EN ESTA PÁGINA ENCONTRARÁS INFORMACIÓN SOBRE DOS NOVELAS DE MISTERIO: SOMBRAS DE CRISTAL Y EL SEÑOR TECKEL

martes, 17 de mayo de 2016

Oxfordbrigde. El teatro de las maravillas 2.


2. Un descubrimiento arqueológico.

Sin embargo, un obstáculo se iba a interponer en los planes de Gloria Cárdenas. Recordarán que en el origen de Oxforbridge la lluvia actuó como maná caído del cielo. Pues bien, esto no bastó. Se necesitó un terremoto que agrietara el terreno y ensanchase el socavón  para que este abrazara las aguas del lago. No obstante, si el destino abre una puerta, destapa a veces la caja de Pandora. En el suelo del antiguo gimnasio, el temblor produjo una brecha, en cuyo fondo se adivinaba un mundo en tinieblas.
 Al comienzo de esta historia, tres alumnos de doce años estaban contemplando la grieta sin saber qué hacer. Uno de ellos era grasiento y cachazudo, y por su debilidad por el tocino lo llamaban Lechoncillo; el otro, Saúl, era delgado y nervioso, moreno con un tupé rubio en la frente y su viveza se transmitía a todo su cuerpo y a su pronta sonrisa; el último respondía al nombre de Jorge.
Cuando tras muchas vacilaciones se disponían a entrar, una ráfaga les cruzó el rostro y les caló hasta los huesos. Las velas parpadearon moribundas.
En la puerta del gimnasio, una mujer espectral. No la habían oído llegar. Nunca la habían visto. Esta se santiguó asustada y les advirtió del peligro: “Aquí pasan cosas terribles”. “¿Qué cosas”, replicó uno de los chicos. La estantigua calló unos segundos y añadió titubeante y lívida: “Fantasmas.” Y les contó en susurros que algunas noches el espíritu de Usthiasuk despertaba del sueño de la muerte para asustar a los alumnos desprevenidos. Ella los veía luego con el gesto descompuesto.  Uno de los niños preguntó quién era Usthiasuk. Ella no contestó y huyó despavorida. Eso bastó para picarles la curiosidad y estos se introdujeron por la grieta. Nada más descolgarse, un aire fétido les acarició. Acto seguido se internaron por un pasadizo y, a la pálida luz de las velas, se toparon con basura y ratas. Tras media hora de camino estaban a punto de abandonar, cuando una brizna de aire apagó los pabilos y escucharon un “¡Ay!” Con el brazo tembloroso, Jorge encendió su vela y a trompicones las de los otros. Lechoncillo se había dado un golpe con algo duro. Jorge dijo: “Se ha dado con una piedra”. Saúl no contestó y sacó varios productos de la mochila. Limpió primero la piedra con un trapo y luego la frotó con el limpia bronces Bruño. De pronto surgió un rostro despiadado en un bajorrelieve. Saúl invirtió unos diez minutos en limpiar la placa y leyeron debajo del busto: Escuela Superior Usthiasuk.  Saúl, con una sonrisa, les dijo: “¿Qué os había dicho?” Con una navaja hurgó en la pared y una puerta se perfiló. Iban a derribarla, mas no fue necesario: se caía a pedazos. Al romperla accedieron a un aula prehistórica. Las maravillas que vieron les dejaron sin habla. El profesor estaba momificado y alrededor de su cadáver habían crecido enredaderas y telarañas. Los esqueletos de los estudiantes aún permanecían en los pupitres. Todo apuntaba a que les pilló la catástrofe mientras estaban dando clase y a que no se movieron de su sitio, porque no había sonado la campana. El aula se encontraba, a pesar de la tragedia, en muy buen estado –los pupitres estaban impecables, las paredes y el suelo limpios de papeles, plásticos, bocadillos, pipas, chicles y basura– y el esqueleto de un niño aún sostenía una tiza que apoyaba en la pizarra. Todavía se podía ver el galimatías que estaba resolviendo cuando les sorprendió  el desastre. Los corchos estaban llenos de jeroglíficos. Por aquella época el director Usthiasuk, un ucraniano de rostro anguloso y cadavérico que parecía la viva imagen de Jack Palance, era el terror de los estudiantes. Durante muchos años se rumoreó que su fantasma se aparecía a los alumnos díscolos para darles algún que otro sustito. 

¡Qué lejos estaban de imaginar que este hallazgo arqueológico destruiría el modelo de concordia creado por Benigno Luminoso y Gloria Cárdenas! La directiva del Centro intentó echar tierra al asunto. Mas fue imposible silenciar que debajo de este modernísimo centro yacían las ruinas del viejo instituto; era un hecho que lo habían construido sobre los restos del viejo. La situación se agravó cuando, unos días después, los jóvenes arqueólogos hallaron el cadáver momificado de Usthiasuk y el terror se apoderó de orientadores y estudiantes. ¿Volvería la época oscura en que reinó este personaje retrogrado y nada dialogante? ¿Retornarían los tiempos crueles del faraón –era el mote de Usthiasuk– con sus profesores patibularios que lo secundaban repartiendo tortazos a diestro y siniestro entre el personal? El descubrimiento de la momia creó un conflicto: la fascinación por los mundos antiguos imbuyó en profesores y alumnos ideas retrógradas, nostalgia de un pasado caduco, y algunos reaccionarios plantearon que se reabrieran los zoológicos y que volvieran a encerrar en ellos a los orangutanes, simios, tigres, alacranes, escorpiones y serpientes del pueblo del Señor. Algunos profesores cavernícolas, en el colmo del desconcierto, llegaron más lejos: propusieron dinamitar ese templo del saber que era el Colegio de Piscopedagogía. Templo que escondía los arcanos de una ciencia piscatoria y anagógica solo para iniciados. Si este desapareciera y toda su imponderable sabiduría se perdiera, tipos como el tétrico director Usthiasuk  volverían. La enseñanza dejaría de ser científica para retornar a los tiempos medievales. Educar sin una base científica y sin fantasía es letra muerta. Lo que supondría el triunfo del tedio y de una enseñanza unidireccional,  sin diálogo ni enriquecimiento mutuo. Y lo que buscábamos era un aprendizaje, cuyo protagonista fuera el ser humano y no las vitrinas de los museos con sus animales, objetos y conceptos muertos.
Por desgracia, el tiempo vino a confirmar los temores. No tardó en extenderse la leyenda de la momia. Los jóvenes arqueólogos fueron los primeros en sucumbir a su maleficio. Jorge se resbaló cuando bordeaba el lago y se ahogó; Lechoncillo se  atragantó con unas longanizas: en su delirio las confundió con dos dedos putrefactos que se le colaron en el gaznate provocándole la asfixia.
Lo más grave era que esta superchería amenazaba un proyecto educativo aún más revolucionario para Oxforbridge: la integración en un mismo espacio multidisciplinar del zoo, el instituto, el centro bacteriológico, el jardín botánico, el psiquiátrico y la escuela de tiro. ¿Les sorprende? Cómo se nota que no están al tanto de los avances científicos. En el centro bacteriológico, incorporado al zooinstituto, los jóvenes desarrollarían de forma natural la inmunidad contra los gérmenes y no a través de fármacos que destruían sus defensas y contaminaban el ambiente. El jardín botánico había crecido espontáneo desde que los alumnos, inspirados por las nuevas teorías, se habían vuelto más creativos acumulando en el suelo un humus natural, fermento idóneo para la generación de las plantas. Por lo que respecta al psiquiátrico, no olvidemos que, gracias a esta nueva pedagogía, los enfermos fueron considerados simples inadaptados a la sociedad reaccionaria que podían estudiar en cualquier centro educativo. De hecho, se les aceptó con entusiasmo; prueba de ello es que los alumnos comentaron al conocerlos: ¡qué tipos tan divertidos! ¿Y qué decir de la escuela de tiro? Muchos jóvenes corearon eufóricos: ¡Qué emocionante! ¡Por fin, algo realmente útil para la vida!
Un reportero, conocido libelista, aseguró que no había vuelta atrás en la Nueva Política de Integración Educativa, porque habían cerrado el zoo, el centro bacteriológico y el manicomio, y en su lugar habían construido unos complejos residenciales. ¡Qué poca vergüenza! ¡Qué falta de ética profesional! Por fortuna, los canallas no siempre quedan impunes. Las autoridades se indignaron y este dimitió tras desmentir el bulo. Fue un momento de crispación felizmente superado.
A pesar de esto, nos corroía la duda de si este Nuevo Proyecto Educativo, llegaría a vencer los obstáculos del Reino de las Tinieblas. Para acabar con la maldición de la momia, primero había que desenmascarar a Usthiasuk. Uno de los mayores atractivos de la tumba eran los jeroglíficos de las pizarras y las paredes de las aulas aledañas. Se habló del Lenguaje secreto del faraón y ello le confirió un aura de misterio. Cientos de alumnos y algunos orientadores despistados desfilaban a diario para contemplar esos signos enigmáticos. En tal emergencia, no se reparó en gastos para que especialistas en cultos mistéricos desentrañaran su significado  oculto. Tras examinar los jeroglíficos, el doctor Kamelinsky, autor de El Libro secreto de los códigos criptomistéricos, dio en la diana al señalar que: “Todo significado remite al referente. Ahora bien, si tenemos en cuenta la relatividad singular, no hay dos espectadores que contemplen un significado desde el mismo ángulo. Se le puede contemplar desde arriba, desde abajo, desde detrás del concepto mismo o desde la ecuación espacio tiempo del contexto. No olvidemos tampoco el principio de incertidumbre. No hay dos conceptos que se estén quietos en un mismo sitio dentro del Milieu. Lo que nos conduce a las preguntas cruciales: ¿Cuál es el verdadero referente? ¿Tiene algún significado?” Por su parte, un tal Grillot, especialista en aportar un poco de luz a oscuros arcanos, apuntó en su obra Metaciencia y Pseudociencia: “El significado siempre está afuera, porque es lo que se piensa desde fuera. Y lo que piensa afuera es lo que es y no es pensado de la cosa en sí y fuera de sí...” No hay duda de que gracias a estos brillantes precursores, como los dos expertos, llegaron a descifrar los supuestos jeroglíficos, que se redujeron a minucias criptográficas: problemas de trigonometría y textos en latín, griego y hebreo. Bueno, tal vez fuera mejor dejar a un lado el lenguaje secreto de Usthiasuk. Se pensó que los alumnos habían sido víctimas de una mascarada. Esta tesis presentaba un inconveniente. Se trataría, sin duda, de una burla cruel, porque había dos muertos. Sí, estos hacían que la cripta inspirará respeto y que se la tomara muy en serio.
¿Quién había sembrado esta confusión? Para desvelarlo, viajaremos  unas semanas antes del hallazgo arqueológico. A la época en que unos conspiradores se reunieron en una consulta médica para destruir el espíritu de Oxforbridge.

jueves, 5 de mayo de 2016

Oxforbrigde. El teatro de las maravillas 1.


1. De cómo el Instituto San Antonio pasó a llamarse Oxforbridge.
Tras cruzar una puerta presidida por un retrato de San Antonio junto a un cerdo, un burro y una gallina, entramos en el instituto una mañana de primavera. Como aquel día radiante en que el pedagogo Benigno Luminoso tuvo aquella idea   revolucionaria, la naturaleza se nos insinuaba en cada esquina con un encanto irresistible. ¿Quién no haría locuras en un entorno así? Sí, en un día como este, Luminoso hizo algo que a las mentes convencionales les pareció una locura: abrió las jaulas del zoológico para que los escolares estudiaran con los animales. ¿Locura? No, un soplo del cielo que le daría la clave de la revolución educativa. “La naturaleza es sabia”, se dijo. Hay que reconocer que fue un descubrimiento genial. Este zooinstituto fue el primero que fundó. Desde entonces los niños han estudiado junto a gorilas, orangutanes, cacatúas, simios y demás criaturas del Señor. Algunos animales aprenden a leer y escribir antes que los niños. Y es que los jóvenes aprenden de los animales y estos se humanizan al entrar en contacto con los hombres.
Gracias al Departamento de Orientación, los docentes ya hace mucho que dejaron de ser transmisores de conocimientos muertos para convertirse en orientadores. Y, a decir verdad, que estos hacen mucha falta, porque es fácil desorientarse por un hábitat lleno de vida como es el zooinstituto. Se necesita ser un orientador experimentado para no perderse por este maravilloso hábitat natural. Lejos están aquellos tiempos oscuros en que los alumnos se sentían constreñidos  por un espacio uniforme y rígido; en nuestros días moldean a su gusto el nuevo entorno interactivo: si una pared no les gusta, la derrumban; si se sienten acuciados por una urgencia natural, crean sus propios espacios alternativos que no reprimen sus impulsos espontáneos (por eso los servicios, los antiguos W.C, han quedado obsoletos: se han abandonado sus cometidos tradicionales y se decoran con plantas, jaulas, etc.) El único reparo es que tanta creatividad ha convertido el instituto en un laberinto. Muchos pasillos están a oscuras. De vez en cuando se adivinan unos  alumnos –un grupo entrañable y perfectamente integrado de muchachos y simios –que emiten gruñidos y se reúne en torno a una fogata. Un primate enseña a un torpe cachorro humano a encender el fuego. El suelo está entreverado de raíces de plantas tropicales, insectos, víboras y todo tipo de alimañas. Del techo cuelgan botellas con luciérnagas que iluminan los pasillos de forma natural y no contaminan el medievo ambiente; aunque a veces esta luz deja mucho que desear. En algunos tramos del techo, sin ir más lejos, anidan murciélagos a la caza de la criatura desprevenida. Además, desde que el tuyo y el mío reaccionarios fueron abolidos, de las taquillas se cuelgan los orangutanes y en ellas hacen su ovada algunos animales conflictivos, como serpientes y alacranes. Por los pasillos nos cruzamos con ejemplares de profesor integrado –perdón, de orientador–, aquellos que van vestidos con traje de camuflaje. Algunos de ellos han adquirido tal habilidad en este arte que, cuando entran en el aula, algunos alumnos comentan: “¿Quién es este tipo que se ha colado en la clase?” Eso nos da una idea de hasta qué punto se ha sabido integrar en el hábitat... Bueno, ya era hora, tras sortear varios obstáculos, hemos  alcanzado nuestro destino: la puerta del aula. No empujen, por favor, ya sé que están impacientes por conocer la rica biodiversidad educativa. ¿Qué son esos sonidos guturales que se escuchan dentro? ¿Están haciendo una demostración de destrezas y habilidades? Uno de los lemas de Luminoso era: conocimientos para la vida. Gracias a sus aportaciones, las habilidades específicas reemplazaron a los conocimientos generales. Por ejemplo, es obvio que encender fuego o tallar una piedra son más útiles para la vida que las propiedades del hidrógeno o las leyes de termodinámica, meras abstracciones que no sirven para nada. Pero los modernos logros han superado sus sueños más optimistas. Si hoy levantara la cabeza, se sentiría orgulloso de los avances educativos... Eso nos trae sin cuidado, me recriminarán, te estás yendo por las ramas, ¡nos quieres decir qué diablos se escucha dentro del aula! No insistan, se lo desvelaré. Nada menos que la asignatura estrella: Gritos, gruñidos y sonidos de la selva. Lamento decir que los animales aventajan a los cachorros humanos en esta materia. Esta asignatura llena de vida entusiasma a los estudiantes y no las aburridas materias tradicionales. El estudio de las lenguas ha sido sustituido por el de los sonidos de la selva. Esto resulta más práctico, porque el lenguaje onomatopéyico es el verdadero esperanto de la humanidad; además presenta la ventaja de que puede unir a animales y hombres. En el paraíso se entendían animales y hombres. Al compartir una lengua común, se asemejan las personas a Dios. Pero, ¡ay! Somos limitados seres humanos y siento decir que  pocos profesores están preparados para esta labor multidisciplinar y multicultural. Estos, por desgracia, conservan prejuicios de la vieja escuela y están muy desorientados. Por suerte, esto será subsanado en el futuro por orientadores orangutanes que les enseñarán a los alumnos destrezas específicas y no conocimientos abstractos que nada tienen que ver con la vida diaria. Y es que, en las clases, los jóvenes humanos se quedan deslumbrados por la energía del macho alfa orangután: su forma expeditiva de ligar con las chicas; su eficacia en la resolución de conflictos y su gran pericia para zanjar el diálogo con monosílabos, una o dos miraditas hoscas y algún que otro sopapo cariñoso. No es de extrañar, pues, que ante semejante paraíso educativo el centro se haya convertido en un espacio lúdico donde los alumnos deseen permanecer las veinticuatro horas del día, trescientos sesenta y cinco días al año, con gran pesar por parte de los padres.
El corazón del zooinstituto, como decíamos, es el Departamento de Orientación. Si nos dirigimos a su puerta, lo primero que veremos es un lema, una sutil paradoja que deslumbra a docentes y foráneos: Lejos del aula, cerca del alumno. Ya lo dijo Benigno Luminoso: un exceso de realidad puede ser pernicioso para la salud. En el departamento se desarrolla a diario un frenético trajín, los pedagogos no paran de moverse de un lado a otro, haciendo fotocopias y emborronando gruesas agendas, donde plasman sus hallazgos. Prueba de ese dinamismo son unos voluminosos libros, auténtico vademécum de la erudición pedagógica, que se esconden bajo siglas indescifrables que aglutinan el porvenir de los alumnos: P.G.C., P.O.D. y G.A.C. Su espíritu laborioso no decae en estos tiempos. Día y noche trabajan para forjar un futuro radiante para nuestros hijos. Cuando entramos dentro, la jefa del Departamento, Gloria Cárdenas, está escribiendo una circular sobre los Derechos y deberes de los animales multicelulares. Luego tacha lo escrito, se lo piensa mejor y añade: Derechos y deberes de los seres multicelulares, porque las plantas son seres vivos. Pero tampoco está satisfecha y rectifica: Derechos y deberes de los seres uni y multicelulares. “Sí –se dice–. Así  está bien.” El texto comienza así: “Queridos seres uni y multicelulares. Me es grato comunicaros que gozáis de unos derechos. Os escribo para informaros de cada uno de ellos.” 
Tras despachar esta tarea, la pedagoga Cárdenas está agotada por el esfuerzo y tiene el cabello un poco alborotado. Este es un florero de topos y moños que se entrelazan con armonía. Se saca una horquilla y, mirándose al espejo, coloca varios postizos en su sitio. Respira hondo por el ajetreo. Se ha puesto de mal humor. Antes, con aquellas  greñas, se había mirado al espejo y por un momento le había parecido ver a Semíramis, la pitonisa. Ha intentado distanciarse de esa tipeja, pero la gente es mala y asegura que se parecen mucho. Ambas son rubias oxigenadas y  casi gemelas; solo que la pedagoga tiene clase y lleva el pelo recogido, en tanto la pitonisa Semíramis luce unas guedejas leoninas que enmarcan unos ojos muy tiznados. La pedagoga va vestida con trajes de chaqueta Chretien Thior, mientras que esa suele ponerse vestidos estrafalarios con dorados y calza unas babuchas con borlas amarillas. ¡Dios, qué cruz! La gente se pasa la vida comparándola con esa embaucadora. Circula incluso una broma en la que ella y Semíramis son hijas del mago Alcadín. Lo más desagradable es que en el chascarrillo ella sale muy mal parada, pues se asegura que es hija ilegítima del mago. ¡Ella, que creció en una de las mejores familias de la capital! ¡Ella, que se educó en internados selectos y estudió en la exclusiva universidad de San Berdolfino! ¡Hasta ahí podríamos llegar!
“¡Bueno, es tan evidente que esa impresentable y yo no tenemos nada en común, que no tengo por qué sulfurarme!”. Durante media hora rellena documentos en los que nos ha parecido distinguir palabras deslumbrantes como Criterios de Superexcelencia, Calidad Superior Educativa, Biodiversidad Educativa, Currículum  Ludicoeducativo, Reciclaje Psíquicomental (que precede al Reciclaje Psicolaboral, versión científica de mito de Proteo). Este trabajo le devuelve el buen humor y es el momento para su proyecto más ambicioso, un asunto bastante peliagudo: cambiar el nombre del instituto por Oxforbridge.
El actual no tiene nada de malo, mas corren nuevos tiempos y hay que saber venderse. Una buena marca es fundamental. Supone financiación, mejora de instalaciones y una avalancha de dinero.
No nos engañemos, San Antonio suena pobretón. Nadie querría gastarse dinero en un centro que se llamara así.  Oxforbridge tiene gancho y venderá más entre los padres y alumnos. Supondrá un revulsivo en los criterios de excelencia tradicionales. Es una provocación por parte de la pedagoga un bautismo que se asocia  con la enseñanza clasista y reaccionaria. Pero de eso se trata precisamente, de dar una patada en las posaderas a esos engreídos aristócratas. Nosotros les demostraremos lo que es la genuina superexcelencia educativa. Sería conveniente, por si las moscas, contratar a un cursi como tapadera. No daría clases, sería solo un reclamo, una especie de relaciones públicas.
Este nombre, Oxforbridge, se lo ha inspirado los paseos poéticos en barca por el lago con el señor Moldes, más conocido como el señor Magoo. El profesor les leía poesías a los alumnos, cuando estos paseaban en barca. Pero, para que lo entiendan bien, hemos de comenzar por el principio.
En el patio del zooinstituto hay un “lago” repleto de desperdicios que conecta  con la fosa séptica. Algunos científicos aventuran que en las profundidades del primero habitan especies animales aún por descubrir. En principio era solo un gran socavón que el ayuntamiento excavó para echar los cimientos de un nuevo edificio, un búnker de gran hondura. Y aquí interviene el azar, aunque algunos dicen que una mano providencial lo coordinó todo. Si no se lo creen,  echen una ojeada a los hechos: primero unos alumnos destrozaron la fosa séptica y varias cañerías del centro; unos días más tarde, un seísmo ahondó la fosa hasta profundidades abismales y, por último, unas lluvias torrenciales de agua, peces, ranas, cangrejos, anguilas, renacuajos, caracoles, lombrices y larvas de mosca cayeron milagrosamente de las nubes; todo esto se aunó para crear una maravilla hidráulica y genética. Los animales que portaba la lluvia, al contactar con las aguas residuales, se convirtieron en especies mutantes. Por si esto no bastara, algunos alumnos echaron a sus mascotas de cocodrilo y serpientes al fondo, por lo que hoy en día disfrutamos de su compañía. Las autoridades municipales, tras este don del cielo, decidieron aprovechar el nuevo hábitat natural y renunciaron a construir el búnquer.
Esto, me dirán, nos explica la formación del lago, pero no los paseos poéticos en barca. Tengan un poco de paciencia,  hay todavía un largo camino por recorrer. No fue una tarea fácil que estos fueran un éxito. Mucho antes de que esta joya de la naturaleza naciera por arte de birlibirloque, los orientadores llevaban tiempo intentando romper el entorno asfixiante de los institutos conservadores; este fue el origen de las Aulas Naturales. El proyecto era un golpe maestro a la escuela conservadora, en el que se invirtieron muchas investigaciones y tesis doctorales: se pretendía que los profesores impartieran sus clases no en las aulas ordinarias, sino en ambientes menos hostiles, más naturales y lúdicos, como las copas de los árboles –el subir a un árbol ya es un sabio aprendizaje– o en los cocoteros y plataneros. De pronto, en el momento álgido de la polémica pedagógica, surge el lago y una nueva Aula Natural se nos ofrece como una oportunidad de oro. Me gustaría decir que los alumnos aprovecharon este prodigio, pero no sería justa mi afirmación. Al principio no tuvo mucho éxito. Los alumnos paseaban en barca, mientras el profesor les desgranaba migajas de su sabiduría. Ellos no sabían apreciar esos vastos conocimientos; se tapaban la nariz y decían que tenían miedo a hundirse en sus profundidades asquerosas y malolientes. Ya se habían ahogado varios alumnos en estas aguas putrefactas y nadie los había visto nunca aflorar a la superficie. Por ello, los paseos en barca se fueron espaciando cada vez más. Entonces, cuando ya lo dábamos todo por perdido, apareció el señor Moldes, más conocido como el señor Magoo. Nadie sabía de dónde salió, nadie preguntó. Cuando un tipo se mete voluntariamente en un aula a dar clases, no le hacemos preguntas, siempre es bien recibido. Ya he dicho que apenas sabemos nada, solo lo que él, muy parco en palabras, nos contó. Diré en principio que era un profesor filantrópico y muy despistado, por lo que lo apodaban señor Magoo. Llevaba unas gafas de culo de vaso, un regalo de un mago de la ciencia, el doctor Tuhmahul, quien tras operarlo y dejarlo más ciego de lo que estaba le regaló unos anteojos para que viera mejor, –“una verdadera antigüedad, señor, una joya que perteneció al relojero del emperador”–, y un sonetón, aunque seguía sin  ver ni oír. No se puede decir, sin embargo, que Magoo fuera un hombre desagradecido, pues pese a quedarse más ciego por el desastre, seguía venerando a su salvador: “He visto una nueva luz”, decía Magoo y citaba además con desenvoltura pasajes de la Biblia: “Si a tu ojo derecho no le gusta lo que ve el izquierdo, arráncatelo... Si tus ojos y brazos son un obstáculo para tu salvación, arráncatelos.” (¿Eso último es de la Biblia?) Es innegable que el doctor hacía milagros. Él no era un médico vulgar, porque sus pacientes, tras pasar por sus manos, se sentían inspirados por una nueva luz. No exageraríamos al afirmar que él iluminaba por completo sus vidas.
 Magoo transmitió algo de su iluminación a sus alumnos, porque desde el principio gozó de carisma entre ellos. Este se debía a que trajo consigo dos libros de poesía. Los profesores ya habían renunciado a impartir clases en las Aulas Naturales  y, de pronto, aquel Rompetechos con sus gafas culo de vaso, que organiza destrozos allá por donde pasa, convence a alumnos revoltosos para que se embarquen en un recital poético por el lago. El trino de los pájaros del software Singingbirdpower junto al aromatizador informático aromaticflowerspower, que intenta anular la fetidez de las aguas, acompañan su recital poético.  Él suele decir: “Campoamor nunca falla” o “Los veo un poco tensos. Ahora Ralpho Alberdini (“Marinerito de agua dulce”) romperá el hielo”. No dudamos de la influencia de la poesía sobre los jóvenes, mas nuestro instinto nos sugiere que estos ponen a prueba a Magoo, realizando travesuras a sus espaldas o incluso delante de sus narices. En estos momentos, por ejemplo, en que está recitando a Campoamor, dos orangutanes, que nunca habían demostrado interés por la poesía ni por ninguna materia excepto el canto de la selva, han cogido a un alumno muy bajito, casi un enano, y lo han lanzado al agua como señuelo. Por ahora no han pescado nada, pero están muy esperanzados; porque acaban de internarse por una zona muy prometedora. Justo aquí el otro día avistaron unos caimanes y, un poco más abajo, unas extrañas pirañas comedoras de excrementos. Por eso mismo acaban de embadurnar su anzuelo con guano, aunque el intenso hedor no se percibe tanto gracias al aromaticflowerspower. ¡Cuidado, Magoo se ha dado cuenta de que están pescando! No hay problema, este se sonríe al contemplar la inocente actividad de sus alumnos y piensa: “¡Qué cuadro tan idílico, digno del Perfecto pescador de caña! Mientras recito unos versos, ellos cultivan un deporte afín a la poesía como la pesca. ¡Y pensar que los consideran unos alumnos revoltosos!” No habían pasado ni dos semanas desde el inicio de los paseos poéticos, cuando algunos profesores comentaron admirados: “¡Cuánto ha crecido la población! Hace unos meses aún se veían alumnos bajitos en el zooinstituto. Ahora solo nos encontramos jóvenes altos y fuertes. ¿Qué les darán? ¿Vitaminas? ¿Es otro de los logros de la nueva política educativa?”
Ni que decir tiene que estos paseos fueron un éxito. De la noche a la mañana el centro se transformó en un paraíso y ni siquiera pequeños tropiezos, como el de la desaparición de estudiantes bajitos, rompieron este ambiente idílico. Al mismo  tiempo, la pesca se convirtió en uno de los hobbies favoritos. El Gabinete de  Maravillas la señaló como uno de los éxitos de la enseñanza integrada. Nunca habían visto a los alumnos díscolos tan eufóricos. El informe reza así: “Uno de los resultados es el interés de los jóvenes por la poesía. Pero solo les gusta el recital, siempre y cuando paseen en barca por el lago. Amén del placer por la poesía, la biblioteca, antes desierta, se ha llenado de alumnos que devoran libros. Si bien sus lecturas son monotemáticas: el arte de la pesca y, en particular, la captura de caimanes, pirañas, tiburones. Además, últimamente los alumnos demandan un tema distinto, el arte de la caza, lo que nos inclina a pensar que sus aficiones llegarán a incluir todos los géneros. De hecho, algunos muchachos se han interesado por la obra de genios como Spencer, Darwin y el conde de Gobineau...”
    Y entonces a Gloria Cárdenas, con su fino instinto comercial, se le ocurre cómo sacar partido a estos paseos poéticos. ¿A qué les recuerdan? Un poco de cultura, por favor, no sean paletos. En un rincón de la vieja Inglaterra los jóvenes solían cortejar a las muchachas en románticos paseos en barca. Son dos universidades en donde se celebraban regatas. Oxforbridge. Sí, desde ahora nuestro zooinstituto se llamará así.

domingo, 14 de febrero de 2016

La Gorgona y Dickens. Historia de dos ciudades.

Hay distintas formas de utilizar el mito en un relato. La más frecuente es adaptarlo a las corrientes del momento, de tal modo que los dioses vistan los ropajes de la época del autor y actúen como los personajes de su siglo. No obstante, hay otra mucho más original, que consiste en beber de las fuentes del mito para convertirlo en un símbolo del propio escritor. De esta manera, este último viaja a la esencia del arquetipo y lo recrea como si acabara de nacer de sus manos.
En Historia de dos ciudades, Dickens se apropia de unos mitos tradicionales y los dota de un sentido nuevo. Echemos una ojeada el comienzo de la novela: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Este principio no solo alude al tópico de la edad dorada, sino que contiene en su enunciado su propia desmitificación: la edad de bronce o, en palabras del autor inglés, “el peor de los tiempos”. Esta edad áurea se corresponde con el año cero, necesario en todo cambio de época (en este caso, la revolución francesa), que crea el marco apropiado para engendrar nuevos mitos con viejos nombres: las furias, las parcas y la gorgona.
En las primeras páginas del relato, asistimos a un baile de máscaras. Los personajes son caretas que cubren semblantes de estuco y sus cuerpos, figurines para toda ocasión desde la cuna a la sepultura, que pueden ser deshilachados como si nunca hubieran vestido a ningún ser vivo. En este decorado “había militares que no tenían el más pequeño conocimiento militar; marinos que ignoraban por completo lo que era un barco; empleados civiles que carecían de la menor noción de los negocios [...] doctores que hacían fortunas curando imaginarios males a sus pacientes [...] No habrían podido hallar una mujer digna de ser madre. En realidad, a excepción de poner una criatura en el mundo, cosa que no da casi derecho al título de madre, poco más conocían aquellas mujeres de tan sagrado ministerio. Las campesinas conservaban a su lado a sus hijitos desprovistos de elegancia y los criaban y educaban, pero en la Corte las encantadoras abuelas de sesenta años se vestían y bailaban como si tuviesen veinte años”.
Termina el baile y varias diligencias emprenden la vuelta. En la oscuridad, una mujer nada elegante está tejiendo junto a una fuente, símbolos ambos de la muerte y del paso del tiempo. Los vehículos corren hacia un destino que está siendo devanado por unos hilos invisibles. Una de las diligencias es la de un marqués, asimilada por Dickens a la figura de las furias. Los postillones con sus látigos se corresponden con las sierpes que cubrían sus cabezas. Estas perseguían a los condenados por impiedad- en este caso por los muchos abusos de los nobles – y también las podríamos relacionar con la medusa. Tal vez por eso el vehículo huye poseído por un demonio, lo que asemeja su carrera al vuelo de estas quimeras. El monstruo corre sin preocuparse de los destrozos que provoca:
 “El cochero guiaba como si quisiera cargar contra un enemigo [...] A veces se oían en el interior de la carroza los gritos de los que, aun en aquella época sorda y muda protestaban de aquel modo de recorrer las calles que ponía en peligro la vida de los que iban a pie [...]  Recorría las calles, rodeada casi siempre por un coro de gritos de mujeres y de exclamaciones de los hombres que se guarecían y apartaban a los niños del camino del vehículo. Por último, al volver una esquina...”
Un niño es atropellado. El viajero arroja despectivo unas monedas. Nadie se atreve a mirar sus ojos de medusa. El padre de la criatura se esconde en los bajos del vehículo. Como en un cuento de hadas, se refugia en el vientre del monstruo.
El marqués llega a su castillo y la diligencia prosigue su camino, como si gozara de vida propia. A este vehículo terrorífico, quimera de animal y máquina, lo veremos posteriormente con ligeras variantes en las novelas Drácula y Sleepy Hollow. Se apea el marqués, quien vive en un castillo custodiado por varias gorgonas. Todo en el edificio, animales y moradores, es de piedra. Por lo que nada tiene de particular que, a la mañana siguiente, en el castillo aumente en uno los rostros de piedra:
 “Nuevamente la Gorgona había mirado durante la noche y añadió la cara de piedra que faltaba, la que las demás estuvieron aguardando por espacio de doscientos años.
La cara de piedra reposaba sobre la almohada del señor marqués. Parecía una fina careta, repentinamente sobresaltada, encolerizada y petrificada. Y en el corazón de aquella figura de piedra estaba clavado un cuchillo. Alrededor del mango se veía un trozo de papel, en el que estaba escrito: “Llévalo aprisa a su tumba. De parte de Jacques.”


Al marqués le seguirán los otros viajeros. Sus rostros de medusa se reflejarán en el brillo de la cuchilla; y sus ojos vacíos no petrificarán con la mirada. El baile de disfraces termina, solo queda la Parca:
 “Pasó la carroza (la del marqués) y rápidamente pasaron otras, por el mismo sitio, en desenfrenada carrera; pasaron el ministro, el arbitrista del Estado, el Arrendatario General, el doctor, el abogado, el eclesiástico, los artistas de la Opera, de la Comedia y, en una palabra, todos los que tomaban parte en el baile de máscaras [...] y solamente quedó la mujer que hacía calceta con la rapidez de la Parca. Allí estaba observando cómo corría el agua de la fuente y cómo el día corría hacia la tarde, así como la vida de la ciudad corría a la muerte que a nadie espera, y mientras tanto... el baile de máscaras continuaba entre luces y las cosas seguían su curso.”
En su primera aparición en la novela, la parca es anónima y corta los hilos de forma tan caótica como esos carruajes desbocados. El agua acompaña su oficio, marcando lo azaroso de su escrutinio. Luego, la moira adquiere un rostro definido, el de madame Defarge, que elige sus víctimas a conciencia. En el mito original Átropo cortaba el hilo de la vida; sin embargo Defarge introduce una novedad: escribe el nombre del infortunado en su labor. Esta contiene un registro minucioso de las cabezas que penden de sus agujas de calceta (1). Un espía ve cómo lo incluye en estos archivos domésticos:
 “Recordaba con terror a la señora Defarge que no cesó en su labor, mientras le hablaba y que le miró tan airada. Luego la vio exhibir sus registros tejidos en la labor de calceta y denunciar a las personas que se tragaba la Guillotina.”


Las moiras originales eran tres: Cloto, Láquesis y Átropo. La hilandera de la fuente será la primera de cientos de parcas anónimas que desgastarán las calles para escribir su lista mortuoria. Al igual que aquellas tres, son hijas de la noche. Por eso se mueven principalmente en la oscuridad:
 “Por la noche, hora en que los habitantes del barrio de San Antonio salían de sus casas y se sentaban delante de las puertas, para respirar un poco, la señora Defarge, con su labor en la mano, solía ir de puerta en puerta y de grupo en grupo. Había muchas misioneras como ella que el mundo no volverá a ver. Todas las mujeres hacían calceta, procurando distraer el hambre con esta ocupación, pues de haber estado quietos aquellos flacos dedos, no hay duda de que los estómagos sentirían el hambre con mayor intensidad.”
La violencia del antiguo régimen era arbitraria y caótica, el látigo era la medida de todas las cosas, simbolizado en la novela por los cabellos de serpiente. La del Terror está burocratizada y se perfeccionará en los siglos futuros. Las pacíficas hilanderas de Velázquez se convertirán en secretarias del terror. La muerte será desde este momento una labor administrativa que conducirá desde la guillotina hasta los campos de exterminio con precisión científica. En estos últimos, los nombres no necesitarán esconderse. Los números los sustituirán y lucirán en un lugar bien visible.
No obstante, como destacábamos al principio de este artículo, para reescribir un mito, hay que remontarse a sus fuentes. Esto nos remite a una costumbre ancestral, en la que los infantes llevaban su destino escrito en los pañales. Como señala Robert Graves en Los mitos griegos:
 “Este mito (el de las parcas) parece estar basado en la costumbre de tejer las marcas de las familias y el clan en los pañales de los recién nacidos [...] La teoría clásica de la hebra de lino era que la diosa ataba a los seres humanos al extremo de una hebra escrupulosamente medida que iba alargando cada año, hasta que llegaba el momento que ella lo cortaba y dejaba el alma abandonada a la muerte. Pero en su origen ella envolvía a los infantes que lloraban en unos pañales de lino a modo de bandas, en las cuales se bordaban las marcas de su familia y del clan."

Robert Graves. “Los mitos griegos”, páginas 60, 270. Alianza editorial. 



(1) De un modo similar al de la señora Defarge, en El tiempo entre costuras, la protagonista, Sira, pasa información confidencial a los servicios secretos británicos, utilizando patrones de costura, en los que reproduce con las punzadas el código morse: 

“—Puedo preparar patrones de varias piezas cada vez que me comunique con usted. Mangas, delanteros, cuellos, talles, puños, costados; dependerá de la longitud. Puedo hacer tantas formas como mensajes tenga que transmitirle.”

 [...]“Terminé de perfilar la figura, clavé la mina en el interior del extremo inferior derecho de la misma y, en paralelo al contorno, fui transcribiendo las letras con sus signos en morse, sustituyendo los puntos por rayas cortas. Raya larga, raya corta, raya larga otra vez, ahora dos cortas. Cuando acabé, todo el perímetro interior de la silueta estaba bordeado por lo que parecía un inocente pespunteo.”

miércoles, 25 de junio de 2014

Los hijos de la ira. Agraviados y ofendidos.


Somos bien educados. Como en los tiempos victorianos, cubrimos con una hoja de parra las ideas y opiniones ofensivas para nuestros interlocutores extranjeros, cuando trapicheamos con ellos. Y es que podemos pasar por alto que en un país se abuse del pueblo, pero no ignorar su etiqueta, lo que puede hundir un negocio. No en ninguna tontería. En los últimos tiempos, un suceso infausto dio al traste con un saludable intercambio entre Europa y una joya de oriente. La piedra de escándalo no la lanzó la explotación infantil, habitual en esos lares, sino un político que, saltándose las convenciones sociales, abrazó efusivamente a un niño, lo que desató la indignación popular.
La maestra de ceremonias que dirige este y otros desaguisados es una vieja conocida, desfigurada por el maquillaje: se trata de la justicia. La hemos trajeado como una señora que se indigna por cualquier error en el protocolo. Lo que, desde su atalaya privilegiada, modifica nuestra percepción de las desigualdades sociales. En este nuevo desfile de moda, los oprimidos son sustituidos por los agraviados; los desheredados, por los ofendidos.
Veamos el cambio de perspectiva. Donde antes hablábamos de injusticia, hoy en día ponemos ofensa. Esta no entiende de clases sociales ni de tribunales ordinarios. Se limita a  exhibir una apariencia de justicia: la reparación, que es proporcional a la injuria recibida. No se rige por el código civil sino por el de honor. Pues donde antes existía un derecho hoy se impone una reparación. El código civil es universal; el de honor es susceptible de muchas interpretaciones, ya que se adapta a diversas culturas. Lo que nos plantea un problema. Desde mi grupo social, el ofensor ¿me ha mirado con mala cara? ¿Me ha lanzado mal de ojo? Todo puede ser ofensivo o encomiable. Lo cual está muy a tono con el pensamiento débil contemporáneo en el que no hay verdades sino hechos interpretables, y cualquier delito puede ser transformado en una heroicidad o viceversa. 
Si el código de honor es diferente en cada una de las culturas, no menos variadas y difíciles de descifrar son la gravedad de las ofensas y su tipología. Entre todas ellas destaca aquel insulto que se remonta a los albores de los tiempos y del que apenas se guarda un recuerdo brumoso que los agoreros de postín – historiadores locales, poetastros, filósofos pedestres, escritores oficiosos y periodistas áulicos- atesoran para que su grupo de referencia no lo olvide. A estas las calificaríamos como los muertos mandan: los espectros de nuestros tatarabuelos claman venganza desde su tumba. Como muestra, el emperador durmiente Barbarroja, quien despertó en el tercer Reich sobresaltado por los gritos guturales de un cabo austriaco. Otra no menos hiriente es la ofensa a los no natos o la fantasía de la  sostenibilidad, muy en boca de algunos demagogos que amenazan con fantasmas no menos etéreos: los de nuestros tataranietos (si es que llegan a nacer, porque el cambio climático anuncia el fin del mundo). Estos nos demandarán los bienes dilapidados por nuestra mala gestión del planeta. De las otras ofensas, las imaginarias, hablaré más adelante.


Si con este nuevo vestuario la justicia muda el color de lo correcto e incorrecto, también los sujetos merecedores de su protección son otros. Con la metamorfosis de la diosa como mujer agraviada, el rostro del ciudadano a secas se desdibuja del horizonte, porque carece de contornos reconocibles. En nuestra sociedad quien no tiene una identidad clara, desde el punto de vista jurídico, no existe. ¿Quiénes tienen rasgos y color propios? Las minorías. Se produce un proceso inverso: los otrora marginados pasan a protagonizar la escena, mientras los ciudadanos, el elemento civil sin ninguna seña particular, son dejados de lado. El ciudadano no es sujeto de derechos, ya que para conseguir una reparación hay que exhibir alguna seña de identidad que nos distinga del resto y nos haga salir del anonimato. En cambio, el miembro de una minoría tradicionalmente discriminada es objeto de reparaciones y, por tanto, acreedor de unos derechos.
Las mayorías, integradas por el grueso de los ciudadanos, quedan en un segundo plano ­y su papel se limita a una consulta periódica que revalida a los mismos perros con distintos collares en la fiesta de la democracia. En el día a día, sin embargo, las minorías son las que acaparan el espacio político y social, al menos en algunos medios. 
No obstante, esta puesta en escena tiene como contrapartida la aparición de algunos oportunistas: las minorías fingidas o falsos marginados. ¿Qué entendemos por esto? En la España del Lazarillo pululaban los pobres legítimos y los fingidos. A esta última pertenecía el propio pícaro. Pues bien, estas minorías fingidas son fáciles de identificar. Sus integrantes ponen cara avinagrada, de aquel al que siempre están ofendiendo, aunque solo sea con el aire que respira el vecino; a pesar de que este no le haya dicho ni le haya hecho nada. Estos son los más difíciles de convencer, porque su agravio es secreto. Generalmente esta injuria no caduca nunca y su reparación es imposible, pues es una ofensa imaginaria. El prototipo de estos ofendidos es el marido calderoniano de A secreto agravio, secreta venganza, quien, por una supuesta infidelidad conyugal, emprende una venganza silenciosa, incendiando la casa de su esposa para borrar cualquier rastro de su deshonra.
 Una última recomendación: Señores políticos y emprendedores varios, trastoquen el consenso social, pongan el mundo patas arriba; pero, sobre todo, nunca pierdan la buena educación.


domingo, 13 de octubre de 2013

Los hijos póstumos


El Reichführer Himmler recomendaba un retorno singular a la herencia ancestral alemana, una especie de desnacer. Los orientales quemaban dinero en honor a sus difuntos, Heini sobrepasó este tributo al proponer a sus discípulos que comerciaran carnalmente con sus antepasados germánicos. No era una pasión necrófila la que lo animaba. Los periódicos de las SS señalaban los cementerios donde descansaban arios puros como posibles lechos propiciatorios; si los jóvenes hacían el amor sobre la tumba apropiada, el espíritu ario del difunto se encarnaría en la futura criatura, asumiendo sus virtudes nórdicas.

Extraño proceder este el de que los muertos procreen a los vivos. Los antiguos vikingos realizaban ceremonias para que los difuntos no volvieran a la vida. Heini, tal vez por su educación católica, creía, como Unamuno, en la resurrección de la carne y no en las baladronadas del Walhalla.

De hecho, el Reichfuhrer sabía lo que era copular con los difuntos. Sin duda la noche en que lo engendraron, las momias y antiguallas arqueológicas que atesoraba su padre acudieron en tropel y dieron a luz a este hurón con el hocico perverso. Con los años, el animalejo les rindió homenaje en su sala de antepasados. Algunas madres engendran un feto que nace muerto y lo sepultan durante años en su seno; esta vez el engendro nació vivo en apariencia, si bien su macabra naturaleza se desvelaría con los años.

En el momento que comienza esta historia, dos jóvenes de rostro cuadrado y ojos cavernosos se dirigen solemnes a uno de estos cementerios. Con la conciencia del deber, han elegido la lápida de un Friedrich al azar, ¿o era Siegfried? Las gruesas gafas de la muchacha y las trenzas apelotonadas le dan el aspecto de una avejentada maestra de escuela. El muchacho es tan descarnado como un cadáver. Su hermandad con la muerte los hace idóneos para esta misión patriótica.

   Tras el frío himeneo, los dos jóvenes retocan su peinado y sus ropas, y cualquiera los confundiría con dos estudiantes modélicos que acabaran de salir de un examen o un desfile.

   La noche huele a formol. En la tormenta seca que sigue, los rayos iluminan los sepulcros, un fugaz recuerdo a sus moradores blancos, blanquísimos. Dos cuervos sobrevuelan las cabezas de estos patriotas en miniatura, convertidos en estatuas lívidas. Cualquiera diría que se han enraizado en tierra, como los árboles que se alimentan de los muertos.

Entonces algo los petrifica: un gigante barbirrojo se yergue imponente delante de ellos. La tierra húmeda cubre las hebras de sus cabellos. La indignación fulgura en su mirada, la furia se apretuja en sus labios trémulos y sus cabellos se agitan como los de medusa. Los jóvenes no han yacido sobre la tumba de un Friedrich cualquiera, sino sobre la del emperador durmiente. Unas palabras brotan de su boca putrefacta: Versalles.

Su fantasma recorre Alemania como un siglo antes lo hiciera su hermano mayor, el comunismo. Poco después de esta cita fúnebre, miles de alemanes con aspecto patibulario sufren el mismo trance. Han hecho un pacto con los muertos, con el difunto emperador en primera línea. Están de duelo por las ofensas milenarias y desafían a aquellos que les han sometido a esta humillación. En todos ellos la misma palabra: Versalles.

¿A quiénes lanzan el guante? A los que troquelaron este desaire. A los judíos, a cuya cabeza estaba el ex-primer ministro Rathenau, judío que recibió su merecido por un patriota; a los eslavos y a todas esas razas inferiores que han corrompido Alemania y Europa entera.

Podemos interpretar la segunda guerra mundial como un duelo a gran escala en el que la sangre llamaba a sangre y así hasta el infinito. Como dice Larra en el duelo:  ... en un principio se batían los duelistas a muerte, a todas armas, y tras ellos sus segundos; cada injuria producía entonces una escaramuza...”

En esa carrera de duelos y ofensas, se mercadea muerte por muerte. Dos cadáveres gobiernan el Reich, y su imperio es el de los cementerios. Y es que Heinrich Himmler es hijo póstumo de Enrique el pajarero y el Führer, de Federico de Prusia. Cuando emprendan la batalla contra el resto de Europa, los aterrorizados vencidos caerán a sus pies, porque Hitler actúa con la temeridad del que ya está muerto o es un cadáver viviente.

¿Cuál es el destino de esta estantigua? Se especula el motivo por el que el Führer invadió Rusia. Cedamos a la superstición de los nombres. Se dice que invadió Stalingrado para humillar a su adversario georgiano. Russ hace referencia a una tribu vikinga que se estableció en Ucrania y que fundó lo que luego se llamaría Rusia. Sin duda la cuna de los arios estaba en tierras eslavas, la última Thule. Posiblemente por eso, el zar Pedro levantó una ciudad más al norte, la genuina Hiperbórea, con la esperanza de robarle los cuervos a Odín y regalárselos a su hijo póstumo, Stalin, para que avistara a Barbarroja y lo enterrara bajo suelo ruso.

lunes, 3 de junio de 2013

Las muertes de Huckleberry Finn 2. La escritora de epitafios.


El Támesis discurre con parsimonia, asentando el limo de las costumbres británicas. El Misisipi borra las huellas de cualquier tradición, excepto la de los barcos de vapor, las almadías y las canoas. Estos son sus verdaderos contornos; lo que se ve en ambas orillas, por efecto de sus aguas volubles, se torna espejismo.
En la lontananza y la oscuridad, Huck y Jim son apenas unas sombras. A la luz del día, sus pensamientos se vuelven beodos. De este modo, así como Cervantes pondrá en boca de un loco una inversión de la moral, el escritor norteamericano hará algo similar con un muchacho inculto y marginado.
Huck se debatirá entre su deber para con la señorita Watson -le ha robado una propiedad, Jim- y su simpatía hacia el negro fugado. Difícil malabarismo ganarse a un público esclavista al modo de las fábulas tradicionales. Para humanizar a Jim, Twain lo blanquea. Esto lo logra cuando aquel le ofrece a Huck no la fidelidad de un esclavo, sino la amistad sincera de un igual. Solo en el marco de una fábula un negro podía tratar a un blanco de tú a tú.
Sin embargo, esta trasvaloración de la moral se manifiesta con más intensidad en la crítica al sentido del honor sureño. Ya vimos en la entrada anterior cómo Twain lo caricaturizaba a través del rey y del duque; ahora la ironía se cebará de un modo más sutil en los Grangerford.
Huck es adoptado por esta familia, marcada por la fatalidad; y decimos fatalidad porque solo la fuerza del destino, en su sentido más trágico, explica las muertes de sus integrantes. Entre estos y el clan rival se dirime una disputa legendaria, por la que sus miembros se van inmolando con honor. El origen de la rencilla se basa en una noción confusa: “las diferencias”. Buck, uno de los vástagos de los Grangerford,  se lo aclara a Huck en un curso de filosofía pedestre:
 “HUCK- ¿Qué te ha hecho él?
BUCK- ¿Él? Nunca me ha hecho nada.
HUCK - Pues entonces, ¿por qué querías matarle?
BUCK- Por nada... solo por nuestras diferencias.
HUCK- ¿Qué quieres decir con eso de las diferencias?
BUCK- [...] ¿No sabes lo que es tener diferencias?... Bueno, pues una diferencia se tiene así: un hombre riñe con otro hombre y le mata; después viene el hermano de ese otro hombre y le mata a él; después vienen los primos a meterse en el asunto... Y con el tiempo, se matan todos y ya no hay diferencias...
HUCK- [...] Bueno ¿y quién mató [primero]? ¿Fue un Grangerford o un Shepherdson?
BUCK- ¿Cómo quieres que lo sepa yo? ¡Hace tanto tiempo que pasó...! [...] Creo que papá lo sabe, y algunos de los otros viejos; pero ya no saben cómo fue la primer discusión.”
Tal vez nazcan estas diferencias del intento de poner límites al río. En Cañas y barro uno de los personajes protestaba por ganar terreno a La Albufera; parcelar el agua, además de una utopía, es un pecado contra la naturaleza. “La propiedad es un robo”, como diría Proudhon. Anatole France, en La isla de los pingüinos justifica el origen de la propiedad de una forma que no desmerece de la ley de la frontera, que regía entonces en la dos Américas y que, en tiempos pretéritos, tenía vigencia en la vieja Europa:
“- ¿No veis hijo mío - preguntó- a aquel hombre furioso que está arrancando con sus dientes la nariz del enemigo derribado, y a aquel otro que aplasta la cabeza de una mujer con una enorme piedra?
- Los veo.
- Están creando el derecho y fundando la propiedad. Establecen los principios de la civilización; echan las bases de la sociedad y los cimientos del Estado.
- ¿Cómo es eso?
- Amojonan los campos. Ese es el origen de todo el orden social. Vuestros pingüinos están cumpliendo la más augusta de las funciones. Su obra será consagrada a través de los tiempos por los legisladores, y protegida y confirmada por los magistrados.
Mientras el monje Bulloch decía estas palabras, un gran pingüino de piel blanca y de pelo rojo bajaba el valle, con un tronco de árbol a las espaldas. Acercándose a un pequeño pingüino que, abrasado por el sol, regaba sus lechugas, le gritó:
- ¡Tu campo es mío!
Y al pronunciar estas rotundas palabras descargó el tronco del árbol sobre la cabeza del pequeño pingüino, que cayó muerto sobre la tierra cultivada por sus manos...”
Se diría que el río y sus terrenos movedizos se van alimentando de almas muertas. Y que esos mojones, que intentan ponerle límites, son las lápidas que los poetas cantarán en las epopeyas.
De hecho, tal como escribe Twain en la novela, las muertes de los Grangerford  obedecen a una especie de justicia poética. La hermana de Buck dedica su vida a componer epitafios. Esta niña está tan familiarizada con la parca que, antes de que la funeraria visite a los seres queridos, se le adelanta para componer unas palabras dignas del finado. Su muerte, aunque mucho más poética, es tan absurda como la del resto de la familia: al tropezar con un ripio se apaga poco a poco hasta fallecer. Aunque quizás tenga un sentido. Los poetas aúlicos de La isla de los pingüinos  también se quedan sin trabajo, cuando los pingüinos conquistan los terrenos de los vecinos y ya no queda tema para versificar.
  Como decía Buck: “con el tiempo, se matan todos y ya no hay diferencias.” La poesía está de más. Por si las moscas, nuestro amigo Huck Finn prefiere no ser adoptado por la familia Grangerford, para no ver su nombre esculpido en una lápida, con un poético epitafio que lo inmortalice para la posteridad o lo arrincone entre los legajos de un archivo.  

miércoles, 1 de mayo de 2013

Las muertes de Huckleberry Finn 1. Las reencarnaciones del Misisipi.


Las reencarnaciones del Misisipi.
    
   En la novela homónima de Mark Twain, Huckleberry Finn realiza un extraño cortejo a la muerte. Su amigo Tom Sawyer sueña con rescates sangrientos, inspirados en historias de piratas; si bien sus fantasías nunca se salen del cañamazo infantil. La imaginación de Huck Finn va más lejos. Degüella a un cerdo y lo hunde en el río para simular su muerte y esquivar la sombra del padre. Desde entonces, Huck abandona su envoltura carnal y vaga en una balsa por el Misisipi en compañía de Jim, un negro fugado. En la geografía del más allá los ríos cumplen un papel mítico. En este Aqueronte sureño se diluyen las fronteras del tiempo, no hay muerte ni clases sociales; por eso fructifica la amistad entre una basura blanca como Huck y un esclavo fugitivo como Jim.
Además el Misisipi  sumerge a nuestro protagonista en el ciclo de las reencarnaciones. “No te bañarás dos veces en el mismo río”, dice Heráclito; lo que se traduce por “nunca serás la misma persona cada vez que te bañes en sus aguas”. La corriente arrastra cientos de vidas. En cada ribera nuestro héroe, tras el correspondiente bautismo fluvial, asume una personalidad nueva. Primero es una niña; luego, un muchacho desorientado y, por último, la sombra de un ser vivo: Tom Sawyer. El rígido contorno de un nombre, Huck Finn, se difumina como las fluctuantes orillas de un río; lo que hace que tanto él como Jim descarten la fuga y se dejen llevar por la corriente.
Pero hasta este flujo libre en apariencia tropieza con escollos. Cuando el espectro de Huck navega por el Aqueronte, unos demonios se embarcan en la balsa, haciéndose pasar por ángeles caídos. Con el bautismo del whisky falsifican vidas y muertes. Los embaucadores actúan como predicadores, actores o vendedores de ensalmos. Se sienten orgullosos de su trabajo y, siguiendo la tradición del sur, se las dan de caballeros; de ahí que uno se haga llamar duque y el otro, rey; y que exijan a Jim y a Huck que les rindan pleitesía. Si en algunos personajes de la obra perduraba el honor sureño, en estos últimos este concepto se degrada en espectáculo de feria. Huck lo comenta a Jim con sorna: estos aristócratas de pacotilla no se distinguen de los originales; y, si los miras de cerca, no son peores que los genuinos. De esta forma, la nobleza europea es tildada de corte de los milagros. Esta idea la desarrollará Twain más a fondo en una novela satírica posterior: Un yanqui en la corte del Rey Arturo.
El río lo arrastra todo: la vida y la muerte; pueblos enteros, casas, e incluso las mentiras y los pecados de los hombres. Los estafadores se valen de esta corriente para ocultar sus fechorías y borrar su rastro. No obstante, hasta sus aguas guardan memoria. Los timadores son emplumados, porque el río es una imagen de la eternidad; y el tiempo, en su rueda de culpas y redenciones, vuelve a sus peregrinos sin que estos se den cuenta. Puede que Huck y Jim no se hayan movido nunca de sitio y que su fuga haya sido un reflejo en las aguas del río. Al principio de su  huida se habían topado con una casa flotante. En ella habían encontrado avituallamiento y disfraces con los que Huck había encarnado distintas vidas. Pero un hecho trágico le dotaba de un sesgo funesto: la presencia de un muerto transformaba la cabaña en un ataúd a la deriva. Huck, hastiado del acoso paterno y del acartonamiento de la señorita Watson, había fantaseado con asumir distintas personalidades; este hallazgo fúnebre lo convertía en un hijo póstumo o, lo que es lo mismo, en un fantasma anónimo.
Aventuro un desarrollo diferente de la narración. El tiempo se ha detenido. Las corrientes del río son las fluctuaciones de la mente de Huck. Este descubre la identidad del muerto y las subsiguientes peripecias solo tienen lugar en su cabeza. Ambos son capturados y Jim es colgado como esclavo fugitivo; entre otras cosas, porque Huck es un buen chico y lo denuncia a las autoridades.
Esto enlazaría con un final gore titulado The Adventures of Huckleberry Finn and Zombie Jim. Una especie de tuberculosis provoca que los muertos vuelvan de sus tumbas. Los rebeldes son exterminados, pero los dóciles son empleados por los vivos. La esclavitud deja de existir, al menos oficialmente. No obstante, la liberación es un espejismo. Jim resucita como zombie para vivir una fantasía perniciosa: se cree libre. ¿Abolición? La amistad prolongada en el tiempo entre Huck y Jim solo es posible, si este último se convierte en un cadáver servicial. El  destello de libertad del Jim vivo se apaga en su versión zombie, que retorna a la vida como un uncle Tom cualquiera. Lo que hace de esta novela una alegoría de la alienación de los negros, tras ser emancipados sobre el papel por Abraham Lincoln.