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lunes, 13 de febrero de 2012

El Señor Teckel 10

10.Nuestro amigo Teckel.
Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que nos referíamos a él como “nuestro amigo Teckel”. Era al principio de su incorporación al trabajo. Los días habían disipado las prevenciones que habíamos albergado en su contra. No tardó en mostrarse como un compañero amable y servicial que tenía la virtud de no hacerse notar, de fundirse con el todo de la oficina y hacerse olvidar. Tal vez sólo tenía un defecto: la escasa constancia en sus afectos personales. Por su carácter voluble, tan pronto una semana era tu mejor amigo, casi un hermano, como la siguiente te trataba fría y distraídamente, como a un desconocido. En las semanas que te ofrecía su amistad, se mostraba extraordinariamente servicial y juraba una fidelidad inquebrantable a sus amigos circunstanciales; se hacía cargo de las labores más onerosas del amigo elegido y lo descargaba del trabajo que le resultaba más ingrato.
    A decir verdad, yo me podía considerar algo más que un amigo circunstancial. Excepcionalmente me ofrecía su amistad una duración superior a la media: más de dos semanas; y digo excepcionalmente, porque sus afectos eran tan volubles que no solían durar más de dos días; al cabo de los cuales el amigo del alma se convertía en un perfecto desconocido e incluso algunas veces en un enemigo irreconciliable. Precisamente por la naturaleza anómala de su amistad y el excesivo celo que ponía en su amabilidad enfermiza, muchos compañeros, temerosos  de   su  inestabilidad emocional, procuraron ignorarlo en la medida de lo posible.
    Antes de que llegara el señor MacKay, pude convertirme en el amigo único al que Teckel jurara fidelidad inquebrantable. En principio la idea no me desagradaba, pero hubo un episodio que me empujó a una ruptura drástica con él. Era una de aquellas semanas en las que yo disfrutaba del placer inestimable de su amistad. Son jornadas de relajación, en las que Teckel carga con el trabajo duro y mi mente se recrea en paisajes paradisíacos. Fantasías inalcanzables. Me sonrío. Lo miro fijamente, la idea me la ha inspirado su expresión de besugo. “¿Me regalarías tu nómina de este mes?” La reacción no se ha hecho de esperar. Saca su talonario y me extiende un cheque. La cifra supera con creces  el sueldo del mes. “Caprichos de niño rico”, pienso para mis adentros. “Era una broma; ni en sueños pensaba apropiarme de tu nómina”. La expresión de su rostro no puede ser más grave y solemne. Me extiende otro cheque. “Es inútil, para qué discutir. Se lo devolveré de aquí unos meses”, pienso. Se me cae una pluma. No puedo recogerla. No, no es que esté paralizado; pero mis esfuerzos son infructuosos ante la terquedad de Teckel. Se agacha para recogerla. Mi mente no está para perder el tiempo con semejantes nimiedades... “¿Por qué no a las islas Scheychelles? ¿o tal vez Haití?” “¿Dónde está Teckel?” Se ha esfumado como por encanto. ¿Y mi pluma? ¿Todavía no la ha recogido? El silencio más absoluto. La ventana está abierta. Por ahí no ha podido salir, desde una altura de quince pisos. Una primera pista: la pluma está en el suelo. Se supone que junto a la pluma debe de encontrarse Teckel... Al  respirar produzco un ruido escandaloso... Pero, ¿qué tenemos  aquí? ¡Teckel ha utilizado como pretexto mi pluma para agacharse junto a mí!...Yace a mis pies acurrucado, completamente estático, y olisquea con las aletas de la nariz mis zapatos. Nunca lo había visto tan feliz. “Teckel, siento interrumpirte; pero necesito mis pies, es una emergencia”, exclamo en un acceso de estupidez.
    - Aquí tienes tu pluma - me responde como si no hubiera pasado nada -. Relájate. Pareces un poco nervioso, yo acabaré el trabajo.
    Le miro atónito a los ojos. Es evidente que no se da cuenta o no se acuerda de nada. Me devuelve la mirada con serenidad. Probablemente, mientras yo soñaba con una hermosa isla virgen en los confines del Pacífico, Teckel fantaseaba con los encantos paradisíacos de mi suela de zapatos. Por unos instantes, contagiado tal vez del clima extravagante, me embarga un estúpido sentimiento de vanidad (¡Para algo me han servido estos zapatos tan caros y bonitos!) y me enorgullezco como un padre chocho de que a mis zapatos les haya salido un admirador. Cuando Teckel abandona el recinto, mi cerebro vuelve a regir. ¿A qué se ha debido esta horrible sensación de resaca? ¿Acaso he bebido antes de llegar al trabajo? Ni una gota, a menos que la leche provoque los síntomas de embriaguez. Lo cierto es que una vez Teckel ha abandonado el despacho, la borrachera se ha disipado; ya no siento sus efectos.
    Una leve inclinación de cabeza es la señal convenida. En apariencia no es más que un vulgar saludo, pero esto sólo es un pretexto para iniciar su  largo viaje hacia el suelo. Su cabeza inclinada, su barba dejada crecer al albur que toca y barre el suelo (¿Intenta retornar a los orígenes? ¿Intenta recordarnos el ascendiente baboso del hombre?) La cabeza inclinada, la espalda curvada en parábola, la mirada perdida en las baldosas del suelo, no son un capricho. “Teckel es un hombre de ilimitados recursos”, pontificó Grabe con ironía. “Con la mirada fija en el suelo es capaz de descifrar los enigmas del universo”. “El auténtico mundo”, me confesó en un arranque de sinceridad, “se encuentra a escasas pulgadas del pavimento. A más de treinta pulgadas del pavimento no hay más que aire y brumas”.

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