuestros colaboradores: el doctor Tuhmahul.
– Es un placer conocerle, doctor. No sé qué habríamos hecho sin usted. Me encantaría invitarle a la presentación de mi próxima obra.

– Con todos mis respetos, doctora –le interrumpió Magoo –. Se me ha ocurrido una idea mejor. El doctor podría ser uno de los protagonistas de la ceremonia.

martes, 14 de junio de 2016

Oxfordbrigde. El teatro de las maravillas 5.



5.  El fantasma del faraón.

    En las semanas posteriores, un miembro del Departamento de Poesía Aplicada amaneció con una mejilla hinchada. Al principio lo tomaron por un flemón.  Luego contó que, en la oscuridad, cerca del Departamento de Orientación, sintió el peso de una mano callosa y fría, como un guantelete. Del golpe, sus gafas psicodélicas, idolatradas en el zooinstituto, se convirtieron en una escultura vanguardista. Esto  hizo dudar si el agresor era Usthiasuk o un artista revolucionario que estaba ensayando nuevas técnicas.
Uno de nuestros mejores estudiantes, experto en papiroflexia, llevaba a cabo un experimento con una mosca: le arrancó las alas para ver si podía volar. Cuando comprobó que era una inútil, la montó en un avioncito de papel para descubrir qué sentiría la aviadora en un vehículo supersónico. Nunca sabremos cómo acabó tan interesante prueba: una mano invisible, una mezcla asquerosa de vendas apestosas y plomo, le atizó un guantazo que lo dejó en blanco durante dos semanas seguidas.
     Pero lo que colmó el vaso fue lo que los eruditos consideraron la segunda   tragedia cultural más grave desde el incendio de la Biblioteca de Alejandría: la destrucción de La Biblioteca Benigno Luminoso de las Metaciencias Educativas. Se especula que el fantasma de Usthiasuk, que rondaba por los alrededores, estaba detrás  de estas maldades. Algunos libros ardieron misteriosamente y se perdieron cientos de pedagogía, espiritualidad, autoayuda y márketing. Entre ellos se mencionaba  una obra maestra de la metaciencia educativa: El aula celestial. Del colegio ideal a las divinas enseñanzas piscopedagógicas del Doctor Benigno Luminoso, y eso a pesar de que se habían tomado todas las precauciones para protegerlo. El libro estaba envasado al vacío, es decir, estaba guardado en una vitrina de la que se había extraído el aire a conciencia. Era una primera edición, una joya bibliográfica que solo aquellos orientadores consagrados podían consultar tras muchos años de entrega a las metaciencias educativas. La urna estaba presidida por un retrato de Benigno Luminoso. ¡Cuánta grandeza se esconde detrás de hombres aparentemente anodinos! Nadie habría imaginado que tras ese rostro redondo, manso y algo cetrino, de mirada desvaída, calva sebosa y protuberante, se parapetaba un genio creativo y fundador, el Descartes de la Psicopedagogía Avanzada. La  secretaria del Departamento de Animación Ludicoeducativa (DAL) estaba pasando a ordenador una conferencia de la doctora Cárdenas sobre el Aprendizaje Multidireccional, cuando le pareció ver una sombra. Miró alrededor: nada,  todo estaba en calma. Se asomó por la ventana y contempló el mar, el puerto natural y el “Faro de Alejandría” situado a la entrada de la biblioteca. Este, como cada noche, proyectaba en el aire los rostros de luminarias de la ciencia piscopedagógica, perfilados por rayos láser: Rousseau, Pestalozzi, Comenius, Luminoso. En ese momento arribaba un grupo de estudiosos en un barco de vela, impulsado por una brisa e iluminado por esos rostros resplandecientes que lo llevaban a buen puerto. Junto a esos semblantes se leían perlas de su sabiduría: apotegmas, sentencias o sencillas frases que habían iluminado a la humanidad durante décadas: ¿No dicen que la naturaleza es sabia?  O ¿Cuánta imaginación hay que tener para llegar al poder? Una música subyugadora, apenas audible, se difundía en varias millas a la redonda. La melodía procedía asimismo del “Faro de Alejandría”. Sí, todo era normal, pero bruscamente desaparecieron esas figuras benéficas y surgió tras una niebla repentina un rostro anguloso y cadavérico que helaba la sangre: ¡Usthiasuk! Un alarido prolongado, que sustituyó a la música, se oyó en el exterior. El barco embarrancó en la arena y cundió el pánico entre los tripulantes. Luego se apagaron las luces y el drama se situó en el departamento: el libro fundacional ardió dentro de la urna. La secretaria pegó un grito y, cuando se encendieron las luces, del ejemplar quedaban  apenas unas páginas chamuscadas y el retrato estaba colgado del revés. Por fortuna, la secretaria era una mujer decidida, corrió a la puerta y le pareció ver a un hombre que se alejaba. Llamó a los guardias, mas aquel tipo se disipó como el humo. Uno de ellos creyó reconocer en el fugitivo los rasgos del faraón.