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viernes, 8 de julio de 2011

El Señor Teckel 4


4. La transformación.

Abro un paréntesis en mi relato. A partir de este punto debo volver a hilvanar la trabazón de nuestra historia con la ayuda de la voz autorizada de Hunter. Yo estuve ausente del trabajo durante varias semanas, porque me retuvieron asuntos familiares. No fui testigo directo de lo que voy a narrar a continuación, pero confío plenamente en el testimonio de Hunter. Pues, ¿qué ganaría con mentirme sobre un asunto que no le afecta en lo más mínimo?.

Tras varios días de ausencia en la oficina, apareció al fin el hijo pródigo. Retornaba a sus ocupaciones rebosante de felicidad, sin duda estas “cortas vacaciones” le habían sentado bastante bien. El señor MacKay lo recibió con la naturalidad de quien no lo ha dejado de tratar a diario. Teckel, por su parte, adoptó la cínica compostura del empleado modelo: era evidente que para él tampoco había cambiado nada.

En Teckel, no obstante, se había operado una metamorfosis profunda. Sus ojos se había empequeñecido, hundiéndose aún más en el abismo de sus cuencas profundas. Las arrugas se dibujaban en un cutis tradicionalmente terso, y configuraban un tejido de surcos irregulares. La espalda se había curvado en forma de comba. “Tal vez”, bromeó Hunter, “intenta descifrar los secretos del universo”. Sus movimientos se habían relajado hasta tal punto, que no era difícil identificarlo con los ademanes de un anciano nonagenario. La dimensión de los cambios era de tal hondura, que llegamos a cuestionarnos si se trataba de la misma persona.

No sólo el físico nos revelaba una nueva identidad. Aunque su talante continuaba revelándose servil, su habitual discreción y exquisita cortesía habían cedido protagonismo a un lenguaje procaz y a una manía obsesiva con el sexo. Las secretarias, que nunca habían temido nada de él, comenzaron a sentirse inseguras en su compañía. Creo que Grabe dio en la diana, cuando lo describió como “un animal en celo”.

Teckel estaba siempre dominado por una tensión contenida. Nada más faltaba la mecha que prendiera el fuego. La ocasión no tardó en presentarse. Dos señoras de mediana edad se personaron una mañana en la oficina para un asunto de la mayor urgencia. No requirieron, como era de esperar, los servicios del señor MacKay, sino que preguntaron directamente por Teckel. Al verlas, éste recobró su talante habitual: amable, cortés aunque un poco distante. Se eludieron los preliminares premiosos, se evitó todo tipo de protocolo. Una de las señoras lo expresó con gran elocuencia: “Sobran los preámbulos, no tenemos tiempo, nos trae aquí un asunto urgente”. A petición de los clientes, se retiraron al despacho particular de Teckel con el fin de preservar la intimidad. Durante media hora no se oyó nada en el interior del despacho. Desde fuera el silencio, denso y agobiante, nos hacía pensar que la pieza estaba completamente deshabitada. Y que si estaba ocupada, como en efecto así ocurría, sus moradores se habían convertido en seres alados, pues ni el más ligero sonido mancillaba la rotundidad de su mutismo. Una risita obscena, sin embargo, se atreve a profanar el silencio sagrado. A esta hiriente profanación la siguen otras provocaciones: risotadas extemporáneas, escandalosas. Teckel es un hombre maduro, un hombre serio, nunca se había permitido tales frivolidades. La curiosidad nos corroe a todos, Grabe está a punto de entrar a ver que pasa. Pero la indiscreción de Teckel ha encontrado un cómplice en quien menos esperábamos: el señor MacKay. Éste detiene a su empleado dándole de paso una reprimenda: “no se debe violar la privacidad de nuestros clientes”. Como eco de estas palabras admonitorias, escuchamos las voces desenfadadas de las “señoras”. “¡Ahora yo, ahora yo!”, grita una de ellas con voz destemplada. “¡Es mío! ¡Es mío!”, le responde la otra disputándose la pieza codiciada.

Unas carcajadas anuncian la salida de Teckel y sus dos acompañantes. El tono azulado del rostro de Teckel se torna amoratado de no respirar: le ahoga la risa. Y risa es lo que provoca, en efecto, la guisa de la alegre trouppe. Teckel en ropa interior brilla en todo su esplendor: las carnes fláccidas -la papada, las tetillas caídas- contrastan con un resplandeciente rostro juvenil. Las “señoras” no se quedan atrás: lucen en todo su esplendor la exuberancia de sus michelines y carnes fofas, enmarcados por una elegante combinación de ligueros y sostenes granates. ¿Qué fue de aquellas señoras tan envaradas que entraron apenas hacía una hora en el despacho de Teckel, imbuidas de dignidad y distinción? ¡Qué cacareos! Y Teckel es el gallo del corral. ¡Qué chascarrillos tan mordaces se gasta y qué lenguaje tan soez! Los brazos escuálidos de Teckel se acomodan con familiaridad en las espaldas mullidas de las mujeronas, que los acogen en medio de bromas y simpatía arrebatadoras.

Recobrando la dignidad y el aplomo perdido, las señoras solicitan un lugar tranquilo donde arreglarse y adecentarse un poco el pelo antes de salir a la calle. Grabe, aturdido por la situación, les indica con un gesto -sobran las palabras y Grabe se encuentra en esos momentos imposibilitado para pronunciar palabra alguna- dónde se encuentra el servicio. Al salir del baño, las señoras -tan envaradas, puras y dignas como cuando llegaron a la oficina- con gran sequedad exigen a un empleado que les pida un taxi. El continente de su semblante y la rigidez de sus ademanes intentan recuperar la dignidad señorial. En cierto modo, podría afirmarse que cualquiera que quisiera identificar a aquellas señoras con las cabareteras, que nos habían hecho sonreír de vergüenza estaba faltando a la verdad, estaba difamando su buena imagen.

Teckel, para guardar la dignidad recién recuperada, aguarda a que las señoras bajen a la calle. Unos minutos más tarde observamos desde la ventana cómo suben todos a un taxi, sin abandonar el aire de seriedad.





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