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martes, 19 de marzo de 2013

El enemigo del pueblo

Una vieja dama llega a un pueblo de mala muerte. Alrededor de su figura sus paisanos han tejido una red de esperanzas. La mayoría vive en la pobreza y esta hija del terruño retorna como multimillonaria. Su antiguo novio, un rico comerciante, nota en ella cambios inquietantes. Aquellas manos, antes cálidas y hermosas, han sido reemplazadas por piezas ortopédicas de marfil. Estas han sustituido la carne por un esqueleto, tornándola en espejo de la muerte, cuya guadaña es un enigmático ataúd como único equipaje.
En un homenaje, la señora designa al destinatario del ataúd. Ofrece un millón de dólares al pueblo y otro millón a cada familia, a cambio de que su antiguo novio sea ejecutado. Este la dejó embarazada y, tras acusarla de ramera, la empujó a la prostitución, hasta que el matrimonio con un multimillonario la redimió de su mala vida.
El alcalde no acepta la oferta; sus conciudadanos se muestran indignados. Mientras el comerciante sea amigo del pueblo, nada ha de temer.
La carnaza ha sido lanzada. Los lazos de la civilización se mantienen intactos de momento. No obstante, los hilos que convierten a alguien en enemigo del pueblo son muy sutiles. En la jauría humana, una película de los años sesenta, esta declaración de hostilidad no obedecía a un patrón racional. Bastaba la abundancia de alcohol para mutar a una comunidad maleable en una jauría que corría detrás de su presa. En las sociedades totalitarias, el dedo del líder señala al apestado.  Stalin, en un ejercicio de damnatio memoriae borraba a los enemigos de clase de las fotografías oficiales, como Caracalla con su hermano en los monumentos conmemorativos. En esta misma línea, algunos “revolucionarios”, inspirados por el principio  “la voz del pueblo es la voz de Dios”, excomulgan a aquellos que no se pliegan a sus designios. Este “pueblo” es un ente divinizado que nada tiene que envidiar a las teocracias más recalcitrantes. Por eso el castigo del que no se arrodilla ante la nueva divinidad es la muerte o el ostracismo.
Pero no siempre es un impulso inconsciente o un toque totalitario lo que marca al condenado. A veces es la simple disconformidad con la ideología dominante. Otras, en cambio, el más burdo interés cambia a un individuo de amigo a enemigo en un plazo muy breve.
En la obra homónima de Ibsen, el enemigo del pueblo, el descubrimiento de que las aguas de un balneario están contaminadas, convierte a uno de sus miembros más respetables en uno de los más denostados. En  la visita de la vieja dama, la obra que estamos reseñando, un ballet perfectamente orquestado hace que el honrado comerciante se vuelva uno de sus enemigos acérrimos.
En esta obra, la danza de la muerte es un baile obsceno que no obedece a los designios de la providencia, sino a la simple venganza. La parca no es una figura sagrada sino una prostituta. La vieja dama le dirá a su víctima: “el mundo hizo de mí una puta y yo haré del mundo un burdel.”
La danza gira alrededor de su víctima, que se percata de que los gusanos se lo están comiendo antes de hora. Los habitantes del pueblo compran a crédito, confiando en esa generosa donación, y hasta el hijo del comerciante adquiere un coche nuevo. Todos, incluso sus familiares más íntimos, desean que muera. La apreciación moral evoluciona asimismo con el brillo del dinero. Los ciudadanos se vuelven más hostiles, conforme descubren el odioso crimen que este cometió con la señora. La comunidad se ha metamorfoseado en jauría.
Años atrás, el comerciante lanzó a esta masa enfurecida contra una joven embarazada. Ahora es esta mujer, un amasijo de huesos inertes, quien la envía contra su antiguo verdugo. Este es sentenciado a muerte y la dama se lo lleva en su ataúd a un lujoso mausoleo que le tiene reservado en Capri.
Los norteamericanos, tan aficionados al espectáculo, habrían desarrollado un final alternativo. Su identificación con el individuo marginal habría hecho de nuestro condenado un héroe a la inversa. El enemigo del pueblo, convenientemente maquillado, sería un “enemigo público” y cubriría los rotativos del país durante años, como un Dillinger cualquiera. Aun así, nuestro protagonista, tras dar vueltas de feria en feria, un día habría caído en las garras de la danza de la muerte, tal como lo cuenta la visita de la vieja dama, en la que los medios de comunicación asisten a una pena capital que ignoran de dónde ha salido.

5 comentarios:

  1. Muy requetebueno, don Joaquín pero no ha dicho que su autor es Friedrich Dürrenmat.

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  2. Muchas gracias, amigo anónimo, por recordarlo. Se me había olvidado mencionar al autor. Hay una adaptación cinematográfica de la obra de teatro, "La visita del rencor", protagonizada por Ingrid Bergmann y Anthony Quinn. La interpretación es espléndida, lástima que el título en español desgracie bastante la sorpresa.

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  3. La idea del "enemigo del pueblo" es una constante en los totalitarismos. Hitler ínsistía mucho en ello: lo importante era Alemania, mientras que el individuo era una especie de mierdecilla que se debía al estado o a su concreción en el líder. Hay en eso una concepción entomológica del mundo: la misión del individuo es la conservación de la especie, la defensa de la colonia y el bienestar de la reina. Las obras que citas de Ibsen y de Dürrenmat son dramatizaciones geniales de ese conflicto de intereses, a las que añado aquí el recuerdo de otra, muchísimo más gamberra, que ofrece una imagen muy justa de esas encarnaciones del pueblo en padrecitos de la patria, führers, timoneles, caudillos y demás iluminados de esa ralea. Me refiero al Ubú de Alfred Jarry.
    Gran artículo, Joaquín,

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  4. Oiga, ¿en ese mausoleo de Capri que sale en "La visita de la vieja dama", no veranea ahora un tipo con aspecto entreverado de gondolero y de chulo piscinas que se llama Berlusconi?

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  5. Sin llegar a los totalitarismos, en las democracias, el demagogo que sabe pulsar la tecla oportuna puede enviar a la jauría contra la presa que elija. El miedo es un poderoso acicate. Y lo peor de todo es que muchos de estos verdugos se muestran al mundo como víctimas, consiguiendo que miles de personas compartan ese sentimiento, que no obedece a ningún hecho objetivo sino a un sentimiento difuso.

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